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Cabrera Infante y el compromiso presente

No concibo tarea literaria y periodística más ingrata que la de componer un obituario o una nota necrológica, una pieza de réquiem, a propósito de la muerte de una persona respetada, apreciada y aun querida. Mas en la hora de la muerte de Guillermo Cabrera Infante se nos impone el deber de rendir homenaje a un escritor eminente, a un intelectual cubano de su tiempo que vive y muere fuera de sitio por imposición, a un luchador por la libertad y la dignidad. Éste es también nuestro compromiso presente.

Y digo que es labor costosa e ingrata más que nada porque en estos casos debemos referirnos en tiempo pasado a los ahora difuntos, cuando desde el fondo de nuestra alma desearíamos que siguiesen existiendo y poder hablar con ellos y de ellos en tiempo presente, continuamente. He aquí un trágico encuentro entre la sintaxis y la voluntad, entre el lenguaje y el pensamiento, que condiciona nuestros trabajos y nuestras letras. Un sino fatal que acaso podamos sortear aquí felizmente.
 
Existe, con todo, otra clase de tremendos cruzamientos de instancias soberanas condenadas a entenderse, como sucede con las formas de pensar y hablar, las maneras de cavilar y decir, los modos de concebir y escribir, en el momento de verse las caras. De esas odiseas saben más que nadie aquellos que un día tuvieron que "transterrarse" por la fuerza a una nueva patria que no sólo habla con otro acento y cadencia, sino que, sencillamente, habla otra lengua. Ocurre que uno, por lo común, no llega a acostumbrarse jamás a manejarse con naturalidad en una lengua importada, segunda, extraña.
 
Los españoles y los escritores conocemos de primera mano los avatares de estas travesías. Ya lo dijo Ortega y Gasset en perfecto español: "El tránsito a otro idioma no se puede ejecutar sin previo abandono de nuestra personalidad, y, por tanto, de nuestra vida auténtica. Para hablar una lengua extraña, lo primero que hace falta es volverse durante un rato más o menos imbécil: logrado esto puede uno verbalizar en todos los idiomas del mundo sin excesiva dificultad".
 
Ortega y Gasset.A continuación ofrece un dato esclarecedor relativo a destinos del alma que se entrelazan: los dos pueblos que menos facilidad tienen para aprender otras lenguas son el inglés y el español; "una breve meditación nos pone en la pista de por qué es así". Buen indicio el que nos proporciona el filósofo, mas ahora debemos de seguir el rastro que lleva a un hablante español cubano a mudarse a Inglaterra.
 
Cabrera Infante, quien asimismo tanto amaba la lengua castellana, sí fue capaz, sin embargo, de expresarse y verbalizar en distintas lenguas sin por ello perder la compostura ni corromper el semblante. Tras su salida del penal cubano, montado a lomos de un tigre tan apenado como él, instala su residencia en Londres. Ciudad gris y neblinosa, tan distinta de La Habana, de luz blanca y arenosa.
 
Siempre piensa, empero, que, a pesar del clima y la gastronomía, el espacio londinense le permite moverse con libertad, comprar toda clase de libros, ver películas en versión original, practicar la liberalidad y poder pasearse por sus calles con terno blanco de lino y un cigarro habano entre los dedos. Puro humor caribeño afincado en los dominios intelectuales de la ironía y la paradoja. Al más genuino estilo Chesterton.
 
Nuestro hoy difunto escritor innova y conserva, inventa y recuerda, crea y destruye, mientras no para de escribir. Las palabras en sus manos se convierten en maravillas y artículos de magia. Artista del retruécano, se divierte conjugándolas, pero, en rigor, no juega con ellas. Es del parecer de Sir Walter Raleigh: "Quizá los mejores juegos de palabras ya se han hecho; tenemos que reconciliarnos lo mejor que podamos con el lugar común invertido, la paradoja, y la consonante inicial cambiada de lugar".
 
