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CEROS Y UNOS

¿Robaron el ABC de los ordenadores?

Los años 40 vieron el nacimiento de los primeros ordenadores electrónicos en Estados Unidos, Gran Bretaña y Alemania; en buena medida por las necesidades de cálculo que les exigía el esfuerzo bélico.

El trabajo de uno de los pioneros en este campo fue desconocido hasta los años 70. Pero no por razones de seguridad nacional, sino porque sus ideas se las apropiaron otros sin reconocerlo.

Durante los primeros años de su vida, John Vincent Atanasoff no disfrutó de luz eléctrica en casa. Estudió matemáticas por su cuenta, y cuando llegó a las Aulas Magnas lo hizo con la idea de ser físico teórico, pero la Universidad de Florida era un pelín cutre y no tenía cursos de eso, así que se hizo ingeniero eléctrico, como su padre. No obstante, perseveró y se graduó en Matemáticas en Iowa y se doctoró en Física en Wisconsin.

Ya como profesor de Matemáticas en la Universidad de Iowa, pronto se vio frustrado –igual que muchos antes que él– por el tiempo que hacía falta para completar ciertos cálculos complicados, especialmente los que tenían como protagonistas a las ecuaciones diferenciales. Probó cacharros mecánicos de todo tipo, y fue el primero en usar la palabra analógico para referirse a algunas de las computadoras de entonces, que no daban resultados numéricos precisos sino que, por decirlo así, señalaban el resultado, de ahí que éste siempre fuera aproximado. Aunque no inventara también la palabra digital, se dio cuenta de que eso era lo que necesitaba, un ordenador digital. Pero es que no había...

Atanasoff fue un inventor renuente. Tenía tres hijos, y no le apetecía nada gastar el escaso tiempo libre que le quedaba en la creación de un ordenador. Sin embargo, se puso a ello, y pronto decidió emplear en su proyecto válvulas de vacío, dispositivos que aprovechaban el llamado efecto Edison (posiblemente el único descubrimiento científico del célebre inventor) y que podían actuar como interruptores: el flujo de electrones que van del cátodo al ánodo podía regularse a través de otro electrodo, llamado rejilla. Es todo lo que tiene que tener un componente electrónico para poder ser empleado como base de un circuito lógico, para poder ser el ladrillo de un ordenador: los transistores hacen lo mismo, sólo que mucho más eficientemente, claro.

Atanasoff.El inventor decidió que lo mejor sería emplear el sistema binario. Por aquel entonces conocer sistemas de numeración distintos al decimal no era muy habitual; él tuvo la suerte de haber aprendido matemáticas gracias a un viejo libro de su madre en el que se informaba, entre otras cosas, de que los mayas habían usado la base 20 y los babilonios, la base 60, razón por la cual tenemos actualmente 60 segundos y 60 minutos.

El principal obstáculo que se encontró fue el almacenamiento de información, que él (y nosotros) llamó memoria. Un día del invierno de 1937, llevado por la frustración, se puso a conducir como Lewis Hamilton cuando no está en un Fórmula 1, es decir, a toda hostia; llegó hasta Illinois y, luego de tomarse un par de copas en un bar de carretera, se le encendió la bombilla: usaría condensadores para almacenar los bits; pero como estos componentes irían perdiendo poco a poco el valor que en un primer momento tuvieran, periódicamente haría pasar por ellos una corriente eléctrica, que les haría recuperar por completo el valor del bit que guardaran. Denominó a esta técnica jogging; no porque implicara tener a nadie corriendo, sino porque la palabra inglesa jog también puede significar refrescarle la memoria a alguien. El jogging se sigue usando en los chips de memoria que todos ustedes tienen en sus ordenadores personales, y permitió al inventor renuente regresar a casa a velocidades más pausadas.

