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ENIGMAS DE LA HISTORIA

3. Mussolini, de primer ministro constitucional al escándalo Matteoti

El propio sistema de la monarquía parlamentaria constituía la principal traba para el éxito total de las ambiciones de Mussolini, ya convertido en primer ministro. Su objetivo ahora iba a ser el de pasar legalmente de esa situación a la dictadura personal, en otras palabras, el de utilizar la legalidad para acabar con la legalidad.

El rey Víctor Manuel III acababa de nombrar a Mussolini, el 30 de octubre de 1922, jefe de Gobierno. Sin embargo, era consciente de que todavía no contaba con el poder absoluto. Menos de una década antes, guiado también por el deseo de ver triunfar otra utopía revolucionaria, Lenin había actuado de una manera similar. De momento Mussolini, como en 1917 Lenin, no podía imponer un gobierno monocolor. Ni su fuerza en la calle —la Marcha sobre Roma podía haber concluido en un verdadero desastre de haber chocado con una resistencia seria— ni menos aún su peso en el parlamento lo permitían. En el Gobierno presidido por Mussolini había tres fascistas y sólo un nacionalista. Pero si alguien hubiera interpretado este acto como la aceptación de las reglas del juego parlamentario o siquiera como la búsqueda de un diálogo se habría equivocado. Mussolini seguía empecinado en su idea de hacerse con el poder absoluto aunque la conquista se realizara bajo el manto de la legalidad.

De entre las acciones de especial importancia en el camino hacia la dictadura una iba a ser esencial. Antes de que se cumpliera un año de su ascenso a la presidencia del Gobierno propuso una reforma de la ley electoral que le permitiera perpetuarse en el poder. El proyecto preveía la sustitución del sistema proporcional por uno mayoritario en virtud del cual cualquier partido que obtuviera una mayoría de votos —siempre que no fuera inferior al veinticinco por ciento— se haría automáticamente con los dos tercios de los escaños de la Cámara. Cuando el proyecto fue presentado a la Cámara a inicios de junio y ésta lo pasó a una Comisión para que lo estudiara, quedó de manifiesto que la suerte que correría iba a depender del partido Popular de don Sturzo. Precursores de la democracia cristiana, los populares habían captado el peligro que significaba el fascismo y no se sentían inclinados a facilitarle la posibilidad de obtener una mayoría holgada. Para conjurar la posibilidad de que su proyecto fuera derrotado por la conjunción popular-socialista, Mussolini decidió entonces recurrir a la Santa Sede. El dirigente fascista había multiplicado en los últimos tiempos los gestos favorables al catolicismo y ahora ciertamente había llegado el momento de pasar factura. No quedó decepcionado. En un artículo aparecido en el Corriere d´Italia —un diario muy cercano a la Curia— monseñor Pucci instó a don Sturzo, jefe de la democracia cristiana, a que no se opusiera a la reforma electoral propugnada por Mussolini. Don Sturzo, a fin de cuentas un fiel hijo de la iglesia católica, se sometió a los deseos de la Santa Sede y presentó la dimisión como secretario del partido Popular.

El 10 de julio de 1923 el proyecto fue discutido ante la Cámara. Frente a Mussolini sólo se encontraban grupos que estaban desunidos entre si. Finalmente, Bonomi y los liberales de Amendola se abstuvieron; mientras que los socialistas y los populares se dividieron. El resultado no fue por ello sorprendente. El proyecto de Mussolini fue aprobado por 235 votos a favor, 139 en contra y 77 abstenciones. Aunque pocos lo pudieron pensar entonces, acababa de quedar abierto el camino hacia la dictadura fascista. Era una victoria preñada de posibilidades para el futuro pero el dirigente fascista supo ser prudente en su triunfo. Otorgó vacaciones a los diputados y dio la impresión de que entre sus proyectos no entraba ni por aproximación el de convocar unas próximas elecciones. La realidad, sin embargo, era que ya las estaba planeando y que dos días después, en virtud de un decreto, limitó la libertad de prensa. Durante dos décadas estaría en sus manos. De momento, el control sobre la misma resultaba esencial para poder asegurarse un próximo triunfo electoral.

