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CRÓNICAS COSMOPOLITAS

Bajo la infamia

Como era previsible, Juan Luis Cebrián quiso sentar cátedra sobre terrorismo y, con el pretexto de los atentados de Londres, echó la culpa de todo al “trío de las Azores”, al PP y muy particularmente a Aznar, no faltaba más (El País, 8-7-2005). Claro, no podía impedirse desinformar suciamente, felicitándose de que el Gobierno británico y Tony Blair no hayan “convocado multitudinarias manifestaciones de adhesión a su persona, ni manipulando el dolor de las víctimas”.

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Por respeto a las propias víctimas, dejemos lo de la "manipulación", pero resulta que sí hubo multitudinarias manifestaciones de adhesión, no sólo a Tony Blair y a su Gobierno –por cierto, acaban de ganar por tercera vez las elecciones: buena muestra de adhesión–, también en defensa de la democracia británica y de resistencia al terrorismo. Ambas  cosas están estrechamente ligadas: la defensa de la democracia incluye la defensa del Gobierno democráticamente elegido.
 
Recordaré que incluso en Francia, probablemente el país más antibritánico del mundo civilizado, hubo voces que compararon la actitud de los ingleses tras los atentados de Londres con la de los españoles después de la matanza de Atocha y reconocían el espíritu de resistencia de unos y el espíritu "muniqués" de los otros (¡nuestros compatriotas!), perfectamente simbolizado por la Alianza de Civilizaciones, taparrabos zapaterista del miedo, la confusión y la rendición.
 
Las "medidas antiterroristas" propugnadas por Cebrián son iguales a las aconsejadas por la ministra de Sanidad de África del Sur, que afirmó que el ajo es soberano contra el sida: una siniestra tomadura de pelo. Pero no vale la pena seguir removiendo las heces de la retahíla cebrianesca, repetida hasta la náusea por su plumíferos lacayos, en defensa de Sadam Husein y demás tiranos y condenatoria de los USA y sus aliados, o sea, de la voluntad democrática de resistencia, porque apesta. Me hizo gracia que entre los males que padece el mundo, según Cebrián, y que evidentemente no conciernen al terrorismo, el cual se cuida perfectamente con ajo, afirme la necesaria "lucha contra las desigualdades económicas y la eliminación del exasperante y ciego egoísmo de las sociedades capitalistas".
 
Jesús de Polanco.Me hizo gracia ver cómo el empresario capitalista Cebrián comenta en las páginas "salmón" de la prensa europea el desarrollo capitalista del Imperio Polanco, hablando fría y egoístamente de crecimiento, inversiones, acciones, beneficios, desarrollo, etcétera, mientras que el académico Cebrián despotrica contra el capitalismo. No es extraño, en realidad, porque Cebrián es un cínico, torpe pero cínico, que sólo piensa en sus intereses y acciones, y como El País y las editoriales del Imperio hacen fortunas vendiendo anticapitalismo, para él y los suyos no hay contradicción, sólo beneficios. Además, siempre podrán afirmar que hay capitalismos y capitalistas egoístas, y otros generosos, como él, su amo, el desdichado Polanco, y nadie más. Salvo, tal vez, George Soros...
 
Pasemos a cosas más serias; relativamente, porque no todo es serio en la eterna polémica, con sus eternos sofismas, sobre el supuesto dilema entre "seguridad y libertad", "democracia o represión". Esa confusión, máscara de la cobardía, se ha comprobado de nuevo con motivo de los atentados de Londres. Contradictoriamente, y al buen tuntún, se les acusa a la vez de haber sido –y ser– demasiado tolerantes, demasiado represivos, de no saber defenderse, de exagerar su defensa, etcétera. Como acaba de afirmarlo Tony Blair, apoyado por la mayoría de los ciudadanos, está visto que no "la comunidad musulmana", pero sí los imanes radicales y los predicadores de la "guerra santa" contra los judíos y los infieles, gozaban de exagerada tolerancia en el Reino Unido. Eso debe remediarse y se va a remediar, porque, como se dice en francés: "Mieux vatu prevenir que guerir" (más vale prevenir que curar).
 
Resulta evidente que, incluso si Scotland Yard demuestra eficacia en la busca y captura de los culpables –o de sus cadáveres–, más hubiera valido detenerlos antes. Evidentemente, no será fácil, pero –tan evidentemente– se debe hacer respetando la ley, las reglas y las instituciones democráticas. Las leyes democráticas permiten detener a los asesinos.
 
