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De la hipocresía al cinismo

Según la impune declaración del presidente del Ejecutivo, José Luís Rodríguez, España disfruta hoy del momento de "mayor libertad religiosa, ideológica y política de su Historia, no sólo porque lo proclama la Constitución sino porque en la práctica diaria se ejerce con pleno desarrollo y posibilidades" (enero de 2005). He aquí una muestra cruda de la fabulación y la torsión lingüística de las que hace gala el progresismo en el Poder. El líder la oposición, Mariano Rajoy, muy inspirado últimamente en el discurso parlamentario, ha calificado este género dialéctico de la provocación de "desfachatez revestida de hipocresía". Certera apreciación. Si bien, dicha al revés, nos da una caracterización más precisa del cinismo político.

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Buena ocasión, entonces, para reflexionar sobre estos términos –hipocresía y cinismo–en estos tiempos de plomo y celofán que vivimos peligrosamente, en los que la debilidad de las ideas pesa –¡quién iba a decirlo!– sobre nuestras cabezas y desorienta a tantos tontos. Tiempos en los que nada parece lo que es, envueltos como están por el velo de la mentira y el manto de la farsa, henchidos de simulacro y afectación. Toda esta demostración de despropósitos es declamada públicamente con desvergonzada arrogancia. Los ejemplos –y los daños– son incalculables, rivalizando cada día entre sí y erigiendo una progresión del descaro.
 
La hipocresía pasa por ser un término muy antipático y con muy mala prensa. Cierto. Pero no deberían ser éstos motivos suficientes para su completa impugnación. Aunque no se trata de un concepto por vindicar como paradigma del comportamiento práctico, tampoco es cuestión de sacudírselo de encima cual animal apestado. Se comprende esto en el momento en que nos percatamos de la función reguladora y civilizadora de impulsos y de salvaguardia del ámbito de la interioridad que cumple en la sociedad.
 
Retrato de François La Rochefoucauld.Diríase, aun a riesgo de parecer provocador, que desde la perspectiva de la filosofía moral y política la hipocresía no se presenta sólo como un "mal necesario", sino también como un tipo de comportamiento que, bien aprestado y dentro de un orden, desempeña una función provechosa en la sociedad, y, si se me apura, necesaria.
 
La hipocresía puede asumirse, entonces, sin extravagancia ni amago de cinismo como un peaje que el hombre debe pagar por mor de la sociabilidad: "Un homenaje que el vicio rinde a la virtud" (La Rochefoucauld); esto es, el precio que demanda la civilidad al individuo a fin de garantizar la vida en común con otros humanos. Aún diríamos más: un requerimiento de la civilización en aras de la consolidación de formas sociales más racionalizadas, menos sujetas a la espontaneidad y al instinto.
 
En la descripción que realiza Ferdinand Tönnies de los conceptos de comunidad y asociación (Gemeinschaft y Gesselschaft), describe el sociólogo alemán el paso de la sociedad tradicional, noción representada por la primera categoría, a la sociedad moderna, contenida en la segunda. La "comunidad" representa, entre otros rasgos, el ámbito humano de la manifestación abierta e irreprimida de la sinceridad en la comunicación humana, de la interpenetración sentimental de los miembros del grupo, mientras que la "asociación" comporta, también entre otras distinciones, la emergencia de la hipocresía como una forma de vínculo social fingido, articulado e integrador, llamado a reunir las acciones e intereses de los individuos, aunque sin afán de homogeneizarlos ni asimilarlos en un todo absorbente.
 
Esta circunstancia sí acontece, empero, en los esquemas de comportamiento reinantes en el mundo animal, donde la naturaleza manda y dispone sin control. O en las sociedades cerradas. Con la irrupción del mundo humano y cultural se inaugura un modo de vida, con base natural pero animado por los signos de la convención y el artificio (la cultura). Podrá tildarse de indecoroso este horizonte, mas no de “inmoral”.
 
