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Ley de lenguas

Aragón, paraíso políglota

¿Sabía usted que en Aragón se hablan aragonés y catalán? Pues yo no. Y lo mío tiene, desde luego, más delito porque yo nací en Zaragoza.

El PSOE aragonés y muy especialmente el presidente de la comunidad autónoma, Marcelino Iglesias –por mal nombre Marcelino 100% Ovino– han decidido promover una ley de lenguas que, si nada lo impide, será aprobada por las Cortes aragonesas el próximo jueves 17. Esta ley sitúa al catalán y a la "fabla aragonesa" como lenguas propias de Aragón con todo el equipaje institucional, administrativo e impositivo que tales declaraciones suelen conllevar cuando aparecen en el Boletín Oficial.

Ocurre que ni una ni otra son lenguas "propias" de Aragón. En Aragón no se habla catalán. Hay pueblos del Aragón Oriental donde se habla el "chapurriau" evidentemente distinto, ya en primera escucha, tanto del catalán como del valenciano a los que según algunos filólogos antecede. Por si quedara alguna duda, más de 40 asociaciones procedentes de pueblos del Este de Aragón han constituido la plataforma "No hablamos catalán". También el PP de Luisa Fernanda Rudí se ha opuesto a esta ley lanzando la campaña "Defendemos Aragón. No a la imposición del catalán". El PAR, a quien no gusta la ley es, sin embargo, socio de gobierno de Iglesias y mantiene un perfil bajo para no poner en peligro puesto, sinecura y coche oficial.

Por su parte, la "fabla aragonesa" es una lengua frankenstein toda llena de costurones e hilvanes que nadie ha hablado nunca como lengua madre. La fabla aragonesa es el resultado de un paciente trabajo filológico y mucho pegamento Imedio. Lo que hay en Aragón son un buen puñado de modalidades lingüísticas como cheso, chistabín o benasqués que esta ley de lenguas apisonará en beneficio de la sintética "fabla".

Naturalmente, las modalidades lingüísticas fascinan al filólogo pero tienen interés cero para el político ganoso de puestos y padrinazgo. En cambio, la fabla aragonesa es el sueño humedo de cualquier nacionalista. La ley de lenguas crea no una sino dos Academias, una para el catalán y otra para el aragonés. Academias que precisarán de presupuesto, que habrá que llenar de altos cargos, funcionarios y filólogos afines. Adivinen ustedes quiénes van a copar las nuevas plazas creadas. Exacto. Del mismo modo, siendo lenguas propias habrá que incorporarlas al currículo educativo. ¿Quién dará las clases? Exacto. Finalmente la ley prevé el uso de catalán y "aragonés" en las relaciones con la administración. Habrá que contratar traductores. Y el conocimiento del catalán o del "aragonés" serán valorados en las contrataciones para la administración pública. Marcelino, ¡colocanos a todos!

Por si lo anterior no fuera suficiente la ley de lenguas abre anchurosa vía al pancatalanismo rampante al que se invita a café y bollitos y ya de paso a que pase la noche. Mucho ojo con los okupas. Es conocida la poderosa tendencia imperialista del nacionalismo catalán, cuyo programa máximo incluye un buen pedazo de Aragón dentro de los Països Catalans. La Generalidad de Cataluña subvenciona con generosidad a activísimos grupos pancatalanistas no sólo en Baleares y Valencia sino también en Aragón.

En resumen, la ley de lenguas es una ley injusta, una ley que va a costarnos dinero y mucho a los aragoneses, una ley cada una de cuyas disposiciones es semilla de futuro conflicto y una ley que no hacía falta alguna.

Y sin embargo, el próximo jueves se aprobará con los votos del PSOE y Chunta Aragonesista, los primos aragoneses de ERC. Por cierto, que CHA ha querido adornarse anunciando que esta ley es sólo un punto de partida. La cooficialidad con el español es el siguiente paso. La conversión de España en el paraiso políglota del que ha escrito con sorna Fernando García de Cortazar está cada vez más cerca. ¡Qué felices seremos!

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