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LOS ORíGENES DE LA GUERRA CIVIL ESPAñOLA

Capítulo VIII: Los comunistas entran en la historia de España (II)

Libertad Digital sigue publicando esta semana el libro "Los orígenes de la guerra civil", tomo II: "El derrumbe de la República y del Frente Popular", de Pío Moa. El autor analiza la estrategia comunista en España. En esta ocasión ofrecemos la segunda de las tres partes en que se divide el capítulo octavo.

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No se entenderá la política del PCE sin referirse a Stalin, su faro orientador. Por entonces la estrategia soviética emprendía un giro que iba a repercutir en la historia del mundo y, desde luego, en la de España. Ya en enero de 1934, en el XVII Congreso del PC de la URSS, Stalin remarcó que "en los países capitalistas se realizan preparativos febriles para una nueva guerra con vistas a un nuevo reparto del mundo y de las esferas de influencia". Las grandes potencias anhelaban destruir a la URSS, pero al tiempo peleaban entre sí, por "contradicciones interimperialistas". Esas "contradicciones", quedaba implícito, debían ser explotadas de modo que la guerra, juzgada inevitable, se desviase de las fronteras soviéticas y estallase entre países burgueses.

El mayor peligro para Moscú provenía de los nazis, dueños de Alemania desde principios de 1933, y que habían arrasado a los antes potentísimos partidos socialdemócrata y comunista. Un eje de la política nazi, trazado por Hitler en su libro programático Mi lucha, consistía en destruir la URSS y abrir sus vastos espacios a la expansión germana. Stalin ponderó ante el congreso los esfuerzos soviéticos por firmar acuerdos de no agresión con los países vecinos y otros más alejados, como Francia, con vistas a cercar a Alemania. Pero también sentó un principio: "Está muy lejos de entusiasmarnos el régimen fascista de Alemania. Pero no se trata aquí del fascismo, por la sencilla razón de que el fascismo en Italia, por ejemplo, no ha impedido a la URSS establecer las mejores relaciones con dicho país". Por tanto, la política de cerco a Hitler no excluía un eventual acuerdo con él, incluso un vuelco en los pactos, pues no podían establecerse lazos firmes con los países burgueses: "No hemos tenido una orientación hacia Alemania, como tampoco tenemos una orientación hacia Francia. Nos hemos orientado antes y nos orientamos ahora hacia la URSS, y solamente hacia la URSS". Este juego con las "contradicciones" del enemigo marcaría los años siguientes.

Pero de momento Stalin hostigaba a Hitler con aparente ferocidad. También Francia, inquieta por el nazismo, procuró un acercamiento a la URSS, que tomó cuerpo en mayo de 1934. A finales de ese mes, un artículo en el órgano del partido soviético Pravda animaba -en realidad ordenaba- el acuerdo de los comunistas con los socialistas en Francia: era el inicio de la política de "frentes populares"*, que debía aglutinar en cada nación todas las fuerzas posibles contra el fascismo y el nazismo. En septiembre, la URSS entraba en la Sociedad de Naciones, antes sañudamente denostada (1).

* El nombre de "Frente Popular" parece haber sido inventado por Eugen Fried, enviado de la Comintern en Francia. En España, Vidarte se atribuye la expresión (2)

El viraje fue ciertamente radical. Antes, los comunistas practicaban una política de "clase contra clase", es decir, ataque general a la burguesía y a los partidos socialdemócratas, lacayos del fascismo. Ahora, éstos se convertían en aliados. Desde un punto de vista dialéctico, el cambio tenía sentido. La socialdemocracia y los partidos pequeñoburgueses, si bien propensos a colaborar con el fascismo, sufrían también la amenaza de éste, de ahí que pudieran actuar como "socialfascistas" o lo contrario, según las circunstancias. ¿Y qué circunstancia aconsejaba en 1934 suavizar el ataque general a la burguesía y la socialdemocracia, para centrar la lucha contra un solo sector enemigo, el sector fascista? El afianzamiento del poder nazi, obviamente.