Nuestro diablo de las lenguas liga términos dispares con gracia y maestría, y sabe elegir el adjetivo preciso con igual destreza y desparpajo en inglés y en español. Aunque, ciertamente, en español siempre mejora los resultados. En 1985 este impenitente fumador de cigarros habanos –que le regalan: él no desea violar el embargo al régimen de Cuba– publica en inglés su colección de ensayos Holly Smoke. Notable título. En 2000, no obstante, llega a las librerías la versión española. Titula el libro Puro humo. ¿Puede optimizarse todavía más el genio y el ingenio?
 
Nuestro admirado y querido escritor impasible, de rostro sereno y permanentemente serio, conserva hasta el último momento un inteligente sentido de la inventiva y la agudeza, un vigor a la altura de la elevada alegría existencial de hombre bajito, quien a su pesar atravesó una vez el túnel de la depresión. Pero este superviviente de Cuba sabe salir indemne del trance. También esta vez.
 
Edward G. Robinson.Amante del cine americano, del cine por excelencia, intima con las movie stars, imita a sus héroes del celuloide. Suspirando por parecerse a sus actores favoritos, G. Cabrera Infante se mete en el papel de Edward G. Robinson. Lo tiene así más fácil que duplicar a Clark Gable. En Cuba las salas de cine han cerrado por defunción de doña Libertad. Y él necesita una ración diaria de películas, la arcadia de todas las noches. Tiene que elegir. Londres o La Habana. Mostaza o mordaza. Cine o sordina. Caín y Babel.
 
No, no es grato escribir sobre un Infante difunto lejos de La Habana tropical. Tampoco cabe contemplar circunstancia más melancólica en la vida que el morir en el exilio, lejos de la isla desde la que se parte para existir libre y dignamente y a la que uno sólo podrá volver dentro de un cofre que contiene sus cenizas. Pongamos que a La Habana, Cuba, esa isla que hoy todavía es la metáfora de la isla de la muerte. A La Habana volverá pronto GCI. La aspiración sigue viva, pero no hay que apresurarse en nada. Como dijo Lord Palmerston en sus últimas palabras: "¿Morir, querido doctor? Eso es lo último que haré". GCI es hombre de palabra y no la traiciona.
 
Guillermo Cabrera Infante renueva, en efecto, la firme decisión de no volver a Cuba mientras Fidel Castro, su enemigo mortal, continúe al mando de la comandancia y mantenga aprisionado dentro de su puño de hierro y fuego a la población. Puesto a salvo de la ruina y a cubierto bajo el cielo nublado de Londres, nunca se olvida de quienes un día dejó atrás ni de lo que quedó allá. He aquí, pues, un hombre que cumple sus promesas y se deja la vida en el empeño. He aquí un hombre rigurosamente comprometido.
 
¿Quién lo duda? Pues, los de siempre. Quienes confiesan no leer a un autor frívolo y ligero, innovador de la prosa pero políticamente "contrarrevolucionario" por enfrentarse de verdad a Fidel Castro. No de boquilla ni según las circunstancias ni depende la emisora de radio o periódico que le entreviste, el foro que le escuche o quien pague. Sino de veras y con todas las consecuencias.
 
Su muerte ha sido silenciada en Cuba, donde todavía hoy, bajo la tiranía y la miseria reinantes, muchos cubanos deben buscar sus libros como objetos sospechosos y prohibidos, como productos de estraperlo, de blackmarket. Cuando tienen la posibilidad de adquirirlos, no pocos se ven en la necesidad de elegir entre libro de Cabrera Infante o sardina de Isabel.
 
En España, el Ministerio de Cultura que conduce la comandante Calvo no hace pública ninguna nota oficial sobre la muerte de un resistente –éste sí– cubano, fallecido en el exilio londinense. Escritores progresistas en lucha contra la libertad confiesan no haberle leído jamás. O simplemente lamentan su muerte, tanto como que haya tenido, dicen en pasado, un corazón reaccionario y poco comprometido con la Revolución. Estos caballeros negros jamás entenderán ni sentirán el latir a ritmo de chachachá o de bolero de un hombre con el corazón tan blanco como sus trajes de puro lino.

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