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CRóNICAS COSMOPOLITAS

Cerrar y abrir puertas

El mapa de Europa es confuso, los proyectos de los diferentes jefes de estado y gobierno, contradictorios, los ciudadanos, muchas veces, piensan que el Parlamento europeo no sirve para nada y cuesta caro, que la Comisión, de manera autoritaria actúa ciegamente, prohibiendo las rebajas en las autopistas españolas (¡un colmo!) pero sin hacer nada contra epidemias como la de las “vacas locas”, se auto-aplauden por haber firmado los “acuerdos de Kyoto”, pero sin tomar la menor medida concreta, salvo en ciertos casos, la de imponer una ecotasa que sólo fastidia a los automovilistas, sin reducir para nada la polución —que un coche cueste más o menos caro, contamina lo mismo, mientras no se inventen nuevos motores. Estos son sólo algunos ejemplos sencillos, pero hay cosas infinitamente más graves: la impotencia de Europa ante las guerras en la ex Yugoslavia y, una vez más, sus llamadas de socorro a los USA, para mejor insultarles luego, por ejemplo. En donde se ha avanzado algo, con altibajos e incoherencias pero con resultados positivos, es en cuestiones económicas y financieras.

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Tres visiones oficiales —o sea gubernamentales—, sobre Europa se enfrentan. La que generalmente se califica de británica o anglosajona y, que resumiendo mucho, propones ampliar y reforzar la zona europea de libre mercado común antes de siquiera plantearse una integración política con sus propias instituciones jurídicas, militares, diplomáticas, etc. La alemana, que aboga por una marcha resuelta hacia la Europa federal, con mayor integración de cada país al conjunto europeo, y, por lo tanto, con abandono paulatino de la soberanía de cada país a favor de la casa común europea. Y la francesa, que defiende una “federación” de Estados-nación. Este término de Estado-nación, que en Francia, emplean tanto Jacques Delors, como Jacques Chirac o Liones Jospin, y que muchos repiten como loros, es muy significativo de la visión burocrática y estatal de la izquierda social-burocrática y de la derecha gaullista, y que prácticamente nadie pone en tela de juicio. Pues quiere decir muy precisamente que el Estado es propietario absoluto de la nación, en todas sus manifestaciones: económicas, laborales, educativas, militares, diplomáticas, culturales y familiares, y hasta la vida privada, que pretenden regentar.

Este totalitarismo blanco y fofo hace que para existir como tal, la sociedad civil esté en perpetua pugna contra el Estado, como en todas partes desde luego, pero más que en todas partes. Está muy a la moda criticar violentamente la “dictadura liberal” y el ultra y neo liberalismo, pero resulta que una verdadera democracia liberal no existente en ningún país. Es su visión burocrática del mundo que los franceses quieren imponer en Europa. “La excepción cultural francesa”, que es una evidencia, como la española o la italiana, pongamos, se resume para ellos en el control estatal de la cultura.

Pero al margen de las grandes construcciones ampulosas propuestas por pequeños estadísticas, de lo que se trata, en realidad, es de saber si la Europa en construcción va a crear un espacio de libertad, sin barreras, ni fronteras, entre sus ciudadanos, abierta al futuro y al mundo entero, o si se va a construir un archipiélago de baronías, fuertemente protegidas tras simbólicas y excluyentes barricadas, vueltas al pasado y queriendo repetir una historia que jamás ha existido. Tercera hipótesis, y es la que más claramente se vislumbra en los discursos oficiales y hasta en medidas concretas, es la creación de un super-estado burocrático con ínfulas de gran potencia y ambiciones imperiales, y que en infinidad de casos se define como adversaria resuelta de EE.UU. Se haría Europa, esencialmente, para aplastar a los USA, pues que no cuenten con nosotros. Una Europa liberal, abierta, en el sentido popperiano, perfectamente capaz de defenderse, eso sí, pero sin los sueños de conquista que rezuman por doquier, y que tiene en su propia casa dos enemigos evidentes: los partidarios de esa superpotencia, que in fine, sería también militar y no sólo económica, y los partidarios de las “regiones”. Haider en Austria, la Liga Norte en Italia, los ultra-nacionalistas flamencos, corsos, bretones, etc. Si los unos critican la idea misma de Europa y los otros la utilizan para mejor destruirla, todos tienen como proyecto de futuro la vuelta a un Edad Media imposible. ¿Destruir la nación para crear la “región”? ¡En qué mundo vivimos!. En esta parafernalia europea muchos afirman, y además como criterio progresista, que la Europa venidera será la “Europa de las regiones” y es aquí donde los sueños de la razón producen monstruos.