Dicho sea de paso, me he irritado cuando tantos diarios, empezando por los ingleses, se sorprenden y presentan a los terroristas como ciudadanos británicos, de origen paquistaní, perfectamente integrados, "normales", que jugaban al cricket y miraban el fútbol por televisión. ¿Cómo es posible que de pronto, un día, por azar o arte de birlibirloque, se convierten en monstruos criminales? Pues uno, al menos, de los cuatro terroristas identificados había estado en Afganistán y Pakistán (¡sí, Pakistán!), y no creo que fuera para jugar al bingo, más bien para entrenarse militar y fanáticamente. Esto no constituye la "normalidad" para los ciudadanos británicos.
 
Además, todos parecen haber olvidado la principal regla de los clandestinos, y más aún de los terroristas: la regla que imponen pasar desapercibido, aparentar ser "como los demás" y, en este caso, hablar de fútbol, y no continuamente del Corán. Grotesco es, por lo tanto, sorprenderse. ¿Por qué, de pronto, se han rebelado contra su país? ¡Porque no tienen país! ¡Zopencos! Porque tienen una fe fanática y la ambición de convertirse en héroes y mártires, matando a ciegas a infieles y judíos y muriendo si sus jefes "espirituales" así lo exigen.
 
Evidentemente, la lucha contra el terrorismo exigiría la participación y la colaboración de la "comunidad musulmana", como se califica, incluso cuando la mayoría, por lo general, no pisa las mezquitas. Dicha colaboración podría ser particularmente eficaz en esta lucha, pero tampoco será nada fácil. Antaño y en otra guerra se decía, con razón, que no había que confundir a los nazis con el conjunto del pueblo alemán. Pero esa distinción resultaba imposible cuando los alemanes iban uniformados y disparaban con las mismas armas que los nazis.
 
Terroristas de Hezbolá.Es un perogrullada afirmar que los terroristas constituyen ínfimas minorías en el mundo arabomusulmán, y que también cometen atentados en países árabes y musulmanes (Marruecos, Indonesia, Arabia Saudí, etcétera), pero esta perogrullada no impide constatar que en ciertos países, y en regiones y arrabales de otros países, los grupos terroristas se encuentran como pez en el agua, gozando del apoyo tácito o activo de la población, bien sea debido a lazos familiares o nacionales, bien sea debido a una parecida interpretación del Corán, o al mismo odio contra Occidente y los judíos. En este sentido, y manteniendo el sagrado principio democrático de la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley, hay que tener muy en cuenta que el movimiento se demuestra andando, y que se puede decir una cosa y hacer otra.
 
Dejando de lado, por ahora, los grandes principios y las generalidades sobre la urgente necesidad de acrecentar la lucha contra el terrorismo manteniendo íntegra la vida democrática, pasaré a dar un par de ejemplos que me parecen significativos. En tiempos del Gobierno de Aznar la lucha contra ETA fue precisamente ejemplar porque obtuvo buenos resultados, dentro de lo humana y políticamente posible, respetando a rajatabla la legalidad democrática. No fue así con el de González, y sus escuadrones de la muerte, los mercenarios del GAL, y no es así, hoy, con las vacilaciones y componendas del Gobierno de Rodríguez Z., ante ETA y compinches. Aznar demostró que se puede luchar contra el terrorismo sin vulnerar un ápice la democracia.
 
Otro ejemplo, más folclórico, que me viene a la mente, debido al artículo de Savater en El País del pasado 14 de julio, es el de Gema Martín Muñoz. Claro, no se trata de encarcelar, ni siquiera censurar, a esta propagandista subvencionada del Islam, de todo el Islam, incluyendo a sus terroristas, pero entre ese extremo y su estatuto estelar actual: invitada a todas partes, escribiendo en todas partes, y más en El País, organizando seminarios y debates, cobrando sueldos del Estado español y del islamismo integrista, hay un término medio, de sentido común: criticarla más y mimarla menos.
 
Por ello, cuando Savater escribe que "no se entiende muy bien su diagnóstico", justificando los atentados de Londres, debido a una inventada represión y hostigamiento antimusulmanes de las autoridades británicas, en realidad se entiende muy bien: para eso la pagan; y sólo no se entiende, pero se explica, la prudencia dialéctica de Savater ante tales infamias teniendo en cuenta los intereses gremiales de su Casa.

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