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LAS GUERRAS DE TODA LA VIDA

Perón y el ejército: una carta

La historia está siendo constantemente construida y reconstruida con hallazgos, elementos del pasado que no nos habían llegado y que cambian el esquema del relato general. La novela de Perón es una de las más cambiantes en ese conjunto. Al final se va haciendo cierta luz y Perón surge como lo que realmente fue: un general, y un católico y anticomunista convencido.

En Argentina, el pasado reciente ha estado hasta hace poco secuestrado por una parte de la sociedad, la que representaba Néstor Kirchner y ahora parece representar su viuda, y zonas salvajes como la dirigida por la señora Hebe Pastor, a la que conocemos como Bonafini porque decidió seguir empleando el apellido del arquitecto Bonafini, que se divorció de ella hace décadas y no quiere ni recordar que alguna vez la tuvo por esposa. (Hace años, el periodista Bernardo Neustad, ya fallecido, le entrevistó en Madrid y el hombre hasta le dijo que sus hijos vivían, también en Madrid, y que todo lo que contaba su ex esposa era un delirio. Después de eso no se volvió a saber del padre ni de los hijos. Fin de la digresión).

Uno de los grandes mitos constitutivos del relato falaz de los montoneros, a los cuales Perón apartó de su camino poco antes de morir, y que según ellos mismos eran la "izquierda peronista", es el de un Perón revolucionario que, en el fondo, aunque nadie se diera cuenta, era como ellos. Recuerdo a un profesor de filosofía que me dijo en 1966 (recuerdo la fecha exacta, el 29 de junio, porque fue al día siguiente del golpe de estado del general Onganía) que, a pesar de él mismo, Perón era peronista. Es decir, que debía adaptarse a lo que los militantes del movimiento le reclamaran. En aquella época el peronismo, prohibido como partido, estaba, como el propio general diría más tarde, "en la delincuencia", y poco podía decidir él al respecto. De modo que iba siendo lentamente infiltrado por los jóvenes que, a partir de 1970, formarían Montoneros.

Entre 2006 y 2010 un periodista, diplomático y ex director de la Secretaría de Inteligencia del Estado, Juan Bautista Yofre, persona bien conocida en Argentina por su apodo, el Tata, que nada tiene de peyorativo, inició una revolución documental destinada a cambiar la historiografía nacional. En 2006 apareció Nadie fue, el primer volumen de una tetralogía (hasta ahora), en el que se trataba el período 1974-1976, el del débil y desastroso gobierno de María Estela Martínez Cartas, tal vez viuda de Perón, si se comprueba la legalidad de su matrimonio, dudosa hasta la fecha, y a la que él llamaba Isabelita. Nadie fue, que desnuda a la clase política argentina sin hacer excepciones y la condena a la realidad de haber sido promotora del golpe de las Juntas Militares, con Jorge Videla a la cabeza, es igualmente despiadado con la izquierda armada y con elementos conspirativos del ejército. A mí me dio la satisfacción añadida de encontrarme citado como personaje muy secundario en el cuento triste de aquellos años. Personaje ideológicamente lamentable, por cierto.

En 2007 Yofre publicó Fuimos todos, que parecía el complemento perfecto –incluso por su título– del primero. Allí cuenta el período de la dictadura, condenando las trapacerías de generales, almirantes y brigadieres –no tanto los crímenes, que son de dominio público e inexcusable, como la cocina interna del gobierno que perpetraron y los conflictos entre ellos– con la misma firmeza y claridad con que en el primer libro condenaba a los penosos políticos cuya defección fue la primera causa de tal estado de cosas.

Con esas dos obras, el autor iniciaba una andadura crítica en lo relativo a las fuentes de la historiografía nacional contemporánea y se situaba él mismo, en su situación de testigo de privilegio de una documentación que tardará mucho en estar a disposición de los estudiosos, en el papel de fuente ineludible para el porvenir.

Pero no había en modo alguno finalizado Yofre su valiosa labor. En 2009 apareció Volver a matar, centrado en la supervivencia de los grupos armados después de la caída de los militares tras el desastre de la guerra de las Malvinas. Y en este año de 2010, con tres ediciones en el primer mes, publicó El escarmiento, el de más breve recorrido cronológico, aunque no menos extenso que los otros. En este volumen Yofre emprende el relato de lo sucedido entre el regreso, en junio de 1973, y la muerte de Perón, poco más de un año más tarde, el 1 de julio de 1974. Entre esas dos fechas Perón decide hacer "tronar el escarmiento", ésas fueron sus palabras, sobre las cabezas de aquellos a los que en el exilio denominaba "juventud maravillosa", convencido de que se iban a plegar a sus designios de revolución pacífica, nacional y no comunista en cuanto él volviera al país pero que, con él sentado en el sillón presidencial, querían seguir siendo lo que eran: terroristas. Y muy activos, en algunos momentos a uno o dos atentados o asesinatos diarios, a lo que se sumaban diversas tentativas de tomas de cuarteles para robar armas y conseguir un efecto propagandístico soberbio.

