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QUÉ SIGUIÓ AL SIGLO DE ORO

Sobre la decadencia española

Alguna corriente historiográfica ha negado que España sufriera una decadencia porque no había nada de lo que decaer, dada la, a su juicio, mediocridad del llamado Siglo de Oro.

Así las cosas, conviene recordar algunos hechos bien conocidos: durante casi dos siglos, entre el último cuarto del XV y mediados del XVII, España fue capaz de contender y finalmente marcar sus límites a Francia, las potencias protestantes y el Imperio Otomano –que a menudo actuaban concertados–, y eso pese a ser España material y demográficamente inferior a todos ellos; mientras las empresas marítimas de las demás potencias europeas –excepto Portugal– iban poco más allá de la piratería y el tráfico de esclavos, España descubría no solo América, un verdadero nuevo mundo, también el Pacífico, y ponía en comunicación, por primera vez en la historia humana, a los continentes habitados y sus culturas; la lengua, el comercio, las universidades y numerosas instituciones fueron exportadas desde la Península a América y las Filipinas, donde se fundaron gran número de ciudades.

España era probablemente el país europeo con mayor número de alumnos universitarios, y en sus centros, particularmente el de Salamanca, floreció un brillante pensamiento económico y político, el derecho internacional y una teología muy influyente en la reforma del catolicismo. Simultáneamente, gozó de un verdadero esplendor literario y artístico, de gran originalidad. Y en todos los campos de la cultura produjo un número muy elevado de personajes notables, tanto si lo comparamos con otros países de entonces como con la historia hispana posterior. De todo ello quedan huellas como un patrimonio artístico que sigue siendo riquísimo a pesar de las repetidas devastaciones y expolios sufridos en los siglos XIX y XX, particularmente cuando la invasión napoleónica, la desamortización de Mendizábal y la guerra civil del 36 al 39. El Siglo de Oro, debe admitirse, fue cultural, política y militarmente espléndido, sea cual sea el baremo que se le aplique.

Percibimos, por tanto, una decadencia no menos real y profunda cuando comparamos aquella época con cualquiera de las posteriores, en las cuales, salvo ocasionales fogonazos de genio, la cultura hispana causa una impresión, ahora sí, de gran mediocridad, también por contraste con los principales países europeos.

La decadencia en el plano político y militar se hizo visible poco después de que la Pax Hispanica, en el primer cuarto del siglo XVII, pareciera asegurar la hegemonía española en Europa, aun a costa de algunos retrocesos parciales. En realidad, fue solo el preludio de un declive cada vez más rápido; hasta finales del siglo, cuando las nuevas potencias, Francia en particular, se sintieron capaces de determinar el destino de España. Aun así, durante la mayor parte de dicho siglo siguió habiendo una vida artística y literaria de primer orden, por más que el pensamiento también decayó.

El siglo XVIII, sobre todo la segunda mitad, permitió cierta recuperación bajo una Ilustración no desdeñable, aunque ciertamente muy por debajo de la fuerza y originalidad del Siglo de Oro o de los grandes países ilustrados, Alemania, Francia y Gran Bretaña. Durante ese siglo, el país fue reponiéndose de la decadencia anterior, un proceso que resultaría quebrado por completo con la invasión napoleónica. Un efecto de esta última fueron unas muy graves querellas civiles, antes infrecuentes (durante tres siglos, España había sido quizá el país europeo con más estabilidad interna), y un fuerte retraso en la revolución industrial, que estaba dando a las principales potencias europeas, particularmente a Inglaterra, una ventaja abismal sobre las demás culturas y civilizaciones del mundo. Es esta una etapa que en la Nueva historia de España he denominado Edad de Apogeo de Europa, y que coincide en nuestro país con una prolongada depresión.

