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ALDO TOGLIATTI

Un rostro shakespeariano del siglo XX

Carmen Grimau

Los que sean de cultura afrancesada me entenderán enseguida. El escritor Claude Roy advirtió a los que fueron un día sus compañeros comunistas: "Acabaréis reinando sobre cadáveres". Reinar sobre cadáveres. La frase se las trae.

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Las semanas estivales invitan a hojear la prensa de forma anárquica. Creo que los que nos pasamos la vida entre libros apenas leemos durante las vacaciones. Yo, al menos, no lo hago. Tan sólo compro la prensa, sabiendo que mi atención queda fuertemente disminuida por el efecto del sol.

Sentada en un banco del paseo marítimo de Almería, mis manos se detuvieron en un obituario publicado en El Mundo. Un rostro desvalido y bello de un hombre joven me golpeó. Tenía una mirada evasiva que venía de muy lejos, del siglo pasado, cuando los intelectuales –aquellos años treinta– se disfrazaban con gafas redondas, casi todas de carey, para enfatizar la estética propia de su generación.

Leí: "Malogrado hijo de Palmiro Togliatti".

Aldo Togliatti, hijo de Palmiro Togliatti (PT) y de la dirigente feminista Rita Montagnana, acababa de morir en un hospital psiquiátrico de Módena, a los 86 años. Afectado de trastornos depresivos con brotes esquizofrénicos, Aldo Togliatti se pasó casi cuarenta años recluido voluntariamente en un psiquiátrico.

Leer la escueta vida de Aldo Togliatti no me sorprendió. Su vida se había encogido hasta lo inenarrable, devorada por la de sus progenitores. Había nacido en el año 25, en plena apoteosis de la Internacional Comunista, y su infancia transcurrió en las escuelas privilegiadas y cuasi-militarizadas que el Partido tenía reservadas para los hijos de la cúpula de la Komintern. Se crió en un mundo irreal, cuando el género humano moría por un exceso de realidad. Pero las utopías colectivas se experimentaban también en esas escuelas, cortando de raíz y de forma indolora cualquier tentación individualista.

Allí, en Moscú, lo dejaron, en 1937, cuando PT, alias Ercole Ercoli, miembro del Secretariado de la Internacional Comunista, viajó a España para dirigir personalmente la política de Stalin. Con apenas 11 años, Aldo inició su peculiar camino de soledad y abandono; vivió en un mundo privilegiado y onírico, deambuló por las habitaciones desabridas del Hotel Lux y se codeó con los vástagos de otros dirigentes comunistas, como los de Maurice Thorez y los de Dolores Ibárruri.

Palmiro Togliatti.En el obituario se dice que los libros fueron su consuelo. Y los cigarrillos, su obsesión.

Ha muerto un anciano sin rostro, un hombre sin importancia. Apenas se conocen fotos posteriores a la que muestra el diario El Mundo. Los comunistas italianos dicen que lo vieron por última vez en 1964, el día del entierro de su padre. Luego desapareció. Nadie lo reclamó. Vivió con su madre, abandonada, ella también, por PT. El dirigente tenía un nuevo amor, la joven Nilde Lotti.

Aldo había cursado estudios en la Unión Soviética, pero su cabeza seguía una deriva autodestructiva. Fue un ser sin huella, perdido desde su nacimiento, lanzado a la vorágine de un mundo sublimado.

Un rostro shakespeariano del siglo XX: un fantasma persistente al que se le dio por muerto en varias ocasiones. Eso es lo que fue, un espectro.

Una nota de agencia en 1993 lo resucitó. Luego, nada. Se había convertido involuntariamente en un ser translúcido. Muy a menudo, la enfermedad mental no mata, se prolonga como si su permanencia en el cuerpo del enfermo se afanara en dañar aún más lo dañado.

De Aldo Togliatti sólo conocemos esa mirada de juventud que ya contiene la calma del loco.

Tout désespoir est un ultimatum á Dieu. Toda desesperación es un ultimátum lanzado a Dios, afirmaba Émile Cioran en Le crépuscule des pensées.

Esa mirada seria que barrunta lo peor me llevó a otro rostro, esta vez más real, el de Paul Thorez, el hijo mayor del secretario general del Partido Comunista Francés, con el que no era difícil toparse en el París de los años setenta.

Aldo Togliatti.

Paul Thorez fue el polo opuesto de Aldo Togliatti. Ambos experimentaron ese abandono de lujo en la Unión Soviética, pero Paul, que había nacido en Moscú en el año 40, era mucho más sanguíneo, más terrenal, y reunió las fuerzas que le faltaban a Aldo. Paul rompió trágicamente con el comunismo, que era de facto su cuna, su familia, y lo hizo de la única manera posible: escribiendo. Esto es, poniendo palabras de por medio; a falta de tierra, palabras. Y sembró de signos tipográficos el camino del alejamiento, para ir separándose con pudor de los afectos, sin romperlos nunca. Publicó Los niños modelo, que se tradujo al español en 1983. En él analizaba el microcosmos de uno de los campamentos paradigmáticos de la educación soviética, el de Artek.

Retornó con frecuencia a la Unión Soviética en la década de los 60, y lo hizo para sacar a escondidas, en el maletero de su furgoneta, un montón de cuadros de pintores disidentes. Elegía minuciosamente los puestos fronterizos menos transitados. Eran tiempos aún muy ajenos a los que sería la Glasnost. Su lengua materna, el ruso, y su apellido ayudaron a no levantar sospechas. Hasta que en el año 70 se descubrió su actividad y se le denegó definitivamente la entrada al país.

Paul Thorez murió en 1994, a los 54 años. Cuando enfermó de cáncer, estaba trabajando en una institución de enfermos mentales. Vio la locura de cerca, como Aldo Togliatti; pero del otro lado, del lado de la compasión, puesto que la curación no es posible.

Todos aquellos dioses del Olimpo de la Tercera Internacional son ya cadáveres. Murieron en sus camas, no sin antes llevarse por delante a todos los dioses menores, es decir, a la legión de clandestinos cultos y eficaces. Murieron traicionados, vendidos.

Jorge Dimitrov, Palmiro Togliatti, Maurice Thorez, Dolores Ibarruri, Josip Broz Tito calculaban en los despachos los muertos necesarios. De aquella cúspide del comunismo europeo sólo sobrevive hoy el que fuera secretario general del Partido Comunista de España, Santiago Carrillo. Resiste en perfecto equilibrio como una araña muy vieja que se columpia en el centro de gravedad de su tela irrompible, que fue tejiendo sin interrupción a lo largo de seis décadas.

Santiago Carrillo respira tranquilo: sus camaradas han desaparecido. La foto del matrimonio Ceaucescu colgado queda ya muy lejos. Fraga y Ansón lo admiran y El País lo exculpa, y desde la cadena de Prisa anima a los jóvenes Indignados, sin trabajo ni esperanza, a lanzarse hacia nuevas barricadas. Con la sangre de otros.

Es el último gladiator, el gigante que consiguió doblegar el siglo XX. Pero para sobrevivir a tanto dolor causado dos cosas le son indispensables: reiterarse en la traición y no tener jamás la palabra culpabilidad en los labios. Los culpables serán siempre los otros. Sus viejos camaradas. Para él, la gloria del presente. Una gloria democrática que lo sostiene indemne. Está por encima de la mélée y nunca se detuvo por un quítenme un comunista de aquí o de allá.

Y reina sobre cadáveres.

Me sorprendí divagando. Entonces, dejé de contemplar el rostro de Aldo Togliatti. 

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