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ECOLOGISMO

DDT y malaria

En 1962, Rachel Carson publicó Silent Spring (La primavera silenciosa), punto de partida del movimiento ecologista moderno. En este libro, Carson puso de manifiesto los peligros que el uso masivo de pesticidas de efectos duraderos -particularmente el DDT- tienen para los ecosistemas, poniendo en peligro de extinción a muchas especies de aves. Carson también apuntaba, al igual que después hicieron sus seguidores, a la posible influencia del DDT en el incremento de los casos de cáncer en seres humanos. Pero, al contrario de lo que sucede con las aves, no hay pruebas contrastadas de este extremo.

En 1972, la Agencia Estadounidense para la Protección del Medio Ambiente -una de las consecuencias de la enorme influencia de este libro-, que entonces contaba con sólo dos años de antigüedad, decidió prohibir el uso del DDT, una medida que también adoptaron numerosos países. Desde entonces, el DDT es algo así como un símbolo de la perfidia humana para con el medio ambiente, y los fanatizados movimientos ecologistas -liderados por el World Wildlife Fund (WWF)- se han propuesto como objetivo acabar hasta con el último vestigio de esta sustancia sobre la faz de la Tierra.

Sin embargo, un obstáculo se interpone en su camino: resulta que el DDT, rociado en pequeñas cantidades sobre los muros y techos del interior de los edificios y viviendas, es el mejor y más barato medio para luchar contra los mosquitos portadores de la malaria, tal y como sostienen la mayoría de los expertos en esta materia. Privar a los países pobres de este eficaz y asequible medio, podría condenar a la muerte a muchos millones de personas.

Entre 1950 y 1960, el DDT casi llegó a erradicar la malaria en muchos países. Por ejemplo, en Sri Lanka, los casos de malaria descendieron desde 2.800.000 casos en 1948 a 17 en 1963; en la India, de 100 millones de casos en 1935, la cifra bajó a 300.000 en 1969. Bangladesh fue declarada zona libre de malaria. El DDT también resultó ser un arma eficaz contra la malaria en el sur de EE UU y en Italia. La Organización Mundial de la Salud estima que el DDT puede haber salvado 50 millones de vidas desde su introducción en 1945. Como no podía ser menos, a su descubridor le dieron el premio Nóbel en 1948.

Actualmente, la malaria infecta a cerca de 500 millones de personas anualmente y es responsable de la muerte de 2.700.000 cada año. En el África subsahariana, muere de malaria uno de cada veinte niños. Sólo tres países -China, India y Méjico- continúan produciendo DDT, y países africanos como Botswana y Tanzania, al no poder procurarse DDT en cantidades suficientes debido a las presiones de los grupos ecologistas, tienen que recurrir a otros medios, mucho más caros y menos eficaces.

A finales de los años 70, el Dr. Roberts, zoólogo, fue a Brasil para dirigir unos experimentos sobre el control de la malaria. Construyó dos casas y roció el interior de una con DDT. Según contaba, cientos de moquitos infestaban la casa que no fue rociada, mientras que ni uno solo llegó a entrar en la casa tratada con DDT. Desde entonces, Roberts se convirtió en un acérrimo defensor del DDT. "Debemos dejar de presionar a los países para que no usen DDT. Esta actitud es inmoral", declaró.

Próximamente, en Johanesburgo, podría firmarse un nuevo tratado de Naciones Unidas sobre contaminantes persistentes de origen orgánico. Este tratado, que negocian mas de 120 gobiernos y que está respaldado por más de 260 grupos ecologistas, tiene como objetivo poner fin a la producción de doce substancias químicas, que incluyen pesticidas orgánicos, productos químicos industriales y otros derivados, incluido el DDT. Si bien es verdad que los ecologistas aceptan de cara a la galería que podrían admitirse usos sanitarios del DDT, también advierten que esos usos tendrían que someterse a la vigilancia de los firmantes del tratado. Amir Attaran, del Centro para el Desarrollo Internacional de la Universidad de Harvard, teme que las trabas burocráticas y los controles que se impondrían al uso del DDT elevarían tanto su costo para los países pobres, que en la práctica equivaldrían a una prohibición de facto.

Ante todo esto, es preciso hacerse la siguiente pregunta: ¿qué derecho tiene un grupo de burócratas y de fanáticos a condenar a la muerte y la enfermedad a millones de personas, tan sólo porque un libro les ha impresionado? Rachel Carson hablaba de la "arrogancia del hombre al pretender dominar la Naturaleza", dogma fundamental de los ecologistas actuales. Si son coherentes, seguro que se alegrarán cuando las plagas de langosta devoran los cultivos, cuando los volcanes sepultan bajo la lava a poblaciones enteras, cuando los maremotos arrasan las costas, o cuando los terremotos destruyen las ciudades. Y si fueran coherentes, deberían defender la vuelta a la edad de las cavernas, cuando el hombre no era más que un modesto depredador, acechado por mil peligros y enfermedades, y con una esperanza de vida de apenas 30 años; asimismo, deberían declarar, por ejemplo, el bacilo de Koch y el virus de la poliomelitis especies protegidas, e instar a los gobiernos a que favorezcan su proliferación, prohibiendo toda clase de vacunas y antibióticos.

La consecuencia de deificar a la Madre Tierra (culto primitivo donde los haya), es desplazar al hombre de su puesto como "señor de la Creación", para considerarlo como un vertebrado superior más. Sólo el biólogo-ecologista-chamán, iniciado en los misterios de Natura, tendría derecho a interpretar sus designios. Como ya dije en otro artículo, para los ecologistas el hombre ha roto su "contrato" con la naturaleza, al utilizar su inteligencia para dominarla y ponerla a su servicio, por lo que ya no forma parte de ella, es un ente "artificial" y debe ser castigado y devuelto a su antigua condición de primate precivilizado, o si no, ser borrado de la faz de la Tierra. Esto es, el hombre debe ser arrojado del paraíso, porque comió del "árbol de la ciencia", y sacrificar sus primicias a Gea, para aplacarla.

Al Gore se halla entre ellos. En un lugar preeminente de su despacho de Vicepresidente, en Washington, tiene colgado un retrato de Rachel Carson, y se ha mostrado en muchas ocasiones un ardiente partidario de la filosofía ecologista. Esperemos, por bien de los norteamericanos y de la Humanidad, que no llegue nunca a Presidente de los Estados Unidos.

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