Quevedo.Las causas de la decadencia hispana han sido muy debatidas, con juicios para todos los gustos. Ya Quevedo percibió agudamente el problema, si bien no entendió los factores que elevaban decenio tras decenio a las potencias rivales: mayor racionalidad económica, avance del pensamiento científico, etc. Luego, la influencia de la Ilustración francesa aumentó la depresión del espíritu hispano, hasta llevarlo a renegar incluso de su etapa cultural, política y militarmente más productiva. Como causas del atraso español se señalaron –y siguen señalándose–, dentro y fuera del país, la Inquisición, el oscurantismo eclesiástico y hasta el mero carácter católico del país, que muchos, desde la tesis clásica de Weber, han juzgado casi incompatible con la modernización y la industrialización, propias más bien del protestantismo. Pero en cuanto a la Inquisición, salta a la vista que su época más activa coincide precisamente con la de mayor esplendor cultural del país; que su escasa actividad durante el siglo XVIII no alumbró nada parecido a una eclosión de la literatura, el pensamiento y la ciencia, aparte de que gran número de ilustrados españoles fueron eclesiásticos; y que su abolición final tampoco mejoró el panorama.

Debemos descartar, por tanto, a la Inquisición como un factor de decadencia: seguramente no tuvo mucha relación con ella, en un sentido u otro. Tampoco parece aceptable el argumento del catolicismo: aparte de que Inglaterra, cuna de la revolución industrial, era, entre los países protestantes, el más próximo al catolicismo, fue en la católica Bélgica donde la propia revolución industrial tomó cuerpo más rápidamente –después de Inglaterra–, mientras que la protestante Holanda quedaba muy rezagada, así como los países escandinavos. Francia, país predominantemente católico, fue sumándose a dicha revolución con bastante rapidez, y en Alemania cundió en territorios a medias católicos y protestantes.

Mayor interés tiene el llamado "oscurantismo eclesiástico". No hay duda de que la Iglesia tuvo un papel muy destacado en el Siglo de Oro, con sus universidades, sus pensadores, su mecenazgo, su labor evangelizadora, aparte de una influencia decisiva en la reforma de la Iglesia, en el Concilio de Trento. A partir del siglo XVII se observa un decaimiento de la influencia española en el catolicismo mundial, la religión se vuelve más formalista y ritual, a la defensiva, apenas surgen nuevos pensadores o teólogos de altura, las universidades decaen en alumnado y sobre todo en calidad. Durante el siglo XVIII la enseñanza, ya de por sí poco brillante, recibe un golpe realmente brutal con la expulsión de los jesuitas. A la caída de la educación superior contribuyeron tanto sectores eclesiásticos como laicos, una tendencia que se acentuará en el siglo XIX, tras la ruptura de la dinámica reparadora del siglo anterior.

Una enseñanza de mala calidad o demasiado restringida supone que una sociedad contará con pocas personas capacitadas en el terreno de la alta cultura, incluso en el meramente técnico y administrativo. Muchos datos indican que la enseñanza en España fue decayendo, en cantidad y calidad, al mismo ritmo que la importancia política y militar del propio país, un hecho al que no ha solido dársele la importancia explicativa que a mi juicio tiene.

No es que una enseñanza amplia y de calidad garantice un esplendor cultural o un espíritu de empresa, pues existe un elemento imposible de cuantificar, incluso de discernir con precisión y que no aparece siempre, en los auges y declives de las naciones, y es lo que podríamos llamar "el chispazo espiritual", la inspiración, la capacidad para detectar los retos históricos y responder adecuadamente a ellos. El milagro griego puede ser el ejemplo típico. Pero si una buena y extendida enseñanza no garantiza tal cosa, sin ella difícilmente surgirá ese espíritu. Se ha dicho a veces que la prohibición, por Felipe II, de estudiar en universidades extranjeras causó el atraso intelectual español, pero no creo que fuera un factor decisivo. Como fuere, podemos decir que, durante el Siglo de Oro, España tuvo las dos cosas: una buena enseñanza para la época y ese imponderable chispazo espiritual. Luego, la primera degeneró y el segundo se extinguió, o casi.


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