Ideas
Noticias y opinión en la red
1. ENIGMAS DE LA HISTORIA

¿Cómo fue el final de los samurais?

El reciente estreno de la película “El último samurai” ha reverdecido el interés que por esta peculiar casta guerrera creó Akira Kurosawa con sus producciones de los años cincuenta del siglo pasado. La producción protagonizada por Tom Cruise está además cargada de pensamiento “políticamente correcto” contraponiendo la pésima influencia occidental con el misticismo noble y abnegado de los samuráis condenados a la extinción pero, en realidad, ¿cómo fue su final?

El esquema argumental de “El último samurai” es sencillo y, dentro de su simplicidad, se encuentra cargado de intencionalidad cultural y política. Un joven oficial norteamericano —encarnado por Tom Cruise— al que la lucha contra los indios de las praderas ha destrozado emocionalmente, acepta el ofrecimiento del gobierno japonés para formar un ejército moderno. En el curso de una escaramuza con unos samuráis opuestos a la modernización del Japón, el oficial cae prisionero y, gracias a un sueño premonitorio experimentado por su caudillo, su vida es respetada. Obligado a permanecer con los samuráis durante el invierno, el norteamericano se va viendo impregnado poco a poco por la supuesta mentalidad de aquellos y cuando es puesto en libertad, decide unir su suerte a ellos. A esas alturas, el personaje representado por Cruise identifica a los legendarios guerreros japoneses no sólo con los nobles pieles rojas a los que ayudó a exterminar sino también con los espartanos que combatieron en las Termópilas con los invasores persas. Al final, los samuráis mueren hasta el último hombre en una heroica cabalgada contra las nuevas armas —especialmente cañones y ametralladoras— de que dispone el ejército imperial pero un superviviente Cruise logrará convencer al emperador para que se niegue a firmar tratados con los Estados Unidos —paradigma de la maldad occidental— para que se deshaga de los ministros pro-occidentales y para que mantenga la mentalidad que llevó al último samurai hasta la muerte. A pesar de que, ocasionalmente, la publicidad de la película ha sido cómicamente falaz —decir, por ejemplo, que Cruise ha tenido que ganar varios kilos de músculo para rodar determinadas escenas es lisa y llanamente increíble— la película resulta sobresaliente desde muchos puntos de vista. La ambientación es muy correcta, la interpretación es sólida y la acción —y los diálogos— raya en algunas secuencias en un tono épico que puede provocar incluso emoción en los espectadores. Con todo, lo cierto es que la distancia entre la Historia y lo relatado en la película es inmensa.
 
La Historia de Japón fue extraordinariamente accidentada durante siglos. Desde 1185 a 1600, el país se vio desgarrado por un estado de guerra civil y división territorial prácticamente ininterrumpido. Por supuesto, esa situación se presta a inspirar novelas y películas —como, efectivamente, ha sido— pero, en términos realistas, cuando se examinan las fuentes da la sensación de haber sido una sucesión infernal de conflictos armados en los que los diferentes señores de la guerra o daimios se imponían gracias al mayor número de samuráis que podían movilizar. Sobre ese trasfondo, el emperador era un ser de naturaleza divina pero su poder real era muy limitado. No faltaron los logros culturales en una sociedad sustancialmente guerrera en la que los samuráis vivían sin ningún género de matices de una masa campesina cuya existencia era realmente miserable. Sin embargo, a la altura de nuestro siglo XVI, Japón tenía una sociedad muy atrasada si se la comparaba con la china y, sobre todo, con la occidental. Cuando llegaron hasta sus costas los primeros misioneros cristianos —jesuitas enviados por Francisco Javier— el interés japonés se extendió, sobre todo, a las armas y los relojes que podrían proporcionarles para derrotar a los daimios rivales. Durante algunas décadas, el crecimiento del cristianismo en Japón —tanto católico como protestante— fue verdaderamente espectacular e incluso algunos samuráis abrazaron la nueva fe. Sin embargo, la tolerancia duró poco. En 1600, Tokugawa Ieyasu consiguió imponerse a los daimios rivales e implantar una dictadura hereditaria en la que el papel del emperador aún quedó más reducido, convirtiéndose en un mero símbolo. El gobierno Tokugawa desencadenó al cabo de unas décadas la persecución contra los cristianos y a mediados del siglo XVII podía jactarse de haberlos obligado a apostatar o exterminado a la totalidad. El período Tokugawa se extendería hasta 1868 y hasta entonces el Japón vivió prácticamente aislado y sumido en una cultura cuya columna vertebral era un sistema feudal sustentado en los samuráis.
 
En buena medida, la caída del régimen Tokugawa obedeció a dos causas principales. La primera fue la creciente presión fiscal. A lo largo de los siglos, los daimios siguieron empeñados en llevar un tren de vida, sin duda, delicado y estéticamente atractivo pero también muy costoso. Para mantenerlo, no dudaron en endeudarse solicitando créditos a los escasos comerciantes que había en Japón y para devolverlos recurrieron a la subida de impuestos, una subida que recaía sobre una clase campesina que, en terreno tan pobre como el japonés, apenas tenía lo suficiente para subsistir. El segundo factor fue la llegada, ahora inevitable, de las potencias extranjeras. Durante las últimas décadas del siglo XVIII, la situación se convirtió en insostenible agravada por añadidura por hambrunas a partir de 1780. La respuesta del régimen Tokugawa consistió en intervenir la economía y subir los impuestos que debían pagar los comerciantes. Como no cuesta imaginar, la situación sólo empeoró. En el caso de los samuráis y daimios, el gobierno Tokugawa o Bakufu llegó incluso en 1789 a obligar a los acreedores a condonarles las deudas pero esas medidas ni mejoraron la economía del país ni paliaron la efervescencia en el campo.
 
Por esa misma época, los países occidentales volvieron a acercarse a Japón. Todavía en el siglo XVIII, Rusia había puesto sus ojos en la parte oriental de Siberia y sus barcos comenzaron a acercarse a Hokkaido para entablar relaciones comerciales. En 1818, fueron los británicos los que dieron los mismos pasos, especialmente interesados en la pesca de ballenas. La respuesta del gobierno Tokugawa fue promulgar un decreto en 1825 que ordenaba la expulsión de todos los barcos extranjeros que llegaran a las costas japonesas. Estados Unidos se sumó a esta política en 1837 pero hasta 1853 no logró avanzar en sus propósitos. En esa fecha, el capitán Perry atracó en la bahía de Tokyo con cuatro buques de guerra y no sólo se negó a levar anclas sino que declaró su propósito de entregar una carta del presidente Filmore en la que se reivindicaba el derecho de los navíos americanos a aprovisionarse y comerciar con el Japón. La carta fue aceptada finalmente y, cuando Perry anunció que volvería al año siguiente para recoger una respuesta, los gobernantes japoneses se vieron enfrentados con una terrible disyuntiva. No se les ocultaba, por ejemplo, la imposibilidad de enfrentarse con los “barcos negros”, y más teniendo en cuenta el precedente de la “guerra del opio” librada entre China y Gran Bretaña (1839-1842), concluida de manera humillante para la primera. La situación era tan grave que el Bakufu se dirigió a los daimios y samuráis pero también estableció contacto con la corte imperial. Se trataba de una acción sin precedentes porque el emperador había sido mantenido al margen del gobierno durante siglos. Ahora, ese paso podía ser hábilmente aprovechado por los funcionarios imperiales para aumentar su poder y, de paso, intentar derribar al odiado Bakufu. Entonces resultaba imprevisible pero en ese enfrentamiento, iba a decidirse el destino de los samuráis.
 
 

Lo más popular