El ABC y la visita de Mauchly

Teniendo claro cómo iba a acometer la tarea, Atanasoff pidió financiación y un ayudante, y tuvo la suerte de que se los concedieran en 1939. Comenzó a trabajar con él Clifford Berry, un joven ingeniero eléctrico de talento. A finales de ese año ya tenían una máquina funcionando, y aunque sólo podía sumar y restar, empleaba muchas de las ideas y componentes que permitirían posteriormente construir ordenadores electrónicos completos: válvulas, sistema binario, circuitos lógicos para hacer los cálculos, memoria con refresco automático...

Atanasoff escribió un artículo en el que describió lo que habían hecho y que le permitió lograr más financiación para, así, construir un ordenador de verdad y que la universidad contratara a un abogado de patentes a cambio de compartir la autoría de la invención con él. Desgraciadamente, el leguleyo debía de ser bastante malo, porque no registró el invento en la Oficina de Patentes al no tener clara la documentación necesaria. Vamos, que no entendía qué estaban haciendo Atanasoff y Berry.

A finales de 1940, nuestro héroe conoció a un tal John Mauchly en unas jornadas científicas y quedó encantado de que alguien más estuviera interesado en el asunto de los ordenadores, de modo que le invitó a que fuera a Iowa a ver de primera mano sus progresos, cosa que hizo en verano de 1941. Mauchly tuvo ocasión de contemplar lo que después se llamaría ABC, por Atanasoff Berry Computer. Aunque la máquina no estaba terminada del todo, supo de las técnicas que la habían hecho posible y hasta tomó notas del borrador de artículo que estaba escribiendo Atanasoff sobre su criatura.

Mauchly.Un invento olvidado durante décadas

Entonces vino la guerra. En el verano de 1942, tanto Berry como Atanasoff dejaron sus trabajos y pasaron a ocupar puestos relacionados con la contienda. Ninguno regresó a Iowa. Su máquina se quedó en los sótanos de la universidad, que acabó desmontándola para hacer sitio para unas cuantas aulas. El abogado nunca llegó a registrar una petición de patente. El trabajo quedó olvidado durante décadas; y en el olvido seguiría de no haberse desatado una lucha legal a finales de los 60 entre varias empresas que se negaron a pagar royalties a Sperry Rand por la patente del ordenador electrónico registrada en 1947 por Presper Eckert y... John Mauchly.

Sí, el mismo que había visitado a Atanasoff fue uno de los creadores del que se consideraba entonces el primer ordenador electrónico: Eniac. Ambos se volvieron a encontrar durante la guerra, y Mauchly le dijo que estaba creando una computadora basada en principios muy distintos al ABC, algo que siguió sosteniendo durante el resto de su vida. En parte tiene razón. Eniac fue la primera computadora electrónica de verdad. Su estructura lógica, su diseño, nada tenía que ver con el cacharro de Astanasoff, que era más bien una máquina diseñada para resolver ecuaciones diferenciales de forma rápida y precisa, no un ordenador programable de uso general.

Por recordar la prehistoria de la informática: el ABC era como la primera máquina diferencial de Babbage, y el Eniac, como la máquina analítica. Pero lo cierto es que sí cogió muchas de las ideas del ABC a la hora de construir su computadora, empezando por el uso de válvulas y terminando por el empleo de circuitos lógicos para resolver los cálculos.

Así lo entendió el juez que en 1973 anuló la patente de Eckery y Mauchly, decisión que no fue recurrida. Atanasoff fue entonces honrado por unos méritos que hasta el momento se le desconocían. Incluso la Bulgaria comunista le otorgó, por tener padre búlgaro y apellido aún más búlgaro, su máxima distinción científica: la Orden de los Santos Cirilo y Metodio, Primera Clase, nombre que no deja de ser curioso para un régimen marxista. Berry no tuvo tanta suerte: se había suicidado en 1963 por causas desconocidas. Pero igualmente su nombre quedó para siempre ligado a la primera máquina de cálculo electrónica y a la historia de la informática.

Ah: la misma universidad que había desmantelado el ABC se lo hizo perdonar construyendo una réplica en 1997 que costó 350.000 dólares. Esa máquina está ahora alojada en la entrada de la Facultad de Informática.


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