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CRóNICAS COSMOPOLITAS

David Rousset, el ilustre desconocido

Leer “Le Monde” me procura el mismo tipo de indigestión que leer “El País”, debido en ambos casos a su hipócrita defensa del pensamiento único socialburócrata. El pasado sábado 6, por ejemplo, dedicaba el periódico galo una página entera al proceso que David Rousset intentó, en diciembre de 1950, al semanario comunista “Les Lettres Francaisses” casi dos años después de que lo hiciera Kravchenko contra el mismo semanario por semejantes motivos y que ya he comentado en estas crónicas.

David Rousset, resistente antinazi y deportado en Buchenwald de donde volvió tan destrozado que sus amigos que fueron a visitarle al hospital, en donde permaneció meses, no le reconocían. “Ese esqueleto no podía ser David”, me contó Susana Merleau-Ponty, la viuda del filósofo. Al salir del hospital Rousset escribió dos libros sobre su experiencia, una novela y, sobre todo, su ensayo “El universo concentracionario”, en el que denunciaba el terror nazi y llegaba a conclusiones teóricas, a mi modo de ver, erróneas, ya que veía en dichos campos el límite extremo de la explotación capitalista, cuando son otra cosa, y no por ello menos horrendos. Pero lo que la censura procomunista o comunista a secas no le perdonó es que también denunciaba la actividad de los “kapos” comunistas en los campos nazis, esa subadministración a las órdenes de los SS, que tenían entre otras tareas la de organizar los “comandos de trabajo” cuya labor se desarrollaba en condiciones tan infrahumanas que morían como moscas. Y mucho peor aún: cuando los nazis exigían 100 o 1.000 deportados para ser fusilados al alba siguiente, como represalias, para que siga reinando el terror, los “kapos” comunistas eran quienes designaban las futuras víctimas y las entregaban a los SS, arreglándoselas para proteger a sus camaradas comunistas.

De eso, un tal Thomas Wieler, firmante del artículo, no habla, peor, miente, escribiendo que eran los comunes, los “kapos” denunciados por Rousset. Efectivamente, los comunes fueron los “Kapos” en varios de los campos de concentración nazis pero da la casualidad que en Buchenwald donde estuvo Rousset, y en otros campos, los comunistas comenzando por los alemanes, habían liquidado a los comunes -matándoles ¿cómo si no?- para ocupar sus cargos. Algunos comunistas, incluso ex, han escrito libros sobre su deportación pero ninguno alude a este aspecto de las cosas. Es lógico, se vendería mal, no cuaja con la leyenda heroica y rentable en el mercado de las ideas muertas.

En 1948/49, David Rousset, muy solitario, inicia en Francia una campaña contra el Gulag soviético. Nadie, absolutamente nadie, que no haya vivido en París por aquellos años (o en Roma, pongamos), o que no hubiera estado muy al tanto de lo que se decía y escribía a través de la prensa y la radio, puede imaginar hoy el escándalo que podía producir dicha denuncia del Gulag, basada (pero ¡qué les importaba! ) en testimonios, en informes, en hechos. La Gran Unión Soviética había vencido al nazismo, y toda crítica, incluso parcial, sólo demostraba nazismo. Como había decidido con Kravchenko, el PCF encargó a “Les Lettres Francaises” lanzar una campaña de infamias contra Rousset. Había sido trosquista en su juventud, pues hitlerotrosquista (como Andrés Nin), tenía alguna relación con los sindicatos norteamericanos, pues agente de la CIA asesina, etc. “Conocido periodista hitleriano” le calificó Pierre Daix, redactor jefe del semanario al resistente-deportado Rousset. (En 1976, Daix escribió un libro de memorias en el que reconocía que Rousset tenía razón).