Un acontecimiento internacional vino además a proporcionarle un nuevo impulso. El 31 de agosto de 1923, Mussolini ordenó bombardear y después ocupar el puerto griego de Corfú en represalia por el asesinato de una misión italiana en Grecia, acontecido el 27 del mismo mes. La Sociedad de Naciones condenó el acto y el dirigente fascista se vio obligado a abandonar la plaza y a aceptar una indemnización monetaria (cincuenta millones de liras) de Grecia. Sin embargo, la prensa, controlada desde el poder, convirtió lo que había sido realmente una derrota diplomática en un triunfo extraordinario de Mussolini. Cuando a principios de 1924 Yugoslavia cedió finalmente el Fiume a Italia, una vieja reivindicación territorial no satisfecha al concluir la guerra mundial, el fascismo se encontró en una situación óptima. Mussolini, premiado por el rey con el Collare dell´Annunziata, disolvió la Cámara el 25 de enero y convocó las elecciones para el 6 de abril, convencido de que emergería de ellas como un vencedor absoluto. La táctica electoral de Mussolini quedó cristalizada en la elaboración de dos listas electorales. En la nacional o listón, Mussolini logró que entraran personajes procedentes del liberalismo, de los populares y de la democracia social al lado de sus fascistas; en la segunda lista, presentada sólo en Toscana, Lazio-Umbría, Abruzos y Apulia, se sintió lo suficientemente fuerte como para incluir sólo fascistas.

La oposición al fascismo difícilmente pudo acudir a los nuevos comicios más dividida. Reflejada en veintiuna listas, no logró formar bloques. La división de la oposición antifascista y la política inteligentemente aglutinadora de Mussolini obligaban casi a esperar un triunfo de éste que, subrayado por la nueva ley electoral, presumiblemente resultaría clamoroso. Pese a todo, la campaña electoral se caracterizó por una violencia sin precedentes. Los resultados difícilmente pudieron ser más halagüeños para el fascismo. Con una participación del 64 por ciento del censo, sobre un total de unos siete millones de votos válidos, el listón y la lista fascista lograron 4.650.000 votos, es decir, el 66 por ciento. El camino hacia la dictadura había quedado despejado.

El 24 de mayo, día de fiesta nacional en conmemoración de la entrada de Italia en la guerra, se reunió la nueva Cámara por primera vez. Los fascistas contaban con 374 escaños frente a poco más de un centenar de la dividida oposición. Los socialistas habían pasado de 123 a 46, los populares de 108 a 39 y los demócrata-cristianos de 124 a 30. Sólo los comunistas habían logrado aumentar sus escaños pasando de 15 a 19. Se trataba, sin duda, de un triunfo en toda regla. Sin embargo, no iba a ser aceptado en silencio. De ello se ocuparía un diputado socialista por Rovigo, llamado Giacomo Matteotti. Apodado “la tempestad” por sus compañeros de partido, Matteotti era un personaje de notables características. Aunque hijo de acomodados terratenientes, era un socialista convencido que entregaba la mitad de su salario de diputado a un orfanato de niños. Le repelían la demagogia y las huelgas, incluso aunque estuvieran unidas a personas de su propio partido, y, sobre todo, no se dejaba amedrentar por nada. Desde hacía años su intrepidez le había convertido en objetivo de las violencias fascistas. En Rovigo, incluso lo habían secuestrado y torturado aplicándole la llama de una vela al ano. Sin embargo, nada de aquello había logrado asustarlo. El día de apertura de la Cámara, de hecho, pronunció un discurso que constituyó un durísimo alegato contra la limpieza de los recientes comicios. Cuando Matteotti pidió la invalidación total de las elecciones, el recinto se convirtió en una algarabía indescriptible. Mussolini había abandonado la Cámara presa de la cólera y se dirigió al Palacio Chigi. Allí se encontró con Giovanni Marinelli, el secretario administrativo del partido, y desfogó su ira culpando del discurso de Matteotti a la cobardía de los fascistas.

