Menú
AUTORES Y GéNEROS

Bestseller y propaganda

El otro día traían los periódicos la noticia de que Sadam Huseim había editado con pompa una novela que había escrito o hecho escribir para afirmar el espíritu nacional de Irak frente a las abominaciones que le prestaban los extranjeros. No es nuevo que los dictadores se sirvan del arte para animar en una misma cuerda a sus súbditos ni tampoco es nuevo que gente más o menos ágrafa considere que, puesto que mandan, son escritores de talla. El muy sensible generalísimo Franco se dedicó una temporada a escribir un guión de cine, “Raza”, que firmó con seudónimo. Un motorista llevaba al plató los cambios repetidos de un texto cuyos matices testimonian perfectamente el excepcional talento oficial de nuestro más conocido dictador. Agentes especializados de la CIA han conseguido un ejemplar del bestseller de Sadam en una librería de Londres. Nos la referirán en cuanto la hayan leído. Robert Redford encarnó para Sidney Pollack a un agente de espionaje cuya tarea era leer libros en busca de indicios y conspiraciones. La película, “Los Tres Días del Cóndor”, era una adaptación de una famosa novela de James Grady, “Los Seis Días del Cóndor”. “Seis”. El cine tiene la manía de recortar. Obviamente, el que la CIA cuente con lectores oficiales, como Redford, que incluso saben entrar en una librería, no hace más sofisticada la agencia de George Bush. “Veil”, el imprescindible libro de Bob Woodward, relata, entre otras muchas perlas, los apuros que pasaron los servicios secretos americanos para descubrir las fuentes de una información alarmante que ofrecía una periodista, hasta que comprobaron que el origen de la noticia era una campaña de desinformación iniciada por la propia agencia.

Agustín Jiménez
0
Desinformación es la palabra. En la primera mitad del siglo XX se prefería propaganda. Los nazis y los soviéticos consagraron a la tarea un presupuesto estrambótico. Más que acorralar al enemigo, carteles, monumentos, películas, poemas, dramas y novelas perseguían insuflar espíritu a los connacionales. En un discurso que radió un día de Nochebuena de 1941, Goebbels dedicó un recuerdo a los patriotas que, por vivir en el extranjero, debían procurarse a escondidas una copia de una película de exaltación. Durante la segunda guerra mundial, los americanos mantuvieron una división especial de directores guerreros que fabricaron como churros películas que, como las balas, apuntaban al corazón. Los rusos crearon un estrambote magnífico. Al final de cualquier historia, se pegaban unos planos de espigas ondulando bajo el sol del destino mientras los protagonistas se abrazaban ante una máquina cosechadora. Se llamó el género de “Te amo, tractor”. Del tractor campestre al ordenador. En Internet puede consultarse libremente un manual de “Técnicas de propaganda” preparado por el Ejército americano en 1979. La psicología de todo a cien que destila, no resta un ápice de verdad ni de eficacia a las recetas que preconiza. Sadam Huseim ha podido leerlo. Pese a ello, regímenes anticuados como la China se empeñan aun hoy en día en el combate cuerpo a cuerpo. Desde hace dos años, una pantomima diplomática enfrenta a la inmensa China con el minúsculo país de Bélgica a cuenta de un bestseller de Hergé. “Tintín en el Tibet” cifra son sensibilidad la fraternidad entre culturas distintas. Cuando lo estaba componiendo, Hergé atendió la recomendación de imparcialidad de un obispo de Lovaina, que le envió un estudiante chino para que lo asesorara. Cuando, años más tarde, el estudiante volvió a Bruselas, tuvo un recibimiento oficial. La edición de la obra publicada en China tira todo eso al garete con su título acaparador: “Tintín en Tíbet Chino”.

Las prácticas de propaganda remontan a muy atrás. El libro más comentado de Amin Maalouf es quizás “Las cruzadas vistas por los árabes”, que recoge las crónicas y los horrorosos calificativos que los habitantes de Tierra Santa y aledaños dirigieron a héroes occidentales tan intocables como Godofredo de Bouillon o Ricardo Corazón de León. Una novela clásica dedicada a la gloria de este aventurero, “Ivanhoe”, fustiga ya a muchos de los actores de aquellas dudosas gestas. Por ejemplo, a los templarios, reivindicados, sin embargo, por la que probablemente es la única gran novela histórica española, “El Señor de Bembibre”, de Gil y Carrasco. El enfoque de Walter Scott es preferible. El escocés, amén de ser un autor fabuloso de bestsellers, mostró generalmente una comprensión de los móviles de los contrarios y una capacidad de crítica hacia sus protagonistas que no tiene igual en la Historia de la literatura. Léase “El talismán” sobre Saladino. Léase y reléase “Rob Roy”, la novela de, por y contra los Highlands. Otros escritores ingleses son menos generosos. Las animadísimas aventuras del Teniente Hornblower, ahora leídas en España y adaptadas a la televisión, del, por otra parte, estupendo Forester, son un ejemplo de animadversión profesional hacia los españoles.

La novela histórica obliga como el fútbol a tomar partido o, cuando menos, a ajustar cuentas vulgares. Uno de los latiguillos más ridículos de Franco fue su denuncia erre que erre de la conspiración judeomasónica. “Ivanhoe” trata con equilibrio a los judíos. Ricardo Serna ha estudiado la importancia de la masonería en “Pequeñeces”, la leidísima novela real del Padre Luis Coloma.

Quien quiera adentrarse en la literatura de la propaganda, debería comenzar por “La desinformación, arma de guerra”, un compendio de textos básicos preparados por Vladimir Volkoff, que, con “La Reconversión”, dio un ejemplo concreto de cómo se puede construir una trama policíaca mezclando los puntos de vista. Según Volkoff, el primer maestro de la desinformación fue el general chino Sun Tzu, que escribió “El arte de la Guerra” hace veinticinco siglos. Sun Tzu que declaraba: “El arte supremo de la guerra es someter al enemigo sin combate”. Al enemigo o al amigo lector.
0
comentarios

Servicios