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ESTADOS UNIDOS

Un californio frente al demócrata Buchanan: marzo de 1859

Armando Miguélez

Las intenciones del político demócrata James Buchanan, uno de los peores presidentes de la historia de EEUU, fueron analizadas ya en su tiempo –hace ahora siglo y medio– por un valiente joven californio llamado Francisco P. Ramírez, que escribía desde Los Ángeles.

Francisco P. Ramírez escribió una columna explicando las veleidades imperialistas y despóticas del entonces presidente Buchanan. Éste, perteneciente al Partido Demócrata, quería pedir poderes extraordinarios al Congreso para invadir territorios hispanoamericanos con la excusa de proteger los pasos transoceánicos de Centroamérica (Tehuantepec, Nicaragua, Panamá) e imponer sus reglas comerciales en dichos pasos, en sustitución de las que percibía como reglas e impuestos establecidos arbitrariamente por los países propietarios de aquéllos: México, Nicaragua y Nueva Granada.

La reacción de Ramírez fue la propia de un liberal clásico republicano: veía en esa estratagema del presidente demócrata una manera de colar en las Américas un sistema despótico parecido al que regía en las monarquías e imperios de Europa; un sistema como el que habían enfrentado en tiempos recientes las repúblicas americanas. A Ramírez, las causas que esgrimía Buchanan para conseguir esos poderes unipersonales le sonaban a simples tácticas de alguien que quería la libertad de los déspotas y tiranos para actuar libremente en línea del Manifest Destiny de J. Monroe (1823). En caso contrario, sostenía el articulista, el presidente agilizaría la construcción del ferrocarril al Pacífico y, así, evitaría las incertidumbres de esos pasos transoceánicos en suelo extranjero.

El joven articulista muestra una madurez de análisis e interpretación de la política de su tiempo digna de encomio, así como una formación liberal clásica y republicana que, como californio, le venía de la experiencia de la guerra de independencia de México, de la guerra México-Estados Unidos, de una lectura literal de la Constitución de los Estados Unidos y de los ensayos republicanos y liberales de la tradición hispana, desde la Constitución de Cádiz de 1812. También muestra destreza literaria al usar la ironía, los ejemplos, las referencias clásicas y las preguntas retóricas. Todo un ejemplo para nuestros días.

Aquí les dejo el texto íntegro del artículo de marras. Se titulaba "El imperio en los Estados Unidos" y apareció en el diario El Clamor Público de Los Ángeles el 26 de marzo de 1859:
El Presidente de los Estados Unidos ha trasmitido al Congreso un Mensaje Extraordinario pidiendo amplias facultades para emplear las fuerzas navales y terrestres de los Estados Unidos, para proteger el Istmo de Tehuantepec o penetrar a los territorios de México, Nicaragua o Nueva Granada con el pretexto de obtener satisfacción por los ultrajes cometidos contra los ciudadanos americanos. Pues ese mensaje es, en efecto, una proclamación de que las instituciones republicanas no sirven para nada, y que sólo nos queda que escoger entre la Impotencia nacional o un dominio Imperial. Como tal será recibida con gusto por los monárquicos –del Antiguo Mundo.

Nos dice, que a lo menos que se le concedan estas facultades extraordinarias, las grandes monarquías europeas tendrán una ventaja sobre nosotros para sostener los derechos y castigar las agresiones que se cometan contra sus súbditos respectivos. Por consiguiente, hay ciertas verdades en estas proposiciones. El despotismo es una forma de gobierno más fácil y flexible que la Democracia, y tiene muchos privilegios "para desfacer agravios". Ni Augusto ni Julio César hubieran disputado en Roma mientras Aníbal sitiaba Sagunto. Las ventajas del poder Imperial son muy obvias; también lo son las de descendencia hereditaria. ¿Qué aguardamos? ¿Estamos preparados para pagar el precio de tantas ventajas? "Todo está restaurado", dijo Napoleón I cuando había llegado al poder soberano."No", le respondió un Republicano; "el medio millón de hombres que dieron sus vidas para subvertir todo esto no está restaurado".

El New York Tribune dice: "Damos las gracias al Presidente por el ímpetu que impensadamente ha dado al Ferrocarril del Pacífico. ¿Quién es el que no sabe que todas nuestras dificultades que puedan sobrevenir en los Istmos podían evitarse no haciendo uso de ellos? Hágase el ferrocarril del Pacífico y no tendremos necesidad de violar la Constitución para poder proteger el tránsito; porque entonces, el correo, los pasajeros y el comercio pasarán enteramente por el centro de nuestro país".

© Semanario Atlántico

ARMANDO MIGUÉLEZ (miguelez@semanarioatlantico.com), doctor en Literaturas y Culturas Hispánicas.

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