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II GUERRA MUNDIAL

Setenta años de la desbandada de Dunkerque

Juan Gillard

Estas semanas, Europa conmemora discretamente los 70 años de la caída de Francia frente a las hordas hitlerianas. Para nuestro vecino del norte, aquellas semanas de mayo y junio de 1940 fueron un antes y un después en su historia como nación: entró en ellas como una potencia de primer orden y salió como salió, cayendo en barrena.

Dunkerque es una de esas mentiras históricas que, a fuer de reiteradas hasta la saciedad, adquieren rango de verdades categóricas. El propio Churchill declaró su repugnancia –que compartía con Monty–, por que los soldados que habían participado en esa espantada lucieran una insignia conmemorativa.

Los ingleses siempre han combatido con el mar a la espalda y la Navy esperándoles para ponerles a salvo cuando las cosas se ponen feas. En España tuvimos ocasión de comprobarlo en 1809, durante su retirada a La Coruña, que, por cierto, también presentan como una victoria. Su especialidad consiste en subcontratar las guerras –los prisioneros austriacos en Austerlitz llevaban en sus bolsillos dinero emitido en Londres–, y sólo cuando no queda otro remedio envían contingentes simbólicos, en los que la logística para la retirada supera a la de combate. A España no vinieron a echar a Napoleón: únicamente mandaron un pequeño cuerpo expedicionario, que se encargó de mantener abierto un segundo frente, a costa de nuestra desolación.

Volvamos a Francia y a 1940. Mientras en el norte las mejores unidades del general Giraud llegaban a Breda, en las Ardenas se abría la brecha alemana entre Sedán y el Canal. La contramaniobra obvia pasaba por que las tropas aisladas al norte atacasen hacia el sur y las del sur hacia el norte, con el fin de romper la delgada línea de avance alemán. Esa era la orden que dio Gamelin y que Weigand confirmó. Y tan consciente era este último de la falta de voluntad inglesa, que cruzó las líneas para transmitírselas personalmente a Lord Gort. Sin embargo, y a pesar del riesgo asumido por el generalísimo galo, el inglés llegó tarde, así que no escuchó unas instrucciones que ya tenía decidido incumplir.

El propio Ejecutivo londinense, escandalizado, envió al jefe del Estado Mayor para que conminase a Gort a atacar hacia el sur junto con el resto del ejército francés. Sin embargo, la retirada, el 23 de mayo, de las dos divisiones de Lord Gort del sector de Arras, no sólo dejó solos a los franceses frente a las divisiones Panzer, sino que desbarató cualquier intento de estabilizar el frente o de mantener una cabeza de puente en las costas del Canal de la Mancha. La situación en que quedaron las divisiones del general Molinié cuando, en su flanco, se encontraron con las unidades alemanas que se habían colado en el hueco dejado por los ingleses es perfectamente imaginable. Semejante traición no impidió a este cuerpo de ejército mantener la posición de Lille y, así, cubrir el embarque de los mismos que les habían abandonado.

Weigand se hubiera conformado con que al menos le hubieran avisado de sus intenciones, así hubiera podido planear y reorganizar la maniobra de otra forma.

En 1914, cuando se libró la batalla del Marne, la situación era mucho más desesperada: se combatió al este del propio París. Sin embargo, en aquella ocasión French sí mantuvo su fuerza expedicionaria en la línea de fuego, y alejó a sus unidades del Canal.

Por otra parte, la previsibilidad del reembarque ahora celebrado debe insertarse en un contexto mucho más amplio y previo. Cuando, en 1939, los franco-británicos negociaban con Stalin una alianza estratégica –en paralelo a lo que hacía Hitler–, el dictador soviético, tras afirmar que ponía sobre la mesa 300 divisiones, preguntó a sus interlocutores por sus capacidades. Los franceses anunciaron un orden de batalla de 100 divisiones; anuncio que cumplieron. Por su lado, los ingleses anunciaron el envío de... cuatro divisiones en un primer momento y dos más una vez transcurridos varios meses. ¡Ah!, una de ellas, blindada. Como Churchill escribió, la consecuencia fue fulgurante: el pacto de no agresión germano-soviético que desató la invasión de Polonia.

Si asumimos que la suerte de la todavía primera potencia mundial dependía de aquella ridícula fuerza expedicionaria, deberemos concluir que Gran Bretaña se lanzó a la guerra con la más irresponsable de las preparaciones. En realidad, debió su salvación a su insularidad y a la Royal Navy, a la que han dedicado siempre todos sus esfuerzos financieros, en detrimento del ejército y, por ende, de sus compromisos europeos. La Batalla de Inglaterra fue un mero intento de torcer la voluntad del Gabinete inglés, pero los alemanes nunca dispusieron de los medios más elementales para cruzar el brazo de agua salvador.

En el continente, perdido el sector norte, los franceses batallaron solos en la línea del Somme en una proporción de uno a tres, y sin siquiera poder contar con una cobertura aérea inglesa adecuada, tantas veces implorada. Es evidente que Francia entró en guerra con una táctica antidiluviana, basada en sus recuerdos de 1918. Pero asimiló rápido la lección recibida de los alemanes y a las dos semanas ya estaba reestructurando sus divisiones blindadas, siguiendo el modelo Panzer.

Ni en los peores momentos de la primera guerra mundial se produjo una densidad de bajas, en el tiempo y en el espacio, como la registrada en aquellos soleados días de primavera. Cien mil franceses murieron en cinco semanas de combate; los alemanes perdieron 60.000 hombres, 1.200 carros y 1.300 aviones. Fue Von Reichnau quien, al calificar el espíritu de lucha francés en mayo y junio de 1940, dijo: "Lucharon como leones". Las valoraciones más positivas del ejército de Weigand corrieron por cuenta de los alemanes que lo combatieron; las más despectivas, de los anglosajones. Pero, claro, tenían mucho que justificar: nada menos que Dunkerque.

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