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LA PRIMERA REPÚBLICA

¡Viva el cantón!

En la historiografía española existe cierta condescendencia, o empatía, para con el pensamiento y la trayectoria republicanos. Se les enjuicia partiendo de una supuesta perversidad intrínseca de sus adversarios, y aplicando a continuación el método comparativo.

A esta imagen forzada se le añaden varias justificaciones, como el romanticismo y la represión gubernamental (y preventiva incluso) de las algaradas y conspiraciones. Finalmente le suman algunas dosis de voluntarismo de sus protegidos, indemostrables desde cualquier punto de vista científico. Me refiero a la costumbre de atribuir a los republicanos el papel de portaestandartes de las clases populares y defensores de la democracia, sin distinguir la realidad de la propaganda que aquéllos hacían de sí mismos.

El caso es que en muchas ocasiones se han omitido o minimizado episodios protagonizados por los republicanos en aras de la conservación de esa imagen irreal, para evitar reconocer que tenían los mismos defectos que la mayoría de los grupos políticos del XIX antes de la Restauración: el deseo de monopolizar el poder para siempre, la violencia sistemática, el arrinconamiento de los templados y pactistas, el desprecio de la ley, la exclusión del adversario y el forzamiento institucional.

En este sentido, es muy ilustrativo el relatar el intento de golpe de Estado que prepararon los federales para la sesión parlamentaria del 2 de enero de 1874; uno de esos episodios que se omiten o minimizan.

Las Cortes iban a reanudar sus sesiones aquella mañana. El presidente Castelar iba a presentar una moción de confianza para proseguir su política de orden. Sin embargo, como ya vimos, Salmerón, Pi y Margall y Figueras habían unido sus fuerzas para derrotarle y nombrar otro ministerio. Si esto ocurría, el general Pavía aseguró a Castelar que daría un golpe para que se formara un gobierno nacional que impidiera el auge del cantonalismo y el carlismo. Pero ¿y si ganaba Castelar la votación parlamentaria? Para este caso, los federales habían preparado su propio golpe.

Una vez se proclamó la República, el 11 de febrero de 1873, los radicales, que eran mayoría en las Cortes, incomprensiblemente dejaron el gobierno a los republicanos. Esto, que fue un grave error, supuso entre otras cosas que se legalizaran los Voluntarios Federales: unas milicias políticas encargadas de velar por la republicanización del régimen.

En Madrid había en torno a 8.000 voluntarios federales, organizados a la castrense por un antiguo militar, Nicolás Estévanez, que era gobernador de la capital. Bajo el amparo del Ayuntamiento, además, disponían de la guardia de los sitios más estratégicos de la capital, y se podían reunir en los locales municipales. Estaban envalentonados desde que el 23 de abril Pi y Margall, ministro de Gobernación, y el propio Estévanez les usaron para sofocar el golpe de estado monárquico y dar el contragolpe que dio a Pi el poder suficiente como para disolver la Comisión Permanente de las Cortes.

Los Voluntarios Federales, cómo no, patrullaban la ciudad. Sus desfiles eran temibles, con mueras a los monárquicos, amenazas y actos de violencia. Ahora bien, esta milicia madrileña no era la peor: cuando los voluntarios malagueños pasaron por la capital para ir al frente carlista, se distinguieron por sus delitos y deserciones: de los 1.000 que llegaron, tan sólo 800 marcharon al frente después de pasar por Madrid.

Esta milicia federal estaba en manos de los cantonales y simpatizaba, por tanto, con la rebelión cantonal en provincias. En Madrid, no obstante, los sujetaba el general Pavía. Aun así, y siguiendo la vieja estrategia de sublevar los cuarteles, intentaban alzar a los soldados contra los oficiales con proclamas como ésta, publicada el 1 de enero de 1874:
Si algún general, jefe o subalterno intenta sublevaros al grito de "¡Viva D. Alfonso de Borbón!", haced fuego sobre él; matadle sin compasión; (...) [si grita] "¡Viva la República unitaria!", contestadle a bayonetazos, (...) [si quiere] arrastraros contra la única soberanía legítima, contra las Cortes Constituyentes, sed implacables con él, acribillad su corazón a balazos, despedazad su cuerpo (...). Soldados: obrando de esta manera estáis dentro de la legalidad, dentro del honor y de la disciplina militar (...); y no sólo no tenéis responsabilidad alguna por ello, sino que contribuís a regenerar la patria, a castigar a los fariseos políticos y a redimir al pueblo español (...) ¡Soldados! ¡Viva la República democrática federal!
Los Voluntarios Federales organizaron un golpe de estado el 2 de enero, para el caso de que Castelar venciera en la votación parlamentaria. El hecho era tan conocido que hasta la Cruz Roja instaló hospitales de campaña en las zonas donde era previsible que hubiera choques armados.

Desde que se abrió la sesión de aquel día hasta que se levantó, los comandantes de los batallones federales, sus ayudantes y varios cornetas estuvieron dentro de las Cortes para tocar generala si así se lo indicaban. Aquellos milicianos estaban a las órdenes de los diputados federales, como Guisasola y Rispa, quienes negociaban con Salmerón, Pi y Margall y Figueras la caída de Castelar. Cuando esto se produjo, Rispa, henchido de orgullo, envió un corneta de la milicia para que anunciara a los Voluntarios Federales que se podían retirar a sus casas porque no hacía falta dar ningún golpe.

Pavía colocó sus tropas al conocer la derrota de Castelar. A las horas entró la comisión que dio el ultimátum a Salmerón. Rispa ordenó entonces al Carbonerín, un revolucionario profesional que estaba dentro de las Cortes, que repartiera fusiles entre los diputados, y que tomara como rehenes a Castelar y a sus ministros. Rispa, Guisasola, Estévanez, Luis Blanc y Armendia, todos diputados, salieron del recinto para reunir a los Voluntarios Federales. Pero ya era tarde. Según cuenta el propio Rispa,
las calles estaban todas desiertas, y hasta los ayudantes y cornetas que los comandantes de la milicia nacional habían colocado en sitios estratégicos para tocar generala en el caso de sublevación del general Pavía, se habían retirado abandonando su puestos de honor, creídos de que nada sucedería en aquella madrugada.
El resto es (creo) conocido, así como la popularidad posterior de Pavía y el recibimiento apoteósico de Alfonso XII, meses después. El caso del golpe fallido y su repercusión muestran que los republicanos federales estaban lejos de ser el portavoz único y verdadero del sentir popular, que se movían más por los clubes y las barricadas que por las instituciones y la ley y que su intención era establecer por la fuerza, sin democracia alguna, una fantasmagórica federación. Pero, claro, esto respondía al conocido como "mito de la Federal", del que hablaré en otra ocasión.

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