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CUESTIONES DE HISTORIA DE ESPAÑA

Tres nacionalismos

Creo haber mostrado en Una historia chocante, y resumido en Nueva historia, que el origen remoto de los separatismos que hoy amenazan a España se encuentra en la crisis del 98.

Fue entonces cuando, explotando la sensación de desaliento provocada por la derrota ante Usa, cobraron cierta fuerza los nacionalismos catalán y vasco y surgió un tercer nacionalismo español, el regeneracionismo, que, pese a no cuajar en un partido, influiría poderosamente sobre otros muchos, a derecha e izquierda.

Existe una similitud profunda y algo sorprendente entre los tres nacionalismos: todos cultivaban una visión eminentemente negativa de la historia, de España y de las zonas vasca y catalana, respectivamente. Para los nacionalistas vascos y catalanes, el pasado de sus regiones había sido de oprobio y esclavitud, impuestos por un poder extranjero a unos pueblos lo bastante idiotas para no darse cuenta de su opresión y, en el culmen de la abyección, para considerarse españoles, es decir, para identificarse con sus propios dominadores. Por fortuna, habían terminado por llegar los salvadores, que iban a redimirles de su estulticia y encaminarlos a la liberación.

La misma idea de fondo latía en el regeneracionismo: España había tenido una historia "anormal", "desviada", "absurda", se había "tibetanizado" y realizado muy poco que valiera la pena. Era preciso romper drásticamente con toda la dinámica anterior, "cerrar con siete llaves el sepulcro del Cid", olvidar las gestas americanas y europeas, en las que siempre habríamos fracasado, cometiendo de paso crímenes sin par. Como en el caso de los vascos y de los catalanes, surgió una pléyade de mesías y profetas –o "gárrulos sofistas", como los calificó Menéndez Pelayo–, empeñados en denigrar el pasado hispano, si bien con el excelente propósito de inaugurar un período nuevo y, se esperaba, esplendoroso, mediante, si fuera preciso, un "cirujano de hierro".

Por entonces, y a pesar de la derrota del 98, España se modernizaba con cierta rapidez, desarrollaba la industria y el capital, el agro, la enseñanza, y prosperaba de modo consistente y continuado por primera vez desde la Guerra de Independencia. Progresos poco brillantes, cierto, pero acumulativos y con tendencia a acelerarse en aquel régimen de la Restauración, con amplias libertades que permitía organizarse y ganar elecciones a nuevos partidos. Pero los profetas regeneracionistas lo desaprobaban sin concesiones. Creían, sin explicitarlo mucho, que aquellos progresos valían muy poco y que podrían conseguirse resultados muy superiores en muy poco tiempo mediante recetas en las que ya solían discrepar unos de otros.

Casi en lo único en que concordaban, izquierdas y regeneracionistas burgueses, era en la animadversión o desprecio hacia la Iglesia. Y como el regeneracionismo afectó a numerosos escritores, la Restauración, fulminada con los epítetos más gruesos, perdió el respaldo intelectual. Esta pérdida fue un factor poco estudiado pero esencial para entender un declive que, de despeñadero en despeñadero, terminaría en la guerra civil, mientras nuevas ideologías mesiánicas y totalitarias, el marxismo y el anarquismo, cobraban impulso, cada año más amenazante.

Otra base común de los tres nacionalismos fue el racismo, importado, como tantas otras cosas, de la Europa transpirenaica, donde estaba de moda. El racismo más brutal y extremo era, sin duda, el del nacionalismo vasco; el catalán no le fue muy en zaga, como acaba de mostrar Paco Caja en su libro sobre La raza catalana; y estaba también presente en el regeneracionismo, si bien de modo harto más atenuado. En cambio, el nivel intelectual del regeneracionismo estuvo siempre muchos codos por encima de la extrema vulgaridad de los otros dos nacionalismos.

Por lo que hace a las diferencias, el regeneracionismo creía salvable a España, mientras que los otros dos la rechazaban de plano, no sin buenas razones, porque si la historia común había sido tan nefasta, más valía romper con ella, como recomendaba la célebre oda de Maragall.

A su vez, hay diferencias importantes entre los nacionalismos vasco y catalán. El primero ha sido siempre –aun si con períodos de vacilaciones– radicalmente secesionista y antiespañol, mientras que el catalán, aunque desdeñaba en general a España, a la que consideraba "muerta", partía de unas concepciones medievalistas, en todo caso anacrónicas, según las cuales Castilla había representado el papel principal en la historia común y ahora le tocaba el turno a Cataluña, con idea, incluso, de crear un imperio español desde Lisboa al Ródano y otras extravagancias. Tales ambiciones disparatadas solo podían general frustración, y por ello el nacionalismo catalán ha oscilado entre el ansia imposible de dirigir (y explotar, aunque eso no se decía) al resto de España y un secesionismo despechado, llevándose consigo, eso sí, a los que bautizó generosamente como Països Catalans.

Los dos nacionalismos casi desaparecieron bajo la dictadura de Primo de Rivera, con ser ésta muy suave, para resurgir en la república y convertirse en uno de los mayores factores de desestabilización de la misma. La guerra civil acabó de desacreditarlos y bajo el franquismo no molestaron casi nada, excepto el terrorismo de la ETA, ya muy al final. Pero volvieron a cobrar fuerza desde la transición, fuertemente apoyados por la Iglesia posconciliar, por diversas maniobras políticas de la izquierda, por la oficiosidad de Suárez y por la ignorancia generalizada, en la derecha, sobre las raíces y la sustancia de esos movimientos. Parece que no hubiera finado el regeneracionismo, con su incapacidad intelectual –hija de sus propias ideas sobre el pasado español–, para hacer frente a los otros dos nacionalismos.

Ningún problema puede resolverse sin estudiarlo seriamente, y esto es lo último que se ha hecho en España con los separatismos, pese a haberse convertido en el mayor obstáculo a la consolidación de una nación unida y democrática.

 

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