Ideas
Noticias y opinión en la red
EDUCACIÓN

Códigos familiares

Como bien explica Alicia Delibes en La gran estafa, la escuela española no ha conocido en los últimos 40 años más orientación que la procedente de la izquierda.

Publicidad
Desde la Ley de Villar Palasí –que recogía la reforma pedagógica del Partido Laborista de Gran Bretaña en los años 60–, todas las siglas que conocemos en España (LODE, Logse, LOE) no son más que profundizaciones en el mismo planteamiento, con el mantenimiento a capa y espada de dos dogmas que han acreditado sobradamente su fracaso (véanse los informes PISA): la comprensividad (dogma organizativo) y el constructivismo (dogma pedagógico).

Escuela comprensiva o unificada significa que todos los alumnos deben estudiar exactamente lo mismo y en el mismo tipo de centros hasta pasada la adolescencia; la obsesión por que todos aprendan lo mismo lleva necesariamente a restar importancia tanto a los contenidos del currículo –y, entonces, a rebajarlos– como a la formación académica de los profesores; y a despreciar valores imprescindibles para el aprendizaje como el mérito, la exigencia y el esfuerzo.

El constructivismo, por su parte, se presenta como la verdad científica, pedagógicamente hablando, y ha servido para deslegitimar otras formas de intervención educativa. Presupone que el alumno no aprende bien estudiando libros y escuchando al profesor, porque es incapaz de aprender algo que viene de fuera: todo aprendizaje tendría que basarse en el propio alumno y en sus intereses. De esta posición se ha extraído la idea de que el aprendizaje debe ser lúdico y los profesores no tienen que enseñar, sino sólo ser meros facilitadores de ese auto-aprendizaje.

Para el modelo constructivista, cualquier conocimiento previo sería incluso un obstáculo para el aprendizaje. Niega incluso que el educador esté capacitado para transmitir conocimientos, pues éstos responderían a su propia y personal visión del mundo. Para los pedagogos constructivistas, el buen educador debe despojarse de sus "prejuicios culturales", de su propia concepción del mundo. Su misión no sería, pues, transmitir el legado cultural, instruir al niño, sino sólo acompañarle en su descubrimiento del mundo, permanecer silencioso a su lado, observando cómo construye su propia percepción de lo que le rodea. Es la clásica figura del gouverneur de Rousseau. Y así, no es casual que el real decreto que regula la ESO diga: "Es preciso desarrollar procedimientos y estrategias que ayuden a los alumnos a construirse [ellos mismos, ellos solos] una conciencia moral".

Lo grave es que estas mismas ideas se han trasladado a las familias, de modo que muchos padres piensan que deben ser, no padres, sino amigos de sus hijos. Esto es lo que más ha contribuido a socavar el papel educador de las familias.

La combinación de pedagogía constructivista y escuela comprensiva es lo que ha provocado la grave crisis en la enseñanza. Esta pérdida total de identidad de la escuela apenas preocupa. En palabras de Revel,
la decadencia que viene sufriendo la enseñanza desde hace 30 años es consecuencia de una opción deliberada, según la cual la escuela no debe tener por función transmitir conocimientos.
Parafraseando al francés, podríamos decir:
La decadencia que viene sufriendo la familia es consecuencia de una opción deliberada, según la cual los padres no deben tener por función educar a los hijos.
Uno de los grandes vendedores de Educación para la Ciudadanía, J. A. Marina, recoge esta tesis en su conocida frase de que no son los padres quienes tienen el derecho de educar a sus hijos según sus propias convicciones –como afirma la Constitución y todos los tratados y convenios firmados por el Estado español–, sino que el derecho sería de los hijos a ser bien educados. Y para eso estaría el padrecito Estado, que supliría a tanto padre incompetente. Evocando a C. S. Lewis , "el innovador de valores" es quien se concede la autoridad para seleccionar y decidir qué y cómo se enseña a los hijos de los demás.

¿Y por qué la familia ha abdicado de su papel como educadora? Porque ha olvidado que el ser padres no es sino la relación que nos constituye. La familia es el lugar donde se transmite y se hace posible para cada uno de sus miembros el desarrollo de la propia existencia en todos los niveles, desde el biológico al cultural; en ella las relaciones son condición para nuestro desarrollo pleno, lo cual permite que cada uno exista, crezca, viva, aprenda quién es, aprenda a expresarse, aprenda sus propias tareas en la vida, su propia madurez.

La familia, por su propia naturaleza, crece con sus miembros, y crece o debe crecer en todos los niveles. Existe el peligro de que sólo se produzca el crecimiento en el nivel biológico, y que otros cometidos sean delegados a otras instancias: la guardería, el colegio, el grupo de amigos, la TV... Entonces, en todos esos niveles, esos pedazos de nuestros hijos han crecido fuera de la relación con nosotros, y ya no somos capaces de tener una autoridad sobre ellos; no sabemos conseguir que nos escuchen.

En la sociedad hay actualmente una presión para eliminar las diferencias y dar más importancia a las sintonías; pero eso provoca la eliminación de una parte de la realidad. Esto está causando el abandono de lo que Maioli llama "el código paterno". Hablamos de código paterno y código materno porque existen dos partes de la realidad, de las que simbólicamente son portadores el padre y la madre. El hijo que crece necesita cruzarse con ambos aspectos para madurar.

