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ENIGMAS DE LA HISTORIA

¿Cómo fue capturado Cara cortada?

De escasa estatura, obeso y feo, su cara estaba deformada por un profundo corte de navaja. Durante años provocó la envidia, la devoción y el terror mientras recorría las calles de Chicago con un Cadillac que pesaba siete toneladas y tenía un blindaje a prueba de balas. Le llamaban Scarface o Cara cortada pero su verdadero nombre era Alfonso Capone. Sin embargo, a pesar de su inmenso poder corruptor que ejercía sobre la judicatura, la clase política y los medios de comunicación, acabó siendo atrapado por el largo brazo de la ley.

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Nació hace ciento un años en Nápoles, Italia y su familia le impuso en el bautismo el nombre de Alfonso. Siendo un niño, sus parientes emigraron a Estados Unidos y se establecieron, como tantos otros compatriotas, en Brooklyn, Nueva York. Seguramente, habrían deseado que se convirtiera en un hombre de provecho pero Alfonso -al que ya denominaban Al- dejó pronto la escuela y se integró en la Mano negra, una de las bandas de delincuentes juveniles que había en Brooklyn. Fue en esa época cuando un tal Galluch, otro de aquellos adolescentes violentos, le marcó la cara con una navaja en el curso de una reyerta callejera. Alfonso no sólo no se amedrentó tras aquella experiencia sino que incluso aprovechó aquella marca para dar a entender que era alguien que no retrocedía ante nada ni nadie.

Pero su gran oportunidad, por una de esas curiosas paradojas de la Historia, se la dio el propio gobierno de Estados Unidos al aprobarse la décimo octava enmienda. Esta enmienda constitucional prohibía el consumo de alcohol en todo el país. Por supuesto, no logró que la gente dejara de consumirlo y además creó un floreciente mercado clandestino de bebidas alcohólicas. Gracias a esta norma sujetos como Al Capone se convirtieron en verdaderos reyes del delito durante los años veinte.

Para entonces Capone ya era conocido por su disposición a matar a cualquiera que se cruzara en su camino y no tardó en hacerse cargo de la organización que tenía en Chicago un gángster llamado Johnny Torrio. Centrada en el tráfico de bebidas alcohólicas, el juego ilegal y la prostitución, constituía un verdadero imperio que Capone defendió sobre la base de las ametralladoras de sus esbirros. En el curso de una serie de guerras entre bandas mató uno tras otro a sus rivales. En ocasiones los sorprendía mientras estaban comiendo pasta en un restaurante italiano, en otras los degollaban mientras se afeitaban. Pero, sin duda, el golpe más importante fue la denominada matanza del día de San Valentín de 1929. Disfrazados de policías, los hombres de Capone asesinaron a siete miembros de la banda de “Bugs” Moran, con lo que pasó totalmente a sus manos el control del hampa en la ciudad de Chicago.

Para un desconocedor de la época puede resultar sorprendente que Capone siguiera perpetrando delitos de manera casi impune. Había dos razones para ese éxito. La primera es que era un hombre muy popular entre la gente menesterosa. Para ellos organizaba comidas gratuitas, fiestas populares y verbenas. Como el famoso padrino de la novela de Mario Puzo, Capone era el hombre al que podían acudir los italianos que acababan de llegar a Estados Unidos y estaban desamparados. La segunda razón -y la más importante- era que Capone había ido comprando a todos los que podían causarle problemas. En su nómina tenía más jueces, policías, políticos y periodistas que gángsters. Si le instruían una causa, estaba seguro de salir absuelto y pobre del juez que hubiera tenido semejante atrevimiento. En realidad, millares de personas soñaban con tener el Cadillac de treinta mil dólares -de entonces- de Capone, un automóvil que llevaba un depósito de armas y que tenía un cristal a prueba de balas. A pesar de todo, Capone acabó cayendo en manos de la justicia por lo que casi podría considerarse una fruslería.

Desde luego, no fue ni por violar la Ley seca ni mucho menos por los innumerables actos de extorsión y homicidio cometidos por él o siguiendo sus órdenes. Un pensamiento en voz alta realizado por uno de los policías encargado de su vigilancia -policía que, erróneamente, suele asociarse con los famosos Intocables de Elliot Ness- llevó a las fuerzas de seguridad a percatarse de que, a pesar de su lujoso tren de vida, Capone no aparecía en las listas de contribuyentes más acaudalados. En otras palabras, era más que posible que estuviera eludiendo impuestos. Sometido a presiones policiales, uno de los contables de Capone acabó entregando los libros de contabilidad con lo que podía documentarse sólidamente el fraude.

Finalmente, en 1931 se le acusó de no pagar a Hacienda. Aún así, no resultó fácil condenarle. Como solía ser habitual en él, había comprado a jueces y jurados y hubo que proceder a sustituir el jurado unos minutos antes de comenzar el juicio para conseguir su condena. Contra todo lo previsible, le condenaron a once años de cárcel, una pena muy elevada por evasión de impuestos, aunque todo el mundo sabía que ésa no era la razón real por la que se enjuiciaba a Capone. De la condena -que pasó en buena medida leyendo libros sobre Napoleón- apenas cumplió ocho años.

Sin embargo, cuando salió en libertad, ya estaba muy enfermo. Padecía sífilis desde hacía tiempo a causa de su vida disipada y, al salir, decidió pasar el resto de su vida en su mansión de Miami Beach, Florida. Allí, cada vez más enloquecido pretendía atrapar en la piscina peces imaginarios. Murió finalmente en 1947 cuando se había convertido en un personaje de las películas.
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