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ENIGMAS DE LA HISTORIA

4. La dictadura de Mussolini

En enero de 1925, Mussolini compareció ante la Cámara y asumió, en tono desafiante, la responsabilidad por la muerte de Matteotti. Su acción no iba a ser un pronunciamiento previo a la dimisión sino a la plena asunción de poderes. En los siguientes meses al asesinato de Matteoti todos los partidos fueron abolidos salvo el fascista.

Las elecciones municipales se convirtieron en reliquia del pasado; se apartó de la administración —y se privó de pasaporte— a los que no pertenecieran al partido fascista; desaparecieron los derechos sociales como el de huelga; se suprimieron los jurados sustituyéndolos por tribunales especiales sin derecho a la apelación ni a los testigos de descargo; y la OVRA (Organizzazione di Vigilanza e Repressione dell´Antifascismo) transformó el país en un estado policial. En pocas semanas, el número de exiliados ascendió a una decena de miles de personas. Para los demás opositores directos —apenas unos centenares— quedaron reservados los presidios de las islas Lipari y Pontinas, o el asesinato clandestino ejecutado por los fascistas. Estos hechos execrables comparados con el terror de masas implantado por Lenin parecieron de escasa relevancia para los contemporáneos de Mussolini.

Ciertamente, en términos cuantitativos y cualitativos, las terribles acciones del fascismo italiano eran, en ese momento, muy inferiores a las de los bolcheviques que estaban envueltos en una guerra provocada por ellos que no se saldaría con menos de trece millones de muertos y dos millones de exiliados. En otras palabras, las acciones represivas de Mussolini casi parecían una simple algarada. Esta simple comparación, cuyos términos son obvios, explica en buena medida que el principio del gobierno fascista fuera aplaudido por buena parte de las potencias políticas sin excluir a la Santa Sede. Pero además, el dirigente fascista no pretendía, al menos en apariencia, alterar el orden sino lograr que éste imperara. A partir de 1926, Italia firmó acuerdo de amistad tras acuerdo de amistad con otros países. Gandhi lo definió como un superhombre con el que no podía compararse, el arzobispo de Canterbury lo denominó “el gigante de Europa” y Churchill confesó que hubiera estado con él desde el principio si hubiera sido italiano. Sin duda, Mussolini se había convertido en el hombre del momento.

El otro personaje que atraía poderosamente la atención internacional era Lenin. Quizá por ello, no resulta extraño que la utopía fascista se asemejara considerablemente a la bolchevique aunque sin adoptar su carácter masivamente exterminador. En contra de lo repetido tantas veces por los autores marxistas en el sentido de que el fascismo era sólo una reacción del capitalismo frente al avance comunista, la verdad es que ambas formulaciones demostraron parecerse más entre si que con los regímenes democráticos liberales. Tanto fascismo como bolchevismo se definían como estados totalitarios que deseaban absorber el control de todos los comportamientos ciudadanos. Así encuadraron a la población desde la infancia en unidades paramilitares sometidas a una profunda ideologización; sometieron al país a continuadas manifestaciones políticas y demostraciones de poder armado; controlaron la educación y los medios de comunicación (algo limitado en el caso fascista por la fuerte presencia de la iglesia católica) y decidieron liquidar paulatinamente la propiedad privada y someterla a un proceso de estatalización. Pese a ser un hecho frecuentemente olvidado, de manera no del todo desinteresada, la nacionalización de la propiedad vino impulsada desde principios de siglo por el bolchevique Lenin y el fascista Mussolini.

A inicios de la década de los treinta, las dos naciones con mayor estatalización de la propiedad eran precisamente la URSS y la Italia fascista. No resulta por ello extraño que Mussolini, refiriéndose a Lenin, le rindiera tributo en 1932 al confesar al escritor Emil Ludwig que la táctica del fascismo para llegar al poder “era rusa” y que tanto los fascistas como los rusos “estamos frente a los liberales, los demócratas, los Parlamentos”. Mussolini había captado —incluso sofisticado— el engranaje de la conspiración leninista contra la democracia; había captado cómo ese planteamiento implicaba la eliminación de las libertades, incluyendo de manera muy especial la propiedad privada; y cómo sus principales adversarios eran los liberales, los demócratas y los parlamentos. En adelante, la importancia de Mussolini derivaría de una razón fundamental. A diferencia de Lenin, el denominado Duce había logrado conquistar el poder y fundar una dictadura totalitaria sin tener que recurrir a provocar una sangrienta guerra civil ni aniquilar de manera previa el aparato estatal e institucional. La demagogia cada vez más radicalizada de las izquierdas, la imprudencia autocomplaciente de las derechas, el creciente clima de inseguridad, el respaldo de la monarquía y, finalmente, una oportuna reforma electoral le otorgaron un poder que, de manera casi casual, pasó a ser una dictadura.

Esa combinación de hechos explica, por ejemplo, que la labor represiva del fascismo fuera muy inferior a la necesitada por los bolcheviques para imponerse, y eso a pesar de que estos se jactaban de contar con el apoyo del pueblo. Mussolini había llegado al poder siguiendo las reglas de un sistema parlamentario. Después había aniquilado el sistema desde dentro.


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