Posiblemente, Mussolini no pretendió otra cosa que lanzar un exabrupto pero Marinelli interpretó sus palabras como una cheque en blanco para dar una lección a Matteotti. Motivos adicionales no le faltaban. Al parecer, el diputado socialista contaba con pruebas de que la Sinclair Oil Company de New Jersey había entregado ciento cincuenta millones de liras para hacerse con la concesión del petróleo italiano y que esa cifra había ido a parar a los ministros de Trabajo y Economía, al subsecretario de Interior, al secretario de Prensa de Mussolini y al director del Corriere Italiano. Así, seis individuos, en su mayoría delincuentes que habían encontrado su lugar más adecuado en las filas fascistas, se dirigieron al domicilio de Matteotti. Al parecer sólo estaban llevando a cabo un reconocimiento del terreno pero en ese instante el diputado socialista salía de su casa. Temiendo por sus hijos, había decidido que se quedaran en el piso con su esposa e iba solo. Inmediatamente, cuatro de los fascistas, ante la mirada de algunos testigos involuntarios, salieron del auto y, tras sujetar a Matteoti, se lo llevaron forcejeando.

El diputado no estaba dispuesto a darse por vencido y mientras se resistía ya en el interior del vehículo lanzó por la ventanilla un disco rojo de piel —se trataba de su tarjeta de parlamentario— con la intención de llamar la atención. En un momento determinado, Matteotti, que había logrado inmovilizar a uno de los raptores llamado Poveromo, estiró la pierna y le dio un talonazo en los testículos. Cegado de dolor, el fascista cortó con su cuchillo la arteria carótida del diputado. Alegaría posteriormente que había sido un accidente y que ni siquiera se había percatado al principio de lo sucedido. Fuera como fuese, lo cierto es que causó la muerte de Matteotti. Desconcertados, los fascistas vagaron sin rumbo con su automóvil hasta que sobre las ocho de la noche, de camino hacia Roma, entraron en un bosquecillo situado a un centenar de metros de la carretera y decidieron sepultar allí al diputado. Fue un trabajo chapucero y el agujero cavado resultó tan pequeño que hubo que doblar el cadáver para que cupiera en él. Aquella noche, Dumini informó a Marinelli de lo sucedido y éste a su vez puso a Mussolini al corriente de todo. El dirigente fascista, abrumado por la noticia, le dio la orden de que no hablara de lo sucedido con nadie. Sin duda, no se le escapaba lo delicado de la situación.

El 13 de junio, la esposa de Matteotti visitó a Mussolini. Llevaba tres días sin ver a su esposo y temía —con razón— lo peor. En un ejercicio de cinismo, Mussolini le aseguró que si supiera lo que había sucedido al diputado se lo devolvería vivo o muerto. Sin embargo, no iba a ser tan fácil ocultar el crimen. En los días siguientes, uno tras otro los asesinos fueron cayendo en manos de la policía. También dos de los implicados en el asunto de la concesión petrolífera fueron detenidos. El 17, Eugenio Chiesa, un diputado republicano, acusó en la Cámara a Mussolini de ser un cómplice en el asesinato. Mussolini era consciente de que el sistema parlamentario estaba herido de muerte pero aún no había sido totalmente desguazado. Precisamente por ello, su situación resultaba especialmente delicada. A un paso del poder total, podía verse desposeído de él simplemente por la intervención de los políticos clásicos o, especialmente, del monarca. Su estado de ánimo estaba tan abatido que llegó a golpearse la cabeza contra el respaldo de madera de su silla o a negarse a comer otra cosa que huevos crudos. Desde luego, rehusaba asumir una responsabilidad que podía significar su final político.

Durante unos días pudo escudarse en el hecho de que el cadáver seguía sin aparecer. Sin embargo, el 16 de agosto, esa situación concluyó al descubrirse los restos mortales de Matteotti. Como durante la Marcha sobre Roma, el rey acudió en ayuda de Mussolini. Aferrándose a la Constitución, el monarca se negó a presionar al dirigente fascista. En paralelo, la reina madre hizo llegar un mensaje a Mussolini comunicándole que no debería dimitir bajo ningún concepto. Pero para los seguidores de Mussolini resultaba obvio que el poder total podía írseles de las manos. El 31 de diciembre de 1924, treinta y tres jefes de la Milicia fascista irrumpieron en el despacho de Mussolini sin cita previa. Su intención era la de obligarle a tomar el poder como dictador. El dirigente fascista respondió subrayando el hecho de que nadie le impondría nada. En enero de 1925, Mussolini compareció ante la Cámara y asumió, en tono desafiante, la responsabilidad por la muerte de Matteotti. Su acción no iba a ser un pronunciamiento previo a la dimisión sino a la plena asunción de poderes.

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