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SOCIALISMO

Tito, el archivillano de Moscú

A mediados de 1943 Stalin suprimió la Comintern. Era lo mínimo que podía hacer, vistos los derroteros que había tomado la guerra. La Comintern, una herramienta política que buscaba fomentar la discordia civil en los países occidentales, había perdido todo su sentido, pues esos mismos países eran en ese momento los principales aliados, por no decir los salvadores, de la Unión Soviética asediada por los nazis.

Terminada la contienda, no se volvió a montar. La "tienducha", tal y como la llamaba Stalin, había cumplido su cometido tanto en el ámbito de la propaganda como en los campos de batalla –en la guerra de España–. Había sido una buena agencia de comunicación e intrigas para la aislada URSS de entreguerras, pero no tenía razón de ser en un momento en el que media Europa era un predio moscovita y la otra media subsistía entre cascotes y complejos de culpa. Más tarde o más temprano, malos y buenos, franceses e ingleses, italianos y alemanes terminarían por asumir la inevitabilidad del socialismo, como habían hecho las naciones del Este.

Pues no. Las cosas no fueron así. En 1947 Truman anunció el Plan Marshall, un programa de ayuda económica para que el hambre y la conflictividad social de posguerra no convirtiesen en enemigos a los que hasta el momento habían sido fieles aliados de Washington. El otro plan, el de Stalin, se vino abajo. Y fue entonces que resucitó de entre los muertos la Comintern. Pasó a llamarse Cominform, acrónimo de Oficina de Información de los Partidos Comunistas. Su misión sería organizar el bloque socialista y garantizar que nadie escapase de la ortodoxia ideológica, fijada por el Kremlin.

Todos los partidos comunistas fueron desfilando delante del zar rojo para rendirle pleitesía. Todos menos uno, el yugoslavo, dirigido por Josip Broz, un partisano rechoncho y rubicundo que se había ascendido a sí mismo a mariscal tras derrotar a los nazis y masacrar sin piedad a las milicias ustachas que los apoyaban en Croacia.

Broz, conocido como Tito dentro y fuera de su país, se hizo el remolón. Aceptó de mala gana que el primer congreso de la Cominform se celebrase en Belgrado y que la sede temporal de la organización se fijase allí, pero no tenía intención de comulgar con esa rueda de molino. El plan de Stalin era sustituir a todos los líderes locales que gozasen de popularidad para que sólo se le rindiese culto a él, padrecito de todos los pueblos oprimidos.

Tito lo intuía porque conocía demasiado bien al zorro. Sus peores sospechas se tornaron realidad cuando tuvo noticia de una reunión en Moscú a la que habían asistido dos de sus hombres más cercanos, Edvard Kardelj y Milovan Djilas. La conclusión era más que obvia: uno de los dos le movería la silla.

Aquello fue una coartada inmejorable. Al año siguiente sacó a su partido de la Cominform. De nada valió que los soviéticos le prometiesen, a cambio de su permanencia, el apetitoso bocado de Albania, incluso Bulgaria, para que construyera la genuina patria de los eslavos meridionales (Yugoslavia significa eso mismo: "tierra de los eslavos del sur"). Tito sabía que esos eran regalos envenenados que habría de pagar con su propia cabeza.

Stalin se encolerizó. Cursó órdenes de aislar por completo al mariscal y dictó una orden de busca y captura al stalinista modo, es decir, tachando al disidente de agente del imperialismo, de burgués encubierto, de bujarinista y de menchevique. "Creemos que la carrera de Trotsky es muy instructiva", amenazó el georgiano, en el clímax de la crisis.

El titoísmo, palabra inventada a toda prisa en la Lubianka, se convirtió en pecado de lesa majestad en la URSS y en todos sus satélites europeos. Todo aquel tachado de titoísta era carne de proceso sumario y presidio siberiano. En Yugoslavia sucedía lo contrario. A los miembros del Partido que mostraban simpatías prosoviéticas se les colgó el sambenito de cominformistas, delito lo suficientemente grave como para ser enviado sin juicio a Goli Otok, un penal secreto situado en una remota isla del Adriático, frente a las costas croatas. Eso, el que tenía suerte. Otros pagaron la fidelidad al Padrecito con la vida.

Se había desatado una guerra civil dentro del bloque del Este sin que los aliados occidentales se lo llegaran a explicar muy bien, probablemente porque desconocían la naturaleza íntima del socialismo.

El desencuentro entre Tito y Stalin duró hasta la muerte de este último, en 1953. Para entonces Yugoslavia se había situado ante el mundo libre como un régimen distinto, más amigable: el "socialismo de rostro humano", lo llamaban los bienintencionados cancilleres del Oeste.

Tito.De humano tenía poco. Tito se atornilló al poder sabiendo que Yugoslavia era de los pocos países del bloque comunista que no hacía frontera con la URSS, lo que le libró de una invasión como la que padecería Hungría pocos años después. Jruschov trató –con éxito– de reconducir la situación retomando las relaciones y asumiendo la excepción yugoslava. Entendió que mientras Tito, un autócrata sanguinario e implacable, siguiese al mando no habría nada que temer.

No iba desencaminado. Tito sirvió de eslabón entre el Este y el Oeste, cultivando de puertas afuera una imagen de refinada moderación que contrastaba con la megalomanía y las formas de tirano oriental que le conocían sus compatriotas. Su retrato y su nombre eran omnipresentes en el país. Incluso se atrevió a hacer lo que Stalin: rebautizar una ciudad con su propio nombre: Podgorica, capital de Montenegro, pasó a llamarse Titogrado tras la guerra mundial.

Obsesionado con vistosos uniformes llenos de medallas, vivía rodeado de lujos, algunos realmente exclusivos, como el yate Galeb, mayor que el de la reina de Inglaterra, en el que pasaba largas temporadas y agasajaba a líderes extranjeros y artistas de cine como Elisabeth Taylor o Sofia Loren. Muchos le correspondían con reconocimientos y honores. Tito coleccionó órdenes militares, desde la de Lenin hasta la Legión de Honor francesa, pasando por la de Bath, británica, o la del rey Leopoldo de los belgas.

El pulso que le había ganado a Stalin en un acto valiente pero perfectamente calculado le proporcionó fama y cierta aura de intocabilidad. Fue el archivillano del monstruo, el único que se enfrentó a él y pudo contarlo.

Su país se desintegró poco después de su muerte (1980). Deshecho el hechizo que embrujó a medio mundo, Yugoslavia se desangró en una miríada de guerras intestinas que, al principio, nadie acertaba a comprender. Tito, el guerrillero que se creía mariscal, los había engañado a todos, empezando por Stalin. Nunca un tirano tuvo tan buena prensa y dejó tan mala herencia a sus sucesores. Hace sólo 30 años que murió y ya nadie se acuerda de él.

 

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