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ENIGMAS DE LA HISTORIA

¿Cómo surgió el fascismo?

El 15 de abril de 1919 unos doscientos miembros del recientemente creado movimiento fascista atacaron la redacción del periódico socialista Avanti! Aunque no fueron pocos los que aplaudieron aquella acción, casi nadie se percató de su relevancia real. De esta manera, lo que entonces se consideró un acto de barbarie sin especial trascendencia se convirtió en el primer paso hacia la conquista del poder por parte de Mussolini. En muy pocos años, el movimiento fascista provocaba la admiración de medio mundo encontrando multitud de seguidores e imitadores. Sus inicios, sin embargo, difícilmente podían haber sido más modestos.

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Al concluir la primera guerra mundial, Italia se encontraba entre los países vencedores. Aunque la victoria brindó al país mediterráneo las posesiones de Trento y Trieste, la sensación generalizada era la de un triunfo mutilado. No en vano, la nación había sufrido seiscientos mil muertos en la guerra además de aproximadamente un millón de heridos. Sin embargo, además del orgullo lesionado, Italia padecía una difícil situación económica. La lira había perdido el ochenta por ciento de su valor durante el conflicto y la deuda del Estado a inicios de 1919 superaba los 83.000 millones de liras.

El impacto que semejante situación estaba teniendo entre las clases más desfavorecidas sólo podía ser calificado de espectacular. De 1915 a 1918 el coste de la vida se había elevado en un 560 por ciento. Además la inestabilidad acentuada del campo y la quiebra de multitud de pequeñas y medianas empresas se había traducido en el empobrecimiento de la clase media. En medio de una corrupción galopante, de un desempleo creciente y de un descrédito progresivo del sistema parlamentario la sociedad italiana asistió a episodios especialmente significativos. Por ejemplo, se dieron casos de ex-combatientes que organizaron cacerías de ratas en las alcantarillas para saciar el hambre o de sacerdotes que se negaron a oficiar y a distribuir los sacramentos mientras no se les abonaran unos emolumentos mínimos.

Sin embargo, para un antiguo socialista y ex-combatiente llamado Benito Mussolini, aquella difícil tesitura significaba una oportunidad dorada. Desde su periódico - Il Popolo d´Italia - dejó claramente de manifiesto lo que pensaba de aquel estado de cosas y a quienes consideraba culpables: “Este grupo de hombres apestados y sifilíticos del parlamentarismo… que hoy tienen en sus esclerotizadas manos los destinos de Italia, este grupo de hombres que se nombran ministros, sólo pueden ser definidos como bastardos, idiotas y embusteros”.

El plan de Mussolini consistía en contribuir todavía más a la desestabilización social para luego presentarse como esperanza de orden y prosperidad, y alcanzar el poder. El 23 de marzo de 1919, en la ciudad de Milán, con apenas unas docenas de presentes, Mussolini fundó el denominado Fascio di Combattimento. Al adoptar como insignia los fasces que llevaban los lictores de la antigua Roma como símbolo de la ley y el orden, Mussolini no era original. De hecho, había sido ya precedido por unos Fascios de acción revolucionaria que habían propugnado la entrada de Italia en la primera guerra mundial y por el Fascio parlamentario de defensa nacional que se había formado tras la derrota militar de Caporetto como una manera de conjurar el peligro de un desastre global. Sin embargo, al adoptar aquella denominación, Mussolini pretendía dar la sensación de que en sus manos estaba no sólo llevar a cabo una revolución popular sino también librar al país del deslizamiento hacia el caos. Que ambos objetivos resultaran contradictorios era algo que carecía de valor para el antiguo socialista.