Pero no estoy criticando a “Les Lettres Francaises” de entonces, sino a “Le Monde” de hoy. Informando muy parcialmente sobre la tensa polémica de aquel momento, más bien sobre el acoso a Rousset, cita este fragmento de un editorial de “Les Temps Modernes”: “...cualquiera que sea la naturaleza de la sociedad soviética actual, la URSS se sitúa grosso modo en el equilibrio de fuerzas, del lado de los que luchan contra las formas de explotación que conocemos (...)” De ahí no sacamos la conclusión de que haya que mostrarse indulgente con el comunismo, sino que en ningún caso podríamos pactar con sus adversarios. “Tout est dit”. Todo queda dicho, afirma el articulista. ¡Admirable sofisma! La URSS puede ser criminal, terrorista, concentracionaria, la explotación de sus trabajadores total, en una palabra, totalitaria. Pero como está en el campo del “Bien”, grosso modo, la izquierda, hay que defenderla y ocultar sus crímenes. Pues ésta sigue siendo la línea política de “Le Monde” y “El País”, con la diferencia, por otra parte esencial, de que el comunismo está de capa bien caída y que los invitados al banquete del neocomunismo solo comen cadáveres. Buena parte de la socialburocracia se alimenta con los mismos residuos.

Este Thomas Wieler, quien da como ejemplo de lo políticamente correcto, para ayer y hoy, estas líneas de un editorial de “Les Temps Modernes” que dice firmado por Maurice Merleau-Ponty y Jean-Paul Sartre (si no me falla la memoria llevaba como firma las siglas “T.M”, habituales en sus editoriales, pero da lo mismo) no hace la menor alusión a la crisis y ruptura entre los dos hombres, ya que se ha dedicado a demostrar, con la hipocresía habitual a su diario, que David Rousset, pese a tener razón, se equivocaba, ya que criticar a la URSS era, y sigue siendo, un pecado mortal. Pues hubo crisis entre Merleau-Ponty y Sartre, precisamente en torno a la “naturaleza” del régimen soviético, crisis que se convirtió en ruptura y la expulsión de Merleau-Ponty de la revista, cuando las mentiras comunistas sobre la “agresión” de los USA contra Corea (1950) en esa guerra tremenda y olvidada fueron demasiado evidentes. La consecuencia concreta fue que, a partir de entonces, Merleau-Ponty, avanzó con mucha prudencia y nunca hasta el fondo, en una leve crítica del totalitarismo, mientras que Sartre se convirtió, de la noche a la mañana, en el histriónico compañero de viaje del comunismo, y que su Meca, después de ser Moscú, fuera Pekín, no cambió gran cosa a su compromiso histórico con el crimen.

En este rescate de una tradición inventada, de la lucha planetaria del bien contra el mal, “Le Monde”, para desprestigiar implícitamente a David Rousset, en lo que a todas luces es lo más importante de su vida política, junto a su antinazismo, o sea su lucidez antisoviética, denuncia su colaboración con el “Congreso por la Libertad de la Cultura”, cuyo primer presidente fue Nabokov, el hermano del novelista, y que, en Francia, creó revistas, organizó conferencias, etc, constituyendo un frágil pero real dique frente a la dominación casi total del pensamiento único pro comunista y al que colaboraron efectivamente gentes tan dispares como el propio Rousset, Raymond Arón, Julián Gorkín y muchísimos más de horizontes políticos diferentes pero unidos en la voluntad democrática de lucha contra los totalitarismos. Habría que hacer algún día el elogio documentado de ese “Congreso por la libertad de la Cultura”, y si, como acusaban los estalinistas y sus lacayos, estaba subvencionado por la CIA, podría decirse que, por una vez, la CIA actuó bien.

Tal vez no sea inútil recordar que por aquellos años todos los nombres citados y muchos más eran para la prensa comunista y afín “perros sarnosos”, “hitlerotrosquistas”, “asesinos de la CIA”, o “hienas estilográficas”, como le trató el escritor soviético Alejandro Fadeiev a Sartre antes de la conversión de éste. Y antes, claro, de que el propio Fadeiev se suicidara por remordimientos debido a su activa colaboración en la represión de los intelectuales en la URSS. ¿Las cosas han cambiado? En absoluto en las mentes de muchos. Lo que sí ha cambiado, en cambio, es el peso del comunismo en el mundo, sus subvenciones y sus divisiones acorazadas. Algo es algo.

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