La política de frentes populares, ingrediente clave en la nueva línea soviética, se afianzó a lo largo de 1935 en toda Europa, y especialmente en Francia y España, donde, tras la catástrofe alemana, tenían los comunistas mayores perspectivas. Siempre hubo algo oscuro en esta estrategia soviética, que culminaría en un viraje tan increíble para casi todo el mundo como el Pacto Germano-Soviético de agosto de 1939. Según W. Krivitski, desertor de su alto cargo en el espionaje soviético, ya en julio del 34 pensaba Stalin concertarse con Hitler, y a ese fin obedecía su aparente hostigamiento contra éste. La búsqueda de alianzas antinazis perseguiría en realidad forzar a los nazis a un acuerdo. La versión de Krivitski suena un tanto retorcida, y su testimonio fue vilipendiado por políticos e historiadores de izquierda. Sin embargo, tiene sustancia: él expuso sus asombrosas revelaciones meses antes del citado pacto entre nazis y soviéticos, que las confirmó en buena medida. Por lo demás, cuadra con la dialéctica de Stalin. Era típico de él no adoptar orientaciones exclusivas, sino abiertas a varias salidas. Si, ante el peligro de cerco, Alemania accedía al pacto, tanto mejor; en otro caso proseguiría la alianza contra ella, con lo que nada se perdía. De igual modo, los frentes populares debían empujar a los gobiernos burgueses a activas posturas antinazis, agravando las contradicciones interimperialistas, y al mismo tiempo estaban claramente diseñados para crear condiciones revolucionarias en cada país. Su empleo final dependería, una vez más, de las circunstancias. Eso habría de verse en España al recomenzar la guerra en 1936 (3).




La línea de frentes populares, lentamente elaborada en el Kremlin, tomó forma definitiva a finales de julio de 1935, en el VII Congreso de la Comintern reunido en la Casa de los Sindicatos de Moscú, antiguo club de la nobleza zarista. El tema central consistió en la lucha antifascista, porque "en condiciones de crisis económica extraordinariamente profunda, de agravación notable de la crisis general del capitalismo, de revolucionarización de las masas trabajadoras, el fascismo ha pasado a una amplia ofensiva".

El documento clave del Congreso fue el informe del búlgaro Georgi Dimítrof, a quien los hitlerianos habían culpado del incendio del Reichstag, que dio la señal para la caza contra los comunistas alemanes. El proceso de Leipzig contra el búlgaro y sus compañeros había originado una contienda propagandística mundial, coordinada por Münzenberg en el bando comunista, y perdida por los nazis, a pesar de su destreza en las artes de la demagogia. Extrañamente, los acusados habían sido puestos en libertad y Dimítrof se había convertido en el líder más carismático de la Comintern.

El congreso abordó la definición teórica del fascismo, al cual no acababan de encajar los teóricos marxistas en su habituales "análisis de clase". Para unos era un movimiento nacionalista y pequeño burgués, y había quienes lo situaban por encima de la lucha entre burguesía y proletariado. Dimítrof lo conceptuó como "la dictadura terrorista de los elementos más reaccionarios, más nacionalistas, más imperialistas, del capital financiero". Su auge obedecía a que los poderes imperialistas "se esfuerzan por adelantarse al ascenso de las fuerzas de la revolución por medio del aplastamiento del movimiento revolucionario (…) y de la agresión militar contra la Unión soviética, baluarte del proletariado mundial. A causa de esto necesitan el fascismo". No obstante, el término "fascista" sería empleado, según conviniera, en sentido restringido o en otro tan amplio que abarcaba a cuantos criticasen al comunismo.

El fascismo no expresaría fuerza, sino flaqueza. Citando a Stalin, Dimítrof explicó: "Hay que considerar la victoria del fascismo en Alemania no sólo como un signo de debilidad de la clase obrera y como el resultado de las traiciones perpetradas contra ésta por la socialdemocracia (…). Hay que considerarlo también como signo de debilidad de la burguesía (…) que ya no es capaz de ejercer su dominación por los viejos métodos del parlamentarismo y de la democracia burguesa, lo cual la obliga a recurrir (…) a los métodos terroristas". En suma, el fascismo manifestaba la crisis, probablemente terminal, del poder burgués, su última y desesperada reacción: "el fascismo sube al poder como el partido de choque contra el movimiento revolucionario del proletariado", y por ello mismo constituía "un poder feroz, pero precario".

