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ENIGMAS DE LA HISTORIA

¿Cómo se realizó la cruz de los caídos?

Corría el vigésimo año de la Victoria. Para aquel entonces, Franco no sólo había ganado la guerra civil sino que además había logrado sortear con éxito el bloqueo internacional y convertirse en uno de los aliados de Estados Unidos en el Mediterráneo occidental. Podía ahora inaugurar con la mayor tranquilidad un monumento que ensalzaba su triunfo de una manera innegable.

Corría el mes de abril de 1959. Franco pronunciaba el discurso de inauguración del Valle de los Caídos. En sus palabras no cabía la menor duda acerca de quiénes eran los representados en aquel gigantesco sepulcro. Tras referirse a la necesidad de impetrar la "protección divina para nuestros Caídos", mencionó la "presencia de las madres y esposas de nuestros Caídos" y se refirió a la "inspiración… precisa para cantar las heroicas gestas de nuestros Caídos". Por si cupiera alguna duda sobre la identificación ideológica de los sepultados, Franco insistió igualmente en que "en todo el desarrollo de nuestra Cruzada hay mucho de providencial y milagroso" o en que "la principal virtualidad de nuestra Cruzada de Liberación fue el habernos devuelto a nuestro ser, que España se haya encontrado a si misma".

A dos décadas de la peor guerra civil sufrida por los españoles, era obvio que el Régimen estaba especialmente preocupado por mantener una dialéctica de vencedores -protegidos por la Providencia por más señas- y vencidos. Esta circunstancia podría resultar chocante en la actualidad y, sin duda, colisiona con las versiones que atribuyen al monumento un ánimo fundamentalmente renconciliador. Sin embargo, resulta comprensible en el contexto de la guerra civil y de la inmediata posguerra. De hecho, aquel monumento a la victoria había tenido un precedente en el proyecto ideado por el escultor Manuel Laviada, el arquitecto Luis Moya y el vizconde de Uzqueta mientras se hallaban ocultos en el Madrid rojo de finales de 1936. Habían soñado en aquellos difíciles días con un arco del triunfo y una pirámide hueca de dimensiones similares a la de Keops en Gizah. Su proyecto no pudo ser, primero, porque habían pensado asentarlo en las cercanías del Hospital Clínico y, segundo, porque el carácter religioso que había ido adquiriendo la guerra aconsejaba otro tipo de simbología.

El 1 de abril de 1940, justo al año de concluir el conflicto, se promulgó un decreto para levantar "el templo grandioso de nuestros muertos, en que por los siglos se ruegue por los que cayeron en el camino de Dios y de la Patria… en que reposen los héroes y mártires de la Cruzada". Como enclave del monumento religioso alzado en honor de los vencedores, se designaba en el artículo 1 del decreto la finca de Cuelgamuros, un terreno comprendido entre las altitudes 985 y 1.758 metros sobre el nivel del Mediterráneo en Alicante.

Franco deseaba que las obras de la cripta hubieran concluido en el plazo de un año para inaugurarlas en abril de 1941 y que en cinco se terminaran todas las demás edificaciones incluidos los jardines. Los deseos del Caudillo podían ser vehementes pero, como algunas otras de sus concepciones de entonces, no tenían punto de contacto con la realidad. Hasta dos décadas más tarde no se podría inaugurar el monumento. No fue por falta de medios ni de talento. Tampoco puede decirse que la obra se caracterizara por un centralismo regional. El arquitecto era un vasco, llamado Pedro Muguruza Otaño, que ya en 1935 había declarado que la arquitectura del futuro desconocería las calles, los patios y las ventanas, iba a ser el cerebro de la construcción. Por su parte, el trazado de la carretera de acceso fue entregado a los hijos de un contratista catalán llamado Banús.

Finalmente, de la perforación de la cripta, con la extracción de millones de metros cúbicos del risco de la Nava, se encargó la empresa San Román, de Madrid, una filial de Agromán, y de la construcción del monasterio, la empresa Molán. La mano de obra -en el sentido más literal- vino proporcionada, en primer lugar, por gente empujada por la desesperante necesidad de la posguerra. Acuciados por la necesidad de sobrevivir, por el Valle pasaron, por ejemplo, los Rabal ya fueran padres, hijos o nietas sin excluir a Paquito, el que luego sería actor. También lo harían trabajadores a los que Juan Banús miraba la boca y tanteaba los músculos para asegurarse de que podrían cumplir con su deber. A éstos se sumaron presos republicanos -la población penitenciaria a inicios de 1940 superaba las 270.000 personas- a los que se había prometido una reducción de condena por jugarse la vida en la construcción del monumento dedicado a los Caídos de la Cruzada.

Como señalaría el padre José María López Riocerezo, "la obra de redención de penas por el trabajo es el mejor exponente del espíritu en que se inspiró la Cruzada española". Mientras las condenas a muerte se pronunciaban por millares sobre los vencidos, no pocos contemplaron el trabajo en aquel faraónico monumento como una tabla de salvación. Gregorio Peces-Barba, padre del que luego sería presidente del Congreso, fue uno de esos penados que, a finales de 1943, alcanzaban una cifra cercana a los seiscientos. Trabajaron bien. De hecho, Muguruza estaba tan satisfecho que el 20 de noviembre de aquel año les comunicó que solicitaría del Patronato la redención extra de un mes de condena y autorizó una visita extraordinaria de familiares. Las fugas fueron raras pero no faltaron. A un mexicano y un argentino, miembros de las Brigadas internacionales, se sumaron, por ejemplo, Nicolás Sánchez Albornoz o Manuel Lamana y en una de ellas colaboraron Norman Mailer y Barbara Probst Salomon.

La muerte de Muguruza provocó su sucesión por Diego Méndez que duplicó las dimensiones de la cripta. En 1950, Huarte se hacía con la concesión de las obras de la gigantesca Cruz. Al año siguiente, el escultor Juan de Ávalos firmaba el contrato para la realización de las estatuas, nueve en total, que representarían a la Piedad, los cuatro evangelistas y las cuatro virtudes teologales. En 1957 se creó la Fundación de la Santa Cruz del Valle de los Caídos y en 1958 se llegaba a un acuerdo con los benedictinos para que establecieran una abadía en el lugar.

La inauguración se produciría finalmente al siguiente año convirtiéndose en una apoteosis de los vencedores. Al monumento se trasladaron de manera casi inmediata los restos de José Antonio Primo de Rivera que habían reposado hasta entonces en El Escorial. La obra había costado la cifra exacta de 1.086.460.331,89 pesetas de aquel entonces así como la vida de una docena de trabajadores en accidentes y la muerte lenta de otra cincuentena que contrajo en su construcción la silicosis. Sería visitada por unas setenta mil personas hasta la muerte de Franco, su segundo huésped ilustre.

A partir de entonces entraría en un período de decadencia que no ha logrado superar en la actualidad quizá porque desde el principio quedó marcada por la mácula del enfrentamiento entre españoles.

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