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PRIMERA GUERRA MUNDIAL

¿Por qué perdió el Imperio Ruso?

Si por Rusia hubiese sido, el Imperio Alemán habría ganado de calle la I Guerra Mundial... y el siglo XX hubiera sido muy distinto del que vivimos. Hasta es muy probable que, de haber salido el káiser victorioso de ese envite, usted no estaría leyendo esto... ni yo escribiéndolo.

La Historia, como acción humana que es, constituye un proceso complejísimo, y si se altera una parte de ella, por minúscula que sea, se altera igualmente el todo. He aquí la prueba de la imposibilidad del socialismo... y de que jamás se podrá viajar al pasado para cambiarlo. 

Pero no voy a hacer historia-ficción partiendo de una hipotética victoria de las potencias centrales, con un Versalles invertido y la hegemonía total de lo germánico en el solar europeo durante un siglo. Eso es lo que habría pasado si Francia e Inglaterra hubieran sucumbido como lo hizo el Imperio Ruso en 1917, el año de las dos revoluciones que condujeron al tratado de Brest-Litovsk, con sus muy humillantes condiciones para los perdedores.

En 1918 los alemanes se encontraban ocupando cómodamente las provincias occidentales del ya extinto imperio de los zares y habían llegado al Mar Negro. Se construyeron un efímero imperio del Este que, años después, recrearía Hitler, con mucha más sangre, determinación y odio. Pero, de improviso, a finales de ese mismo año, el ejército prusiano, que llevaba un siglo cabalgando victorioso por Europa, se derrumbó como un castillo de naipes: es uno de los mayores enigmas bélicos de todos los tiempos.

Lo que Alemania había ganado en el Este lo perdió en el Oeste. Pero ¿por qué ganó en el Este, si se enfrentaba a un país inmenso, muy poblado e imposible de invadir? ¿Era realmente tan débil la Rusia zarista? ¿Por qué, entonces, consiguió mantener el tipo y hasta ganar batallas a los austriacos? En definitiva, ¿por qué se vino abajo la mayor nación de Europa en el momento clave de la guerra?

La propaganda soviética contaba que el Imperio Ruso era una especie de reino medieval con campesinos hambrientos que vivían atados a la tierra. Una tiranía feudal cuyo soporte era un ejército anticuado e incapaz de ganar una guerra. La caricatura bolchevique de trazo grueso ocultaba que la Rusia de 1914 no era un país tan pobre como se decía: estaba, efectivamente, más atrasado que Alemania o Inglaterra, pero mediaba un abismo entre éstas y aquélla.

La Rusia de Nicolás II producía al empezar la guerra la misma cantidad de acero que Francia o Austria-Hungría. Era, además, el segundo productor mundial de petróleo, y su industria crecía a un ritmo del 8% anual desde 1890. En el mismo periodo de tiempo, su comercio exterior se había multiplicado por tres, y ciudades como San Petersburgo o Moscú se habían convertido en importantes emporios industriales. Todo gracias a una extensa red ferroviaria que, para 1914, contaba con 72.000 kilómetros de vías, 9.250 de los cuales pertenecían al Transiberiano, el mayor trayecto ferroviario del planeta.

El ejército del zar era el más numeroso de Europa. Antes de estallar la guerra, en los cuarteles rusos había casi un millón y medio de soldados listos para entrar en combate, más otros cinco millones de reservistas adiestrados. Disponía, además, de tres flotas, la del Báltico, la del Pacífico y la del Mar Negro, que podían atender tres frentes de batalla distintos de un modo autónomo.

Pero, con todos esos activos en su haber, el extenso y vigoroso imperio de los Romanov perdió la guerra desde prácticamente el primer toque de corneta. Rusia era, en realidad, un gigante de papel que quiso emular a los gigantes de verdad; por eso no estuvo a la altura de sus rivales y perdió la guerra dos veces: una frente al enemigo exterior, los alemanes, y otra frente al enemigo interior, la minoría bolchevique sedienta de poder.

Rusia llegó tarde a la modernidad, y además lo hizo por la puerta falsa. No hubo allí prácticamente empresarios o comerciantes como los que hicieron del Reino Unido la primera potencia mundial. Todo lo contrario. La industrialización rusa de finales del XIX y primeros del XX fue promovida por el Estado, obsesionado con poder mirar de igual a igual a la vecina Prusia, que en sólo unas décadas se había convertido en un poderoso y riquísimo imperio que amenazaba incluso la preeminencia inglesa en los mares.

En 1900 el ruso era el Gobierno más endeudado del mundo. Sobre empréstitos e inversiones extranjeras, había pergeñado un pequeño milagro industrial que apenas alcanzaba al 2% de toda la población. El Estado, por su parte, gastaba a manos llenas para disponer de un ejército digno y comparable al de las potencias occidentales. La red ferroviaria, por ejemplo, se hizo deprisa y corriendo con fines militares y no civiles, a diferencia de lo sucedido en Occidente. Para mantener la carrera, el ruso era el imperio que más gastaba en defensa, y lo hacía endeudándose y machacando a impuestos al pueblo, que vivía, esencialmente, de explotar la tierra.

En 1914 un 80% de la población del Imperio Ruso era campesina, no necesariamente depauperada pero infinitamente menos productiva que las clases urbanas y los agricultores alemanes, cuyas explotaciones estaban ya mecanizadas a principios de siglo. Las exportaciones rusas consistían en productos agrícolas y materias primas, por lo que una mala cosecha –relativamente habituales allí, debido al clima extremo– ponía en jaque la balanza de pagos y cebaba problemas sociales como los que derivaron en el estallido de 1905.

El ejército, si bien era numeroso, carecía de la tecnología bélica adecuada para una guerra como la primera de las mundiales. A cambio, tenía a su disposición la mayor reserva de carne de cañón de todos los actores beligerantes. Entre la oficialidad reinaba la incompetencia, lo cual resulta poco sorprendente si se tiene en cuenta que los oficiales lo eran no por méritos propios sino por su adscripción a la aristocracia. Las tropas eran numerosas, pero estaban mal entrenadas y peor equipadas. Al final, las dificultades logísticas de mantener y mover un ejército tan grande llevaron a la derrota rusa, que llegó a ser absoluta en el frente alemán.

El Imperio de Pedro el Grande era un oso corpulento y amenazador, pero lento, torpe y aquejado de una enfermedad mortal. En julio del 17 el ejército ruso se hundió cerca de Lemberg ante las tropas austrohúngaras. Viena dio al moribundo la puntilla militar, y Berlín le descabellaría políticamente facilitando la entrada de Vladimir Lenin, su peor enemigo, en San Petersburgo. Los bolcheviques, más interesados en atornillarse al poder que en seguir resistiendo, firmaron lo primero que les pusieron encima de la mesa. Así, un imperio malo se transformó en otro peor que, lejos de aprender la lección, perseveró en lo más negativo del régimen zarista, ignorando lo que tenía de bueno.


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