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ENIGMAS DE LA HISTORIA

¿Cómo fue el bloqueo de Berlín?

El espía Markus Wolf paseaba tranquilamente por las calles de Berlín oriental. Eficaz agente que había inspirado a John Le Carré para crear el personaje de Karla, Wolf había contemplado con inquietud los acontecimientos de los últimos meses en los países del Pacto de Varsovia. Pese a todo, seguía confiando en la persistencia de una Alemania comunista durante las próximas décadas. Un escandaloso estruendo llamó entonces su atención. Sorprendido, contempló como el Muro de Berlín se venía abajo ante el empuje de la muchedumbre. En ese momento supo que había llegado el final de las dictaduras comunistas en Europa.

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Fue Nikita Jrushov, el secretario general del PCUS, el que lo dijo con su lenguaje grosero, directo y realista: “Berlín es las pelotas de occidente. Cuando deseo que Occidente grite se las retuerzo”. No exageraba. En realidad, Berlín, la que había sido capital de Alemania desde su unificación en 1871, se convirtió junto con su Muro en un símbolo paradigmático de la Guerra fría que durante casi medio siglo mantuvo al mundo al borde del abismo.

El contencioso sobre Berlín comenzó ya en los últimos meses de la Segunda guerra mundial. Mientras que el general norteamericano Eisenhower renunciaba a tomar la capital del III Reich para ahorrar pérdidas a los ejércitos aliados, Stalin daba prioridad sobre cualquier frente a la batalla de Berlín. Unas semanas y un millón de bajas después, la ciudad fue tomada por los ejércitos del mariscal soviético Zhukov. Inmediatamente, la histórica urbe quedó dividida en cuatro zonas de ocupación correspondientes a la URSS, Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia.

El 24 de junio de 1948 la Unión Soviética decidió bloquear Berlín impidiendo cualquier comunicación por río, tierra o aire entre la zona occidental y el resto de Alemania. Las razones eran diversas y entre ellas destacaba la creciente inquietud soviética ante el monopolio atómico de Estados Unidos. Sin embargo, sobre todo, influyó el deseo de impedir que surgiera una Alemania occidental y de carácter democrático que se convirtiera en bastión contra los proyectos expansionistas de Stalin.

La URSS esperaba doblegar a las potencias occidentales pero no lo consiguió. El 26 de junio fuerzas británicas y estadounidenses comenzaron a enviar suministros a los más de dos millones de residentes de Berlín Occidental mediante un puente aéreo. Se trataba de un pulso en el que debía quedar de manifiesto si Occidente iba a defender el centro de Europa frente al comunismo o, por el contrario, estaba dispuesto a entregarlo como había sucedido con los otros países del Este. Precisamente ese carácter emblemático explica la resolución de Estados Unidos y Gran Bretaña por mantener Berlín alimentado y abastecido.

Hasta el levantamiento del bloqueo -que tuvo lugar el 12 de mayo de 1949- se realizaron 277.728 vuelos sobre la República Democrática, que aportaron 2.110.235,5 toneladas de suministros a la ciudad. De la crisis nació un Berlín occidental e independiente y la seguridad de que Occidente defendería la independencia de una Alemania realmente democrática. La respuesta soviética fue crear una República alemana sometida a una dictadura comunista y a la que, de manera dramáticamente sarcástica, se denominó democrática. Como quedaría de manifiesto en repetidas películas de espías, Berlín se había convertido así en un campo de batalla de la guerra fría. No podía ser menos porque los alemanes sometidos a la dictadura comunista de la RDA consideraban que la ciudad dividida constituía el lugar de huída ideal hacia la libertad. Además no estaban dispuestos a dejarse doblegar.

En junio de 1953, los trabajadores de un proyecto de construcción del Berlín Oriental (la Avenida Stalin o Stalinalke) protestaron por un aumento del diez por ciento en los objetivos de producción. Esta protesta provocó una reacción en cadena en el curso de la cual más de cien mil se dirigieron a la Cámara de Ministros de la RDA, en Berlín Oriental. Finalmente, el gobierno de la RDA tuvo que recurrir a las fuerzas soviéticas para mantener el orden. En el curso de los enfrentamientos ulteriores, murieron más de doscientos sesenta manifestantes, ciento dieciséis policías y dieciocho militares soviéticos. Con posterioridad, se produjo más de un centenar de ejecuciones de civiles así como millares de encarcelamientos.

