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ELECCIONES EUROPEAS

Ciudadanos de Cataluña, ja no hi som

Ana Nuño

El anuncio, la semana pasada, de la candidatura conjunta a las próximas elecciones europeas de Ciudadanos-Partido de la Ciudadanía, la plataforma antieuropeísta Libertas y media docena de grupúsculos regionales, la mayoría de ellos ultraconservadores y afectos al más casposo nacionalismo, significa el acta de defunción del partido catalán fundado en julio de 2006. Como formé parte del grupo que llamó a la formación de este partido, justo es que diga ahora en voz alta las dos o tres cosas que me inspira la noticia.

Conviene primero despejar la hojarasca, que no es poca. Que el cabeza de lista de esta candidatura mostrenca sea Miguel Durán, antaño conocido como Don Once por Ciento, es una anécdota grotesca, pero al fin y al cabo anécdota. Ni siquiera me parece revelador de nada que este mismo personaje haya militado en las filas de Unió Democràtica de Catalunya hasta un par de días antes de anunciarse su nueva muda de piel política. ¿Acaso el adánico Albert Rivera no ha reconocido que, antes de vestirse de ciudadano, quiso disfrazarse de popular? Tampoco el hecho de que dos de los tres diputados de Ciudadanos en el Parlamento de Cataluña se hayan enterado por la prensa de que este personaje los representará en los comicios europeos, lo que sin duda es revelador de los modos escasamente democráticos que imperan en los órganos rectores de este partido, pasa de ser una curiosidad, y ni siquiera con carácter excepcional: no es el primero ni será el último caso en que los representantes de una formación política sean los últimos en descubrir lo que traman sus compañeros. Sin ir más lejos, que le pregunten a Artur Mas cómo le sentó enterarse por terceros de que Ignasi Guardans había aceptado pasar de Bruselas a Madrit.
 
En realidad, el Partido de la Ciudadanía (ahora, en su versión localista, rebautizado Ciudadanos de España) es un cadáver insepulto desde hace tiempo. Al menos desde antes de su Segundo Congreso, que en junio de 2007 –es decir, menos de un año después de su fundación– se saldó con la primera purga en sus filas. Y con la adopción de un ideario de izquierdas (o centro-izquierda, que suena menos démodé), que fue su primer síntoma de rendición ante la ideología dominante en Cataluña. Que no se reduce al nacionalismo identitario catalán.

Intentaré explicar brevemente este punto, no sólo porque es la madre del cordero degollado y permite comprender la deriva de Ciudadanos al despeñadero por el que acaba de precipitarse, sino porque sólo él permite comprender en qué consiste la especificidad del nacionalismo a la catalana.
 
A diferencia del nacionalismo vasco, el catalán no deriva su fuerza del mito de unos orígenes raciales traicionados y desvirtuados por los maketos, sino de la reivindicación de su superioridad cultural. Mucho menos agresivo y criminal que el vasco, el nacionalismo catalán, salvo alguna excepción folclórica (como la que encarnó en el doctor Robert), no se ha buscado coartadas en la biología o la etnología, y las ha derivado todas de una historia debidamente tuneada, en la que el sitial de honor lo ocupa la lengua. Toda su agresividad, a los nacionalistas catalanes se les va por la boca, y de la manera más atrozmente literal: dime qué lengua hablas y te diré si te acepto como miembro de la tribu.

Como esto es así, quienes, siendo catalanes de nacimiento o por residencia, adopción o azar, no pensamos que sea necesaria la argamasa identitaria para cimentar el ejercicio de la ciudadanía hemos rechazado, más o menos activamente, la imparable progresión del tuneo identitario de la sociedad en la que vivimos, primero con los gobiernos de CiU y desde 2003 con los engendros tripartitos de izquierdas. Ejemplos son lo que sobra, de la inmersión lingüística en las escuelas a las multas a comerciantes por no rotular en catalán. En estas prácticas discriminatorias y la repulsa que inspiran a cualquier demócrata se halló el origen de Ciutadans-Partido de la Ciudadanía.