El grupo político recientemente nacido necesitaba imperiosamente una ocasión para mostrar la veracidad de todas sus pretensiones, es decir, su carácter popular, su capacidad de agresión y su fuerza para contener la revolución proletaria. La ocasión le vino brindada por una huelga general decretada por el partido socialista. Por efecto de la misma, el 15 de abril de 1919, Milán estaba totalmente paralizada. Acabar con aquella situación podía significar una publicidad extraordinaria para el fascismo pero los socialistas - sin saberlo - estuvieron a punto de privarle de ella. La tarde del mismo 15, una asamblea de cien mil huelguistas votó en favor de regresar al trabajo al día siguiente. La reacción de Mussolini fue rápida: había que asestar un golpe espectacular a los socialistas de manera que su abandono de la huelga pareciera provocado por los fascistas o de que, en caso de continuar el paro, permitiera nuevas posibilidades de acción a los seguidores de Mussolini.

Los fascistas llegaron a la ciudad aquel día bien armados y favorecidos por la inacción de las tropas que patrullaban por la ciudad. Finalmente, cuando se produjo un choque entre fascistas y socialistas, los primeros salieron mejor parados por su mejor armamento y la pasividad de los carabinieri. A continuación, un grupo de unos doscientos fascistas - muchos de ellos antiguos oficiales del ejército - se dirigieron hacia la Via San Damiano, donde se hallaba la sede de Avanti!, el órgano oficial del partido socialista. Ante el periódico había apostado un pelotón militar con órdenes precisas de defender el edificio. Sin embargo, cuando los dos grupos se hallaron frente a frente, se produjo un disparo y cayó muerto un soldado de nombre Martino Speroni. Era la cuarta víctima mortal del día y las tropas decidieron retirarse.

Los fascistas no hubieran podido ansiar nada mejor. Enardecidos por su éxito, penetraron en el periódico destrozando todo a su paso. Las linotipias fueron arrojadas por las ventanas; la imprenta, deshecha; los empleados, golpeados. A continuación prendieron fuego a los archivos y todo el edificio fue presa de las llamas. Después, los causantes del desmán regresaron al centro de Milán mientras gritan: L´Avanti! non c´è piú, es decir, El Avanti! ya no existe. Ni el ejército ni la policía intervinieron. De hecho, no eran pocos los que contemplaban satisfechos a aquella turba que había, en apariencia, dado una lección a los huelguistas. Tampoco fueron escasos los que se sumaron a ellos y llegaron hasta la redacción de Il Popolo d´Italia, sita en Via Paolo da Cannobio, para aplaudir con entusiasmo a Mussolini. El dirigente fascista debió sentirse satisfecho. Años atrás, él mismo había sido director del Avanti! y ahora lo había destruido impunemente.

El día iba a inscribirse como una auténtica efemérides en la brevísima historia del movimiento fascista. Tres días después, en una entrevista concedida a Il Giornale d´Italia, Mussolini afirmó: “Todo lo que ha sucedido en el Avanti! deriva de un movimiento espontáneo de la masa, un movimiento de los combatientes y del pueblo que ya no soporta el chantaje leninista”. El mensaje no podía resultar más obvio: la lucha contra el orden establecido era presentada como la defensa de un pueblo contra los chantajistas. La acción no fue castigada legalmente y Mussolini supo aprovecharlo. Año y medio más tarde, sus fascios irrumpieron en el campo controlando el malestar obrero y paliando la angustia de unos propietarios que se veían desprotegidos por las instituciones.

En 1921, Mussolini y otros treinta y cuatro fascistas fueron elegidos diputados en una lista del denominado “bloque nacional”. A finales de 1922, el rey le encargó formar gobierno tras la denominada “Marcha sobre Roma”. En la primavera de 1924, una modificación de la ley electoral le otorgó la mayoría parlamentaria. Le bastaron entonces sólo unas semanas para aniquilar desde su interior el sistema parlamentario y sustituirlo por una dictadura modelada a su imagen y semejanza. Su ejemplo iba a ser seguido en media Europa. Había transcurrido poco más de un lustro desde la quema de Avanti!, la primera acción armada del fascismo.

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