Una regla primordial de la vida social en común es, verbigracia, la cortesía, y, en general, los buenos modales. Consisten éstos en un intercambio de cumplidos y atenciones, de señales, que buscan visualizar la preocupación de unos por el bienestar de los otros, aunque, en realidad, y en última instancia, cada cual piense en sí mismo y cuide de sus bienes y propiedades en libre competencia con los demás, sin otros frenos que los marcados por la ley. En sociedad uno no siempre debe decir lo que piensa. Tampoco, en rigor, sabremos plenamente qué es lo que a los demás les hace bien. En cambio, sí somos capaces de barruntar con suficiente certeza qué es lo que les hace mal y daña. Esta distinción es básica, pues el segundo indicio determina la guía principal de acción social y política, preferente con respecto al primero.
 
Diógenes, máximo exponente del cinismo.Supondría, con todo, un error enorme confundir la hipocresía, entendida en términos de conveniencia social y moral, con el cinismo zafio y grosero propio de la moral alicaída, a la vez que destructora. Sería asimismo una imperdonable irreverencia confundirla e implicarla con la sabia doctrina de Antístenes y Diógenes. El cínico moral contemporáneo, que nada tiene que ver con el clásico, es un ser ordinario, un bruto que deshonra el nombre mismo de la ética, uno de sus enemigos más dañinos. Se burla de la virtud, y su voluntad débil no la mueve un impulso trasgresor sino la perfidia nihilista que convierte a su portador en un farsante, un falsario peligroso. En el hipócrita social no hallamos signo de mendacidad sino de adaptación. De disimulo, pero no de simulación.
 
La hipocresía no propone apropiarse de lo ajeno, ni reemplazarlo, ni ponerse en el lugar del otro, sino ganarse lo propio, afirmar su voluntad e interés en concurrencia con los de los demás. El hipócrita acepta las reglas de juego que rigen en la vida en común, una de las cuales, tal vez la más provechosa, dictamina que a los hombres hay que instruirlos y, en última instancia, soportarlos, jamás ultrajarlos (Marco Aurelio). Enseña, pues, las cartas en ese juego que es la civilidad, y no se oculta, pero, claro está, juega sus cartas. Sabe que la virtud es superior al vicio, pero también que aquélla no siempre se impone, ni tal vez deba hacerlo. En este punto, la prudencia y la discreción superan en virtuosidad a la cruda franqueza, la abierta sinceridad y la ciega interpenetración humana. Y acaso engañan menos que éstas.
 
La Rochefoucauld colocó en el encabezamiento de sus reflexiones morales, sus Máximas, el siguiente lema: "Nuestras virtudes no son, a menudo, sino vicios disfrazados". No se vea aquí tampoco asomo alguno de cinismo, sino un sutil conocimiento de la naturaleza humana y de la sociedad, el juicio de quien tanto le repugna la bárbara procacidad como le perturba la áspera sinceridad; ambas conductas, sin duda, difícilmente soportables.
 
La observadora y curiosa hipocresía poco tiene que ver con el impúdico y falso cinismo. La hipocresía apunta a una representación medida, ordenada y –repárese bien en esto– socialmente convenida, que repercute, directa o indirectamente, en una práctica beneficiosa, no forzosamente benefactora. El cinismo implica, por el contrario, una exaltación indisimulada de improbidad, de práctica maliciosa y de doblez. Ocurre que el hipócrita no alardea de su incorrección, sino que tiende al ocultamiento y a la circunspección. El cínico, en cambio, presume de lo que sabe que es impostor o pretendido. Sobre todo, el cínico político.
 
Como hace, por ejemplo, José Luís Rodríguez y su Gobierno al felicitarse por el heroico comportamiento ciudadano de los iraquíes acudiendo masivamente a las urnas para dar portazo y decir adiós definitivamente a la era Sadam, después de haberles traicionado. O cuando el actual presidente del Gobierno presume ante los periodistas de haber estado mejor que Mariano Rajoy en aquella lamentable sesión del Parlamento español en la que se permitió a un presidente regional insultar a España y a los españoles, en su propia casa. También ZP se felicita de ello. ¿Qué es esto? Un ejemplo de perfecto cinismo político, o sea, de descaro infinito, de desprecio total por la verdad y la honestidad. De hipocresía revestida de desfachatez.

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