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SALMERÓN, CASTELAR Y PI I MARGALL

Tres republicanos, o lo que es entenderse

La república de 1873 ha sido sinónimo de caos en la historia española, salvo para los que, siempre fieles al radicalismo de izquierdas, han visto en aquel episodio una ocasión perdida.

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Lo cierto es que en 1873 el país se consumía en tres guerras: la cubana, la carlista y la cantonal. El caos provocó que el propio Salmerón, presidente de la República entre julio y septiembre, confesara en una circular, luego corregida, que hasta el ánimo más viril se venía abajo contemplando la situación. Por lo que hace al movimiento republicano, se debatía en una lucha tan insoportable como definitoria entre facciones y egos.

Esta es la historia de la desavenencia entre los tres republicanos más importantes de aquel año agotador: Emilio Castelar, Francisco Pi y Margall y Nicolás Salmerón.

Durante décadas, los publicistas republicanos habían descrito la República como un régimen de paz, prosperidad y felicidad, cuyo sólo establecimiento mejoraría casi instantáneamente la economía, la educación, las condiciones de vida y la moralidad. En 1868 era el mito de la Federal, para algún historiador el "último mito burgués". No obstante, entre la proclamación de la República, el 11 de febrero de 1873, y la elección de Castelar como presidente, el 6 de septiembre, se registraron dos intentos de golpe de estado por parte de los propios republicanos –sin incluir el autogolpe de Pi y Margall, el 23 de abril–, unas elecciones en las que sólo votó alrededor del 20% del electorado, proclamas cantonalistas en toda España, violencias en Barcelona –con carlistas, cantonalistas e internacionalistas– y asesinatos de autoridades –por ejemplo, el del alcalde de Alcoy–. La economía se hunidó y muchos españoles decidieron abandonar el país.

El orden era una necesidad para cualquiera... menos para los que veían en el caos la posibilidad de alcanzar el poder. Emilio Castelar, presidente desde septiembre, estaba decidido a hacer la paz utilizando todos los mecanismos legales, y pretendía incluir en la vida política a los monárquicos liberales y a los republicanos moderados. Es más, afirmó con contundencia que terminaría con las demagogias "blanca" (la carlista) y "roja" (la cantonal). La República debía venir por la senda del orden, para lo cual era preciso contar con un Gobierno fuerte y rápido que no tuviera que hacer frente a la oposición sistemática de las Cortes. Para esto consiguió la suspensión de las sesiones parlamentarias hasta el 2 de enero de 1874.

Los republicanos de Salmerón y la izquierda republicana, compuesta por los federales de Pi y Margall y los intransigentes (cantonales), consideraban que la política de Castelar se había salido de la "órbita republicana". ¿Por qué?

Pi i Margall.La primera razón era que el presidente intentaba restablecer las relaciones con la Santa Sede, lo que era intolerable para un movimiento republicano que se había forjado en el anticlericalismo. Castelar había firmado un modus vivendi con el Vaticano para proveer las plazas de obispo en las diócesis de Toledo, Santiago y Tarragona. A Salmerón le parecía una traición al proyecto laicista del republicanismo, pese a que durante la presidencia de Pi y Margall el ministro Suñer y Capdevila había nombrado al obispo de Filipinas. 

Castelar también había salido de la "órbita republicana" (la expresión es de Salmerón) porque reforzó el ejército con militares que habían sido apartados por sus ideas políticas; es decir, por ser monárquicos o republicanos moderados. El presidente buscaba la eficacia militar, no la política. Así, reorganizó el Cuerpo de Artillería, disuelto por el ministro Fernández de Córdoba un mes antes de proclamarse la República, y restableció el Reglamento Militar, que contemplaba la pena de muerte por insubordinación. La rebelión interna en los ejércitos había sido corriente ese año, llegándose incluso al asesinato de oficiales para evitar marchas al frente. Ahora bien, el propio Salmerón había enviado durante su mandato al monárquico general Martínez Campos a terminar con los cantones de Valencia y Cartagena, y al general Pavía a hacer lo propio con los de Sevilla, Cádiz y Granada.

