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CUESTIONES DE HISTORIA DE ESPAÑA

Tres reformas en la transición

Sobre la transición –como sobre toda la historia de España en el siglo XX– , se ha mentido o desvirtuado tanto la realidad, que poca gente entiende el punto clave: el paso a la democracia vino del franquismo, y solo pudo venir de él porque la oposición no era democrática, sino de tendencia totalitaria, con excepciones políticamente irrelevantes.

La cuestión de cómo pudo proceder la democracia del franquismo se entiende mejor recordando que este fue un régimen autoritario, no totalitario, bastante flexible y evolutivo, con una economía básicamente liberal y que brindaba amplias dosis de libertad personal.

Lo anterior no significa que la transición fuera cosa fácil. Hacia mediados de los años 60 se planteaba, de modo confuso, si el régimen debía considerarse la superación definitiva de la democracia liberal o bien una situación excepcional, producto de otra situación excepcional en que la propia España había corrido el riesgo de venirse abajo. En el segundo caso, una vez superado el peligro de los años 30 y asentada una sociedad próspera y sin odios, el sistema debía evolucionar hacia un régimen de libertades políticas, que de hecho eran ya entonces cada vez más amplias.

La forma concreta del dilema era la legalización de las asociaciones políticas: ¿debían estas integrarse en el Movimiento, o podrían funcionar independientemente de él, es decir, en calidad de partidos políticos? Los intentos en la segunda vía fracasaron, aun sin dejar de estar en el fondo del debate, por la oposición de Franco. Este, tras mostrarse partidario de una democracia ordenada en vísperas de la república, había sacado de la experiencia republicana y frentepopulista la firme convicción de que los partidos, al menos en España, se convertían en camarillas demagógicas atentas a su exclusivo interés de poder y ajenas al interés general. Creía haber superado tal plaga mediante el Movimiento Nacional, que integraría a las diversas opciones políticas de forma armoniosa. Lo cual era en gran parte una ilusión, pues las llamadas "familias" del régimen venían a ser una especie de partidos larvados, cada cual con sus organizaciones, órganos de expresión, etc. Pero esto es aquí un asunto secundario.

Fraga.Muerto Franco, e irremplazable su figura, la dinámica contenida en los años anteriores cobró fuerza con el programa reformista de Arias-Fraga. El último aspiraba a un régimen de libertades homologable a los de Europa occidental mediante sucesivos cambios legislativos, culminados en referéndum. Fraga tenía una idea bastante clara de la oposición realmente existente, y consideraba que sólo su debilidad obligaría a esta a aceptar un proceso democrático. Se ha dicho que su reforma fracasó, pero el verbo no es muy apropiado.

Con su tradicional propensión demagógica y su incapacidad de aprender de la historia, la izquierda y los nacionalismos aspiraban a una ruptura que enlazara la legalidad con la del Frente Popular, y en el primer trimestre de 1976 trataron de ganar la iniciativa mediante una intensísima movilización de huelgas y manifestaciones. Fraga logró derrotar esa movilización, asestando un golpe decisivo al rupturismo, que continuó, pero muy debilitado. En este sentido no hubo fracaso, tampoco en un sentido más amplio, porque su reforma simplemente no se aplicó: Arias fue destituido a mediados de 1976, y su lugar no lo ocupó Fraga, sino Suárez. El rey deseaba una reforma suya, no la de un político de tan fuerte personalidad como Fraga.

Con ello empieza una segunda reforma, o una segunda concepción de la reforma, que no es propiamente de Suárez, como suele decirse, sino de Torcuato Fernández Miranda: Suárez fue solo el hábil ejecutor. Torcuato tenía un nivel intelectual muy superior a Suárez, quien difícilmente habría podido diseñar una maniobra de tal calado.

Torcuato compartía con Fraga la idea de que la oposición solo se integraría en el proceso si se sentía débil, y la etapa siguiente, hasta el referéndum del 15 de diciembre, puede considerarse como la definitiva derrota del rupturismo y el asentamiento de la reforma "de la ley a la ley", es decir, desde la legitimidad franquista a la democrática, sin veleidades de arraigar aquella en el Frente Popular. La reforma de Torcuato difería de la de Fraga en que preveía un período constituyente desde unas elecciones, a partir de las cuales los principales partidos elaborasen una Constitución.

El referéndum dio a Suárez un enorme prestigio, ampliado con la resolución de los secuestros de Oriol y Villaescusa. Desde entonces prescindió de la tutela de Torcuato y se lanzó a navegar por su cuenta, con una dosis de personalismo que le llevaba a prescindir de su propio gobierno en cuestiones esenciales.

Carrillo y Suárez.El mayor logro de Suárez, una apuesta arriesgada pero que resultó un acierto, fue la legalización del PCE antes de las elecciones. El PCE, visto por muchos como el mayor peligro, se había moderado en extremo, ante el peligro de quedar en la cuneta, sustituido por el PSOE como fuerza casi única de la izquierda. Por eso, Carrillo cambió drásticamente sus hostiles declaraciones sobre la monarquía y Juan Carlos, así como algunas tesis políticas fundamentales, para aceptar la monarquía, la bandera, el pluralismo y la economía de mercado antes de que lo hiciera el PSOE, el cual mantenía un radicalismo verbal totalitario.

El problema con la legalización del PCE provino del modo como lo hizo Suárez, por su cuenta y habiendo engañado a los militares. Seguramente no fue un engaño deliberado: cuando prometió que el PCE no sería legalizado (antes de las elecciones), debió de creerlo. Fueron las sucesivas muestras de sumisión de Carrillo y la expectativa de que este no sacaría más de un 10% de los votos lo que le convenció de que legalizarlo tendría poco peligro. La reacción de los militares, por lo demás, se limitó a expresar su disgusto y a aceptar "por patriotismo" la sorpresiva decisión (sorpresiva también para la mayor parte del gobierno y para el propio Carrillo).

No es que Suárez tuviera un modelo distinto de reforma: sólo cambió el talante de la misma. Falto de visión histórica, fue el primero en oscurecer las raíces franquistas del nuevo régimen y las suyas propias, buscó complacer a una oposición que, insistamos, nunca había sido democrática, dándole una baza política e ideológica de gran alcance. Y empezaron a desdibujarse biografías y hechos históricos. Él no tenía convicciones muy firmes, ni distinguía bien entre las cuestiones de principio y las secundarias; oportunista nato, podía presentarse como democristiano, socialdemócrata o liberal. Por asegurar su continuidad como jefe de gobierno, se distanció de Alianza Popular, a cuya imagen "demasiado franquista" contribuyó –él, que había hecho toda su carrera en el Movimiento–, y construyó un partido, UCD, apenas unido por las esperanzas, cifradas en su persona, de asegurar el poder, y que implosionaría de un modo lamentable y bien conocido por todos.

La etapa de Suárez constituyó, de hecho, un tercer proceso reformista, o una tercera reforma, que comenzaba a renegar de los orígenes de la transición y abocó a una Constitución muy defectuosa, en algunos aspectos una bomba de relojería.

La transición constó, pues, de tres reformas: la parcialmente frustrada y finalmente inaplicada de Fraga, la de Torcuato y la de Suárez. Creo que fue este último quien embrolló y desvirtuó parcialmente el proceso. A Torcuato, desde luego, no le satisfizo.


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