Esta represión agudizó el deseo por parte de millones de alemanes de huir de la RDA. Desde el final de la crisis de Berlín hasta mediados de 1961, poco menos de tres millones de alemanes del este abandonaron la RDA y en su mayoría lo hicieron a través de Berlín. La respuesta comunista ante aquella sangría no se hizo esperar y llegó a adquirir dimensiones de símbolo. Durante la noche del 13 de agosto de 1961 soldados de la RDA y miembros de su milicia, los denominados Kampfgruppen (grupos de combate), levantaron una serie de fortificaciones temporales cuya finalidad era impedir la huída de la dictadura a la que servían.

En apenas unos días, las fortificaciones fueron sustituidas por un muro de hormigón de 47 km de longitud y 4 m de altura alrededor del Berlín Occidental. Como medida adicional de represión, las autoridades de la RDA procedieron a tapiar varios edificios de tal manera que sólo se conservaron dos puntos de paso fuertemente vigilados entre las dos partes de la ciudad. Finalmente, el régimen comunista -que anunciaba que sólo intentaba protegerse de una posible invasión- dispuso minas antitanque y zanjas en torno al Muro para eliminar cualquier posibilidad de fuga.

Para Jrushov estas medidas eran una muestra del poder soviético para “retorcer las pelotas de Occidente”. La respuesta de Estados Unidos resultó fulminante. Kennedy envió inmediatamente un contingente militar a la ruta terrestre hacia Berlín para reafirmar los derechos de acceso. En una visita ulterior a la capital alemana, se definiría además diciendo “Ich bin ein Berliner” (yo soy un berlinés) dando a entender que los amantes de la libertad tenían que estar en contra del Muro y del régimen que lo había erigido.

El Muro de la vergüenza no logró disuadir totalmente a los alemanes que deseaban escapar del asfixiante régimen de la RDA. Entre 1961 y 1989, siguieron produciéndose fugas y no menos de setenta personas fueron asesinadas al intentar escapar. Sin embargo, el final de la situación no pareció factible hasta el inicio de la perestroika de Gorbachov en 1985. La URSS se vio enfrentada entonces no sólo con su propia inoperancia sino también con el desafío que significaba el programa de la guerra de las galaxias iniciado por el presidente norteamericano Reagan. A partir de 1988, el dirigente soviético se percató de que el mantenimiento del sistema comunista en la URSS exigía limitaciones del gasto militar y la retirada de algunas zonas de influencia. Inició así la salida de Afganistán, normalizó las relaciones con China y firmó una serie de acuerdos sobre el control de armas con los presidentes estadounidenses Ronald Reagan y George Bush.

El desplome, cada vez más evidente, de la URSS se reflejó rápidamente en el entramado de países sometidos a su dominio. Para Alemania oriental y Berlín, el final de la pesadilla se produjo a inicios de noviembre de 1989. A esas alturas, el régimen -uno de los más represivos de la historia- se tambaleaba en claro reflejo de lo que estaba sucediendo en una URSS cada vez más debilitada. El 9 de noviembre, de manera espontánea, una manifestación de ciudadanos a los que pronto se sumaron funcionarios comenzó a demoler el Muro.

Esta vez la URSS no pudo enfrentarse al ansia de libertad popular. En virtud del Tratado de Moscú de septiembre de 1990, Gorbachov reconoció la reunificación alemana, un gesto obligado que propició que le fuera concedido el Premio Nobel de la Paz en octubre del mismo año. Seguramente, creía que con este retroceso aseguraba el futuro de la URSS. No fue así. En pocos meses, la URSS y el Pacto de Varsovia serían cuestión del pasado al igual que la dictadura de la RDA.

Actualmente, sólo quedan en pie algunos restos así como un museo y una tienda de souvenirs cercana a Checkpoint Charlie, uno de los puntos de paso. Tan magros residuos constituyen un recordatorio de que, siquiera en Europa, las democracias habían vencido finalmente a las dictaduras comunistas.

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