Lo que esa gente –que en estos días acaban de anunciar su reconstitución formal, con los que quedan de los viejos dirigentes a la cabeza, como organización política, pero sin descartar la "vía armada"– pretendía era forzar la mano a Perón, cosa muy difícil para cualquiera. Perón conocía muy bien el país y el ejército, al que pertenecía desde la adolescencia y al que amaba con todas sus taras. Las dos condiciones que puso para su retorno fueron la devolución de cadáver de Evita y la restitución de su grado y honores, a los mismos militares que lo habían derrocado dieciocho años antes. Humilló a los miembros de la institución, pero a la vez impuso un orden en la misma que se había roto en 1955 hasta el punto del fusilamiento del general Valle por sus compañeros e iguales. Por lo mucho que los conocía, no deseaba su intervención en una cuestión que él consideraba puramente política, por un lado, y estrictamente delictiva, por otro.

La "izquierda peronista", cuyo nombre resultaría gracioso por su condición de oxímoron, de no ser por sus resonancias trágicas, intentó silenciar el hecho de que quien dio la orden inicial de aniquilarla no fue ningún general posterior, ni López Rega, ni nadie más que el propio Perón. Éste procuró que la liquidación de las organizaciones armadas se hiciera de la manera más discreta posible, y quizá lo hubiese logrado si la muerte no le hubiese apartado del control de los miembros dirigentes y organizadores de la acción parapolicial. Había aspirado al principio a limitar la actividad antiterrorista a la policía y a la gendarmería, pero no tardó en darse cuenta de que era imposible alcanzar ese objetivo en los términos de un Estado de Derecho.

Hace tiempo que una persona que fue testigo directo de la creación de la Triple A me contó cómo se había montado esa siniestra estructura, dirigida por miembros de la policía de probada lealtad a Perón, que les había convocado, dicho cuál era el objetivo y ordenado que no le hicieran partícipe de detalle alguno. Cosa muy similar a lo que cuenta Yofre en El escarmiento. No obstante, el general no hizo un secreto de sus ideas al respecto, y en muchos casos las manifestó explícitamente y llevado por la emoción.

Cuando en 1974 el PRT-ERP tomó el cuartel de la Guarnición Azul, en las inmediaciones de la ciudad del mismo nombre (provincia de Buenos Aires), asesinando tanto al soldado Daniel González como al comandante de la guarnición, coronel Camilo Gay, y secuestrando al teniente coronel Jorge Ibarzábal, al que retuvieron durante meses en condiciones infrahumanas, subalimentado y torturado, y al que asesinaron finalmente antes de arrojar su cadáver en un campo, Perón fue claro una vez más en sus propósitos y motivos, sin contenerse en llamar "psicópatas" a los terroristas y explicando el compromiso de las fuerzas de seguridad. Pero añadió la posibilidad de empeñar al ejército, en última instancia, para "exterminar" la violencia y la subversión.

Cierro esta nota proporcionando a mis lectores el texto de la carta de Perón a los componentes de la Guarnición, escrita tres días después del ataque. Por él mismo, que era un grafómano y jamás habría delegado la redacción de un texto así:

Buenos Aires, 22 de enero de 1974

Señores Jefes, Oficiales, Suboficiales y Soldados De la Guarnición Azul

S..../....D

Como comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas y soldado experimentado luego de más de sesenta años de vida en la Institución, quiero llegar directamente a ustedes para expresarles mis felicitaciones por el heroico y leal comportamiento con que han afrontado el traicionero ataque de la noche del sábado 19 de enero de 1974. Los ejemplos dados por los jefes y oficiales que han llegado hasta ofrendar sus vidas, tuvo [sic] la misma repercusión en los suboficiales y soldados que –con su valentía y espíritu de lucha– repelieron la agresión, con la colaboración de la Armada y la Fuerza Aérea. Quiero asimismo hacerles presente que esta lucha en la que estamos empeñados es larga y requiere en consecuencia una estrategia sin tiempo. El objetivo perseguido por estos grupos minoritarios es el pueblo argentino, y para ello llevan a cabo una agresión integral. Por ello, sepan ustedes que en esta lucha no están solos, sino que es todo el pueblo [el] que está empeñado en exterminar este mal, y será el accionar de todos el que impedirá que ocurran más agresiones y secuestros. La estrategia integral que conducimos desde el gobierno nos lleva a actuar profundamente sobre las causas de la violencia y la subversión, quedando la lucha contra los efectos a cargo de toda la población, fuerzas policiales y de seguridad, y si es necesario de las Fuerzas Armadas. Teniendo en nuestras manos las grandes banderas o causas que hasta el 25 de mayo de 1973 pudieron esgrimir, la decisión soberana de las grandes mayorías nacionales de protagonizar una revolución en paz y el repudio unánime de la ciudadanía harán que el reducido número de psicópatas que va quedando sea exterminado uno a uno para el bien de la República. Vaya mi palabra de consuelo para los familiares que perdieron a sus seres queridos, de aliento para los heridos y de esperanza para las familias del Coronel GAY y Teniente Coronel IBARZÁBAL. Tengan la certeza de que todo el poder del Estado está siendo empleado para lograr su liberación. Quiera Dios que el heroico desempeño de todos ustedes nos sirva siempre de ejemplo.

JUAN DOMINGO PERÓN

Presidente de la Nación.

 

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