La parte de nosotros que pertenece al código materno es el llevar. Llevar significa muchas cosas: la capacidad de consolar, acoger y comprender, de estar al lado, de leer las necesidades del hijo, de conmoverse. Todas estas capacidades también las tiene el hombre, pero, simbólicamente, se trata más de una característica de la madre. Pedagógicamente, decimos que el código materno es una educación de los sentimientos. La madre enseña al niño la realidad de las emociones, de los sentimientos, de los dolores de la vida, para que pueda vivirlos y expresarlos.

El código paterno es mucho más complejo, y en ciertos aspectos más esencial. Su horizonte fundamental es el de la pertenencia. De tal forma se ve en el ámbito civil, que desde tiempo inmemorial el nombre de la familia es el del padre. No es una convención banal, sino que tiene que ver con el sentimiento de pertenencia y unión. El padre es también la ley. Esto no significa autoritarismo, reglas férreas, sino más bien la idea de que el padre posee el significado de la realidad y regula la vida del hijo en función de ello, poniendo unos límites. El padre es la regla porque tiene la posesión de la realidad, y la tiene porque está en el origen, y por eso marca los pasos.

Otro aspecto ligado al código paterno es el sentimiento de la finalidad: al unir éste al origen, permite realizarse al hijo, porque siempre se tiene necesidad de que exista unidad entre el origen y el destino. En cierto modo, buscamos lo que ya hemos conocido, y siempre tenemos necesidad de que al final de nuestra vida haya una unidad con el origen. Siendo el padre el origen y el fin, el código paterno es crucial para el desarrollo del hijo. El padre es quien debe entregar el mundo al hijo, enseñarle y entregarle la realidad. Esto es lo que da al hijo seguridad.

Podríamos decir que mientras la madre introduce biológicamente al hijo en la vida, el padre lo introduce en la realidad. El niño crece dentro de estas dos grandes corrientes: la personal, confiada al código materno, y la de la propia finalidad, la del significado de uno mismo, confiada al código paterno. De forma espontánea, el niño confía al padre la regla y a la madre los aspectos de la necesidad. Ambos aspectos son necesarios para poder vivir.

En los últimos 40 años la cultura dominante –influida por el feminismo radical– ha intentado minar todo esto en nombre de la nada, exaltando precisamente la no pertenencia, la autonomía y el origen individual de cada uno.

En la sociedad actual parece que se confía a la familia solamente el código materno, mientras que el paterno ha sido usurpado por instancias ajenas a la comunidad familiar. La familia se está convirtiendo únicamente en el lugar del sentimiento, de los cuidados, de las necesidades; ha perdido todo aquel plus ligado al código paterno. Es curioso comprobar cómo múltiples instancias asumen el rol ligado a este código: medios de comunicación, juegos de consola, ídolos musicales, chats, etc. Y, naturalmente, los supuestos expertos que conforman la llamada comunidad educativa, desde el Gobierno de turno y sus ideólogos hasta el último de los sindicatos de profesores o estudiantes. Todos se proponen como padres, es decir, se arrogan el derecho de decir a los chicos cómo deben ser. Es como si la sociedad y el Estado dijesen: "Tú, querido padre, piensa en sacar adelante a tu hijo; de todo lo demás nos encargamos nosotros".

Lo grave es que el padre parece el primero en asumir que no tiene derecho a decir algo a su hijo: teme traumatizarlo, o no ganarse su confianza. Así, dentro de la familia se ha perdido el sentido de la finalidad: parece que cada uno puede hacer lo que quiera y como quiera; uno ya no tiene que responder ante otro.

En palabras de Benedicto XVI,
cuando en una sociedad y en una cultura marcadas por un relativismo invasor y a menudo agresivo parecen faltar las certezas fundamentales, los valores y las esperanzas que dan sentido a la vida, se difunde fácilmente, tanto entre los padres como entre los maestros, la tentación de renunciar a su tarea y, antes incluso, el riesgo de no comprender ya cuál es su papel y su misión.
¿Por qué se da hoy esta tendencia dentro de la familia a eliminar el código paterno? Las causas se remontan a la convulsión cultural del 68. Tan brutal fue la extirpación, que el psiquiatra social y profesor de la Universidad de París Tony Anatrella habla de "la diferencia prohibida".

Dice Anatrella: "Padre escamoteado, familia desestabilizada". En efecto, en la sociedad falta una figura paterna que ejerza de tal y se oponga a lo que representa la materna. Es ésta una ausencia dramática, porque es en la oposición padre-madre donde el niño descubre nociones básicas, las de autoridad, feminidad, masculinidad y diferencia, y se descubre a sí mismo. La desestabilización familiar, impulsada por políticas militantemente antifamiliares que promueven distintas formas o modelos de familia, provoca en el niño inestabilidad e inmadurez, y que éste, cuando sea adulto, se muestre incapaz de actuar como tal.

