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y 2. ENIGMAS DE LA HISTORIA

¿Cuál fue la causa de la revolución cultural china?

Las razones inmediatas de la RCCh fueron, desde luego, variadas. Por un lado, estaba el fracaso espectacular del Gran Salto adelante y las consecuencias terribles, especialmente el hambre, que había tenido sobre la nación. Como había sucedido —y sucedería— con otros dictadores comunistas, Mao no culpó del desastre al sistema socialista sino que, por el contrario, decidió atribuirlo a un enemigo etéreo y conspirador que habría frustrado lo que, según él, sólo podía concluir en rutilantes éxitos. 

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La razón del fracaso había sido, según su versión, que todavía existía lucha de clases en China y que el enemigo de clase (supuestamente emboscado también en los cuadros del partido) tenía que ser descubierto y exterminado.  En los años 20 y 30, Stalin había desarrollado este mismo discurso en la URSS pero, fundamentalmente, para desembarazarse de posibles rivales políticos como Zinóviev o Kámeniev. Lo terrible en el caso de Mao es que esos rivales brillaban por su ausencia. De hecho, los dirigentes del PCCh, siguiendo una línea que enraizaba con las propias tradiciones imperiales chinas, no hubieran osado nunca enfrentarse con Mao para desalojarlo del poder. Él había creado la nueva China y por ello se le suponía legitimado para remodelarla a su gusto.  Sin embargo, la suma de irrealidad socialista y despotismo comunista no fueron los únicos factores que impulsaron la RCCh. 
 
Mao creía, como luego Pol Pot en Camboya, que existía algo sustancialmente perverso en el trabajo intelectual, entendiendo como tal incluso la mera educación primaria. Para librarse de ese virus contrarrevolucionario, decidió que la juventud sería el mejor instrumento. Catapultados hacia los campos, los adolescentes encuadrados en los Guardias rojos salvarían a China y al partido de los malos efectos de una burguesía emboscada. Los resultados de esa cosmovisión fueron realmente pavorosos. No menos del sesenta por cien del aparato del PCCh desapareció a manos de los Guardias rojos —una estimación moderada cifra en unas cuatrocientas mil personas afiliadas al PCCh las que murieron a causa de malos tratos— y las cifras no fueron menores en el caso de maestros, profesores, profesionales, funcionarios y un largo etcétera. En medio del terror que acompañó la acción de los Guardias rojos, un alumno suspendido, un hijo resentido o un obrero reprendido se bastaban y se sobraban para denunciar y lograr que se juzgara públicamente a un maestro, un padre o un capataz. Estos adolescentes que “aprendían la revolución haciendo la revolución” tuvieron un efecto devastador sobre China incluso en áreas que rondan lo esperpéntico. Por ejemplo, su nacionalismo era tan acentuado que en junio de 1967 decidieron destruir los archivos del Ministerio de Asuntos Exteriores de China para indicar su desprecio por los demás países. La acción fue ciertamente espectacular pero durante un buen tiempo China tuvo serias dificultades para continuar sus relaciones exteriores por la sencilla razón de que la documentación había desaparecido. Por si esto fuera poco, los Guardias rojos convirtieron las embajadas chinas en el extranjero en centros de proselitismo revolucionario. El resultado directo fue la ruptura de relaciones diplomáticas con buen número de países, la retirada de todos los embajadores (salvo uno) de China y el quebrantamiento del comercio exterior. 
 
No resulta extraño, desde luego, que el propio Mao acabara concluyendo que la acción de los Guardias rojos podía acabar por desestabilizar completamente el sistema. Para volver al orden —que no para mejorarlo— Mao recurrió a un ejército sometido a Lin Biao (llamado a desaparecer con posterioridad). El maquillaje intelectual lo proporcionaría un grupo de intelectuales de Shanghai que giraban en torno a Chiang Ch´ing, la esposa del propio Mao. En julio de 1968, Mao ordenó al ejército que disolviera a los Guardias rojos a la vez que anunciaba públicamente que habían fracasado en su misión. El enfrentamiento entre los Guardias rojos y el ejército fue verdaderamente encarnizado y seguramente nunca se sabrá el número de víctimas. Zhou en-Lai reconocería, no obstante, que los soldados tuvieron “centenares de miles de bajas” en los distintos combates.  
 
El mismo ejército tuvo que recurrir a la tesis de las conspiraciones imaginarias para poder imponerse al final. Así, durante 1970-1, propagó la noticia de que el “Grupo del 16 de mayo” era el culpable de todos los desastres sufridos por el pueblo chino. Al parecer, el mencionado grupo no existió nunca pero, so capa de perseguirlo, se ejecutó a varios millares de personas y se justificó durante la década de los setenta impedir a los campesinos que realizaran actividades complementarias como la cría de cerdos, pollos y patos. Semejante estado represivo —eso sí bajo control— no disminuiría ya hasta la muerte de Mao.   
 
Cuando se reflexiona retrospectivamente sobre la RCCh y sus causas resulta obvio que existió una ausencia de justificación en su desencadenamiento. En lugar de observar hasta qué punto el comunismo era nocivo para China, Mao decidió acentuar la política socialista recurriendo a los elementos de la población más fáciles de enardecer, los adolescentes sin formación. El resultado fue realmente desastroso y estuvo a punto de llevar a China al colapso. Llegados a ese punto, Mao detuvo el avance de los Guardias rojos pero continuó defendiendo las bondades de la dictadura comunista apoyada ahora fundamentalmente en el ejército que combatió despiadadamente una guerra civil contra los que sólo unos meses antes habían sido los instrumentos privilegiados de la RCCh.
 
Sin embargo, ni siquiera el regreso del orden en las calles se tradujo en el final de la represión o en el cuestionamiento del sistema.  La primera continuaría siguiendo patrones ya conocidos en otros regímenes comunistas hasta la muerte de Mao y el segundo aún tardaría más en producirse. En buena medida, por lo tanto, la RCCh se nos muestra como un episodio de autoceguera caracterizado por intentar evitar un desastre nacional precisamente recurriendo a los elementos que lo provocaron. A pesar de las loas que le destinaron los elementos progresistas de occidente, lo cierto es que la RCCh acabaría saldándose con un número de víctimas no inferior al del Holocausto con una diferencia fundamental: su ausencia de condena internacional ni siquiera tras la muerte de su principal artífice. El extraordinario desarrollo experimentado por China en los últimos años lleva también a formularnos una reflexión adicional: ¿dónde se encontraría ahora la nación china si su entrada en el sistema capitalista no se hubiera producido en los años noventa del s. XX si no en la década de los cincuenta?
 
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