Tomemos el ejemplo de Francia, que, desgraciadamente podría ampliarse a Europa. Francia es el país más centralizado y estatal de Europa, y eso desde hace siglos. Este proceso comenzó antes incluso de la Revolución francesa de 1789, aunque esta lo profundizó, y desde 1945, con la alianza objetiva gaullisto-comunista, el fenómeno moderno de la burocratización cobró rasgos más férreos que en cualquier otro país de Europa occidental. Recientemente, ante las exigencias de la eficacia económica, de la lucha contra el paro, de la mundualización, también cara a Europa, cambiaron de rumbo. Privatización, aunque no lo suficiente, y ante la evidente necesidad de la descentralización, sobre la que discuten desde hace treinta años, están tomando medidas que les van a conducir a estrellarse contra el muro de la realidad. El nuevo estatuto de Córcega, del que ya he tenido ocasión de hablar, ignora soberbiamente el problema esencial: la presencia activa en la isla de una mafia político-gangsteril que asesina —y se asesina— y ejerce a gran escala, entre otras actividades folclóricas, el rackett del impuesto revolucionario. Las organizaciones ultra-nacionalistas corsas se reunían, no hace tanto, con ETA, la Brigadas Rojas, la RAF alemana y otros grupos en Cuba o Libia y otros países “progresistas” que ayudaban a la internacional terrorista. Jack Lang, ministro de Educación, acaba de integrar a la Educación Nacional las escuelas bretonas que enseñan exclusivamente en bretón, llamadas “Diwán” (este nombre debe recordar algo, que nada tiene que ver, a una revista, por ejemplo). Lo cual quiere decir que yo, español de nacimiento, de pasaporte y de corazón, por el mero hecho de residir y pagar mis impuestos en Francia voy a subvencionar, contra mi voluntad, la enseñanza del bretón en Bretaña cuando preferiría mil veces subvencionar la del español, el alemán, el inglés o cualquiera de las bellas y nobles lenguas europeas. Luego vendrá el turno del vasco, del provenzal, y lo que te rondaré morena, y esto, en un país en donde la enseñanza de su lengua nacional, que tanto se habló por Europa, está por los suelos.

Entendámonos: esa Europa abierta con la que yo sueño —y que a veces se convierte en pesadilla— no prohibirá nada: ni partidos, ni asociaciones, ni ideas, ni religiones, ni lenguas, ni delirios, salvo el crimen. Pero seamos sinceros, lo que la civilizaron y el progreso exigen es que todos lo europeos conozcan mucho mejor las lenguas, sus lenguas europeas curtidas por lo siglos, que se han impuesto por sus propios meritos, que han demostrado su vitalidad y su belleza.

En este debate sobre lo que debe ser Europa, bastante confuso, las cosas como son, he oído mil veces citar el ejemplo de España y sus autonomías, y me pongo a llorar. Porque si teóricamente, sobre el papel, la Constitución y sus estatutos de autonomía pueden y deben defenderse, la realidad es mucho más negra y uno se pregunta a qué juegan nuestros supuestos amigos cuando olvidan o fingen olvidar la sangre y el terror cotidiano en el País Vasco. Incluso si no pueden compararse la gravedad de las situaciones, las guerras lingüísticas que se desarrollan en Cataluña o Galicia no me parecen ser modelo de nada para nadie.

Frente a las diferentes propuestas gubernamentales sobre la construcción europea, y teniendo en cuenta el euro-escepticismo de tantos ciudadanos ¿cómo avanzar, por poco que sea, hacia una Europa abierta, liberal, democrática, que no prohíbe nada, pero propone futuro y progreso, que abre puertas y no las cierra, y cuya asignatura pendiente es la acogida en su seno lo más rápidamente posible, y pese a todos los problemas, siempre los hay, de esa parte esencial de Europa que se llamaba la “Europa del Este”? Pues es evidente que no hay otro método que el de la voluntad popular expresada mediante elecciones. ¿Quién va a decidir quién tiene razón entre las diferentes propuestas, federalistas o no, integración o no, soberanía nacional o no, si no son los propios europeos mediante su voto? Esto, todo el mundo lo acepta de boquilla, pero la realidad es muy diferente. El euro-escepticismo de tantos europeos se debe, desde luego, a que se trata de algo totalmente nuevo que asusta, pero también, o sobre todo, a que no tienen verdaderas cartas en el asunto. Un solo ejemplo: antes de decidir si la Comisión de Bruselas se va a convertir en Gobierno europeo, ¿no se podría comenzar por elegir democráticamente a sus miembros?
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