El 68 marca el apogeo de la desestabilización del concepto de autoridad, con la consiguiente destrucción del padre. Lo que aquellos revoltosos no podían imaginar es que, eliminando al padre, eliminaban el crucial vínculo de pertenencia. Como resultado, hoy día tenemos una familia infantilizada, donde se exaltan las necesidades individuales, la negociación recíproca y la consideración del otro como instrumento de respuesta a la propia necesidad. De este modo, desaparece la familia.

Mayo del 68 pretendió acabar con unos mitos, pero los sustituyó por otros. Como dice Anatrella, el niño ha pasado a ser un referente social. Se le trata como un adulto, y el adulto busca cada vez más comportarse como un niño. La sociedad actual, por querer ser totalmente igualitaria, está indiferenciando al niño del adulto, y así, al sumir al niño precozmente en el mundo adulto, provoca permisividad y desentendimiento. Ciertas formas suicidas de entender la familia y la educación acaban produciendo verdaderas patologías sociales e individuales, como las subyacentes en la violencia escolar o familiar, o las agresiones sexuales por parte de jóvenes que cada vez lo son más. Lo que refleja esto, dramáticamente, es que los niños, educativamente hablando, están solos.

Hoy día, la mayoría de los padres eligen hacer de padres, no serlo. Se ha enfatizado tanto el cuidado biológico, que se ha terminado por identificar el ser padres con este aspecto. Esto se ve, por ejemplo, en los anuncios de productos para niños: cuando hacen publicidad de alimentos, siempre hay un padre o una madre; en cambio, en los demás –juguetes, ropa, mochilas, juegos de ordenador – no suele haber figuras paternas, sino que el anunciante se dirige directamente al niño o al adolescente.

Otro resultado perverso derivado de asumir preponderantemente el nivel biológico como tarea educativa es el concebirse al servicio del hijo. No es exagerado decir que hoy estamos inmersos en un auténtico filiarcado. Esto desplaza y deforma la naturaleza de la relación familiar, porque los padres se convierten en meros instrumentos del bienestar del hijo: el padre identifica la propia paternidad con el servicio a las necesidades del hijo, y éste acaba siendo quien determina lo que hay que decidir, se vuelve dueño de la familia.

Esta dinámica genera en los padres otro error: creen que deben utilizar los instrumentos propios del educador escolar –la palabra, los discursos racionales– y abandonan el propio e intransferible de los padres: el propio ejemplo vital, su comportamiento.

Al final, muchas veces los padres se sienten desasistidos ante el poder de las influencias escolares y extraescolares, que inculcan principios y actitudes contrarios a sus propias convicciones. En el ensayo "Spain is different"–que compara el currículo de Educación para la Ciudadanía en los diversos países europeos–, un dato de gran interés es que en dichos programas hay siempre un apartado dedicado a la participación paterna. Los modos y niveles en que se concreta esta participación son muy variados, pero se puede concluir que los padres, en los sistemas escolares del resto de Europa, cuentan bastante. A la vez, se deduce que los padres del resto de Europa verdaderamente se involucran en el gobierno y la marcha de las escuelas, así como en el diseño y puesta en práctica del sistema escolar. Esto no puede ser obviado: si se quiere exigir, hay que involucrarse más. Los padres tienen que hacerse presentes en la escuela y denunciar todo aquello que en ese les está quitando su papel como educadores primordiales de sus hijos. No deben ser meros receptores pasivos de las acciones o proyectos que proponen otros y que cristalizan en una línea y unos valores que no desean para sus hijos.

Redescubrir y revalorizar el papel educativo de las familias ad intra es la clave para reconducir el curso de las cosas en la escuela, lo que a su vez redundará en una mejora de la tarea educativa de las familias. Hay que recuperar los valores ligados al código paterno, para que la familia no se deje usurpar su insustituible papel.

En el proceso educativo subyace siempre un significado global de la realidad. El encuentro con alguien que sea para el niño portador de lo que Giussani llamaba "hipótesis explicativa de la realidad" es algo que no se puede evitar. Y el primer lugar donde eso sucede es la familia. Esa hipótesis inicial es la visión del mundo que tienen los padres. No puede existir cuidado del hijo y preocupación por su formación más que dentro de una visión –aunque sea vaga y confusa– del sentido del mundo. Por tanto, para poder transmitirla y recuperar el timón de la educación hay que formarse más.

Podemos afirmar que hay un clima generalizado, una mentalidad y una forma de cultura que llevan a dudar del valor de la persona, del significado mismo de la verdad y del bien; en definitiva, de la bondad de la vida. En la raíz de la crisis de la educación hay una crisis de confianza en la vida. No ofrecer a los hijos las certezas sobre las que asentamos nuestra cosmovisión por un mal entendido concepto de respeto por su libertad es hurtarles lo más importante. De nada servirá haberles dado la vida si no les ayudamos a reconocer su sentido por entero. Tenemos que decir a los hijos que la vida y el mundo tienen sentido, y que éste sólo se alcanza con esfuerzo. Asimismo, recuperar en el interior de las familias los valores ligados al esfuerzo y la responsabilidad permitirá a los jóvenes recuperar la confianza en la vida y su futuro.

Lo más popular