Pero en Cataluña impera no sólo la forma de nacionalismo someramente descrita. Si fuera sólo eso, si todo se limitara a medio centenar de políticos profesionales intentando vivir del cuento de la lengua en salmuera, hace tiempo que la mayoría de los catalanes, que además de bilingües aspiran a vivir y dejar vivir en paz, los habrían enviado a casa. Pero resulta, por razones que es imposible resumir en este espacio, que lo que también singulariza al nacionalismo catalán es su probada capacidad para envolverse en el manto del progresismo.

Es dogma intangible que ser de izquierdas y catalán es también ser, como poco, catalanista, que es algo así como la versión descafeinada del nacionalismo catalán antiespañolista, o la versión de diseño de las camisas y corbatas negras de los independentistas de ERC. A contrario, un buen ejemplo de hasta qué punto el nacionalista catalán no puede concebir que en Cataluña pueda existir una derecha autóctona es el último ensayo de Joan B. Culla, La derecha española en Cataluña. Típicamente, para este historiador, desde la Transición hasta la fecha, la derecha en Cataluña es única y exclusivamente española. Es decir, extranjera, ajena a las tradiciones políticas locales.

Retomo el caso de Ciudadanos. A pesar de haber logrado la hazaña de convertirse en el primer partido político no nacionalista fundado en Cataluña desde 1978 capaz de obtener representación en el Parlamento local, Ciudadanos comenzó a perder el norte, casi desde su creación, no por falta de celo en la denuncia del nacionalismo catalán, sino por obcecarse en el cultivo de la mencionada forma de ceguera ideológica que aqueja a la sociedad catalana. El partido, su dirigencia y sus militantes, se ha enzarzado en absurdas luchas intestinas por un quítame ahí esas derechas y ponme aquí más a la izquierda, a ver si salgo con mi mejor perfil en la foto. La obsesión con nombrarse, parecer, fingir o ser, qué más da, de izquierdas semidura, blanda o pensionista se saldó, primero, con la espantá de la mayoría de los intelectuales que impulsaron el partido, después, tras el II Congreso, con la pérdida de una tercera parte de su militancia, y, elección tras elección, desde las Autonómicas de noviembre de 2006 hasta las Generales de marzo de 2008, con una sangría de votos, que han pasado, en Cataluña y en año y medio, de 89.567 a 27.408.

Tan ocupados han estado los dirigentes del partido y no pocos de sus militantes con definirse más o menos a la izquierda, que ni siquiera (con la notable excepción de Antonio Robles) comprendieron lo que representaba la aparición de UPyD, el partido de Rosa Díez. Un partido éste tan desacomplejado como Ciudadanos a la hora de denunciar el antidemocrático nacionalismo pero todo lo audaz que Ciudadanos no se atrevió jamás a ser a la hora de señalar las causas de los nacionalismos locales y proponer recetas para superarlos en toda España. Claro que, para jugar en este terreno, Ciudadanos hubiese debido desembarazarse primero de sus complejos de inferioridad políticamente correctos, tan típicamente catalanes, y hacer caso omiso de las etiquetas políticas prefabricadas.

Etiqueta por etiqueta, Ciudadanos ha acabado aceptando ser un partido que, consciente de que difícilmente reeditará la hazaña de ser reelegido al Parlamento de Cataluña, se pone la que más a mano le pille. Por una de esas terribles ironías, la dirigencia, tan obsesionada con su pureza de sangre izquierdista, ha trocado la etiqueta fetén de la respetabilidad política catalana por la del más rancio de los nacionalismos: el antieuropeo. Sin duda, esta pirueta le costará muchos de los pocos votos que le quedaban.

Es una lección a meditar: para superar el nacionalismo, en Cataluña no basta con oponerse a las políticas discriminatorias de la Generalitat. Hay que hacerlo atacando de raíz el mito político del que se nutre el nacionalismo catalán, y que lo ha hecho, hasta la fecha, invencible.

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