Pi y Margall, el tercer republicano en discordia, estaba en oposición al presidente porque con la suspensión de las Cortes se había paralizado la discusión del proyecto constitucional; un proyecto que escribió Castelar en 24 horas y que a partir de 1873 nadie reivindicó. Pi consideraba que no era necesaria la suspensión de las garantías constitucionales para restablecer el imperio de la ley, y que los medios adecuados eran el diálogo y el conceder cargos políticos a los cantonales sublevados.

Lo cierto, y triste, es que a él le funcionó en parte y momentáneamente durante su presidencia, entre junio y julio de aquel año intenso. Pi hizo creer a los cantonales que la nueva España surgiría del pacto entre las partes independientes, los cantones, por lo cual se hacía preciso la declaración de independencia de las ciudades, provincias o regiones. Este fue el camino que siguieron repúblicas independientes como las de Marchena, Carmona, Écija y Coria del Río. Afortunadamente, la política militar de Castelar redujo la rebelión cantonal a Cartagena, que tuvo tiempo de bombardear Almería.

La oposición republicana al Gobierno crecía, por lo que el presidente intentó reconciliarse con Salmerón. Entre el 19 de diciembre de 1873 y el 2 de enero de 1874, ambos se reunieron casi todos los días. Salmerón se empeñaba en que su interlocutor se había salido de la "órbita republicana", mientras que Castelar insistía en que la suya era la única política posible. La República, órgano salmeroniano, decía en su número del 21 de diciembre: "[El Gobierno] divorcia a los elementos republicanos de la situación actual, y precipita los sucesos hacia una solución". La Discusión, castelarino, decía el mismo día que no se podía gobernar de otra manera:
O muere la República aplastada bajo el peso de la opinión del país, que quiere estabilidad y orden, o sigue como hoy resuelta a prescindir de ciertos compromisos para salvarse, satisfaciendo los deseos de la opinión.
Salmerón y Pi y Margall pactaron la caída del Gobierno. La relación entre ambos había sido siempre complicada. El periódico de Salmerón había insultado a Pi y Margall diciendo que era el primero de los "mercenarios sin coraje y sin dignidad" capaces de "transigir con todos los crímenes, el asesinato y el incendio inclusive"; "de hacer por medio de sus adeptos causa común con los presidiarios; de pretender llegar a la realización de su ideal por el exterminio". Pi y Margall respondió desde su periódico El Reformista llamando a Salmerón "el hombre hueco". Le comparaba con los gigantes y cabezudos de las ferias, que se sacaban para asustar a los niños, y le tocaba el orgullo diciendo:
[El] pobre Sanz del Río [maestro de Salmerón] se equivocó; el pueblo se ha equivocado; sus amigos se han llevado un chasco solemne; sus enemigos se ríen del miedo que le tuvieron. (...) Depositémosle con las precauciones debidas, a fin de que no se rompa, en cualquier parte hasta que pueda servir en otra procesión cualquiera. Y por si acaso no vuelve a haber más procesiones, volvámosle a su cátedra.
Pero todo se suavizó en aras de formar un frente contra Castelar. A Salmerón y Pi i Margall se unió el primer presidente de la República, Estanislao Figueras, que ya había regresado de aquella huida nocturna a París en plena presidencia. La política de Castelar les parecía insufrible, y consideraban el colmo que se quisiera dar entrada en la vida parlamentaria a monárquicos y republicanos moderados. La República, dijo Salmerón, debía ser para los republicanos, y el resto de ideas políticas debían quedar marginadas. La República no se podía construir con el concurso de otros republicanos o de los monárquicos: si así se procediera, se traicionaría el ideal republicano. "Sálvense los principios, y perezca la República", sentenció.

Decidieron entonces, en una reunión celebrada el 30 de diciembre, forzar en las Cortes, el 2 de enero, la dimisión de Castelar.

La sesión del 2 de enero fue larga, densa, sorprendente y dolorosa; con periodistas exhaustos en la tribuna, milicianos patrullando los pasillos, embajadores asustados y acuerdos disparatados. La noche llegó, se anunciaba el alba y la sesión continuaba. 

Pavía esperaba tomando una cerveza, en aquella fría madrugada del 3 de enero, frente al Palacio de las Cortes. Iba a tomar una decisión.

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