Al representar el fascismo sólo a una ínfima oligarquía financiera, chocaba con la mayoría de la población, incluidos sectores burgueses, y por tanto permitía una vasta alianza en su contra: "Una tarea particularmente importante es crear un amplio frente popular antifascista sobre la base del frente único proletario. El éxito de toda la lucha del proletariado está estrechamente ligado al establecimiento de una alianza de combate con el campesinado y la masa fundamental de la pequeña burguesía urbana". El proletariado debía estimular las reivindicaciones de esas capas y combinarlas con las suyas propias. Ardua combinación, porque la misión del proletariado, según la teoría, consistía en borrar de la faz de la tierra a la burguesía, pequeña o grande. Sin embargo los marxistas confiaban en la incapacidad constitucional del pequeño burgués para ver más allá de un corto horizonte histórico, limitado por sus intereses inmediatos.

El fascismo, señalaba Dimítrof, "halaga demagógicamente las necesidades y aspiraciones más ardientes" de las masas y de ahí su atractivo entre ellas. Para contrarrestarlo, los comunistas debían "abordar de manera justa" a la pequeña burguesía y "terminar con la actitud despreciativa que se nota frecuentemente en nuestra práctica respecto a los diversos partidos y organizaciones pequeño burguesas". En los regímenes enemigos recomendaba "la táctica del caballo de Troya", infiltrándose en sus organizaciones de masas para movilizar con reivindicaciones inmediatas incluso a los fascistas de base: "lo importante es ponerlos en movimiento, pues aunque en los comienzos no se desarrolle francamente por consignas de lucha contra el fascismo, no por eso deja de ser un movimiento objetivamente antifascista". La infiltración no se aplicó solo, ni mucho menos, a tales organizaciones, sino también a las democráticas y entre los propios aliados.

Una plataforma política unitaria debería abrir camino a un gobierno de frente popular, encargado de dar plena libertad a la actividad comunista y aplastar por completo "a los magnates contrarrevolucionarios de las finanzas y sus agentes fascistas". No sería propiamente un gobierno soviético, pero en él los marxistas llevarían la voz cantante, creando las condiciones para el paso a un régimen realmente socialista. Un tal gobierno de frente sólo se concebía "en vísperas de la victoria de la revolución soviética".




Esta política iba a movilizar a buen número de demócratas. Su energía e iniciativa permitió a los comunistas crearse una imagen, inconcebible poco antes, de adalides de la democracia, y hasta repartir o negar a los demás títulos de demócrata, según aceptasen o no el antifascismo soviético. El éxito les acompañó en medida estupefaciente, considerando que, desde diciembre de 1934, la dictadura de Stalin se reforzaba a extremos nunca vistos. En dicho mes fue asesinado un dirigente bolchevique de Leningrado, Serguei Kírof, posiblemente por agentes de Stalin, quien atribuyó el atentado a sus adversarios en el partido. La provocación abrió las compuertas del "Gran Terror", con millones de personas asesinadas y deportadas al Gulag, entre ellas, irónicamente, una multitud de viejos bolcheviques. Pasma que miles de profesionales del intelecto, mentes ejercitadas en una punzante crítica social en los países democráticos, defendiesen a Stalin, sin ser ellos mismos comunistas. Stalin predijo: "lo tragarán todo", y acertó (4).


NOTAS

1.- F. Claudín, La crisis del movimiento comunista. De la Komintern al Kominform, París, Ruedo Ibérico, 1970, p. 137

2.- F. Furet, El pasado de una ilusión. Ensayo sobre la idea comunista en el siglo XX, Madrid, FCE, 1995, p. 255

3.- En V. Alba, El Partido Comunista en España, Barcelona, Planeta, 1979, p. 159

4.- En R. F. Koch, Double lives, Londres, HarperCollins, 1996, p. 134


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