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LOS PELIGROS DEL POPULISMO

Democracias y democracias

Mientras se crítica a EEUU porque para votar allí es necesario registrarse, o por su sistema mayoritario, algunos proponen una democracia radical como alternativa a la antigua –y efectiva– democracia representativa. Se trataría de recuperar el principio de representación directa, a través de referendos y otras formas de participación, para devolver a los ciudadanos el control de la cosa pública.

Miquel Rosselló Arrom
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Por desgracia, estos intentos de hacer a las democracias más democráticas suelen desembocar en tiranías que someten a la ciudadanía, en lugar de liberarla de las supuestas cadenas con que la aprisionan el liberalismo y el libre mercado. Por otro lado, no son hechos aislados en la historia, sino que se repiten con cierta frecuencia, para horror de quienes los sufren. 
 
Estamos hablando de modelos que están cobrando difusión en el continente americano gracias a los petrodólares del etnopopulista Hugo Chávez. Al otro lado del Atlántico, algunos nostálgicos de la Europa comunista y de Mayo del 68 defienden un modelo de democracia radical que revitalice al centenario Estado-Nación y no dudan en apoyar a los nuevos populismos que se han hecho con el poder en Venezuela y Bolivia.
 
Mientras que el sistema mayoritario asegura la responsabilidad de los representantes ante los electores mediante la celebración periódica de elecciones, en las que se premia o castiga la labor de aquéllos, la democracia directa es una forma renovada de dictadura encubierta. No todos tenemos el tiempo, el interés o los conocimientos necesarios para legislar según las necesidades de la sociedad, pero sí somos capaces de reconocer a los más aptos, a los que mejor gestionan, a los más honrados. En nombre del pueblo pueden cometerse las mayores atrocidades; no dudo del buen juicio de mis semejantes para decidir lo que más les conviene, pero sí dudo de que lo tengan para decidir lo que más me conviene a mí. Permítanme ser libre, en lugar de obligarme a serlo.
 
La experiencia histórica demuestra que aquellos que, en la época moderna, han pretendido perpetuarse en el poder han buscado la legitimidad de las urnas mediante plebiscitos. Desde Napoleón hasta Franco, pasando por Hitler, la gente era convocada a las urnas para decidir libremente la eternización de regímenes totalitarios. Todo contra el pueblo... gracias al pueblo. Esos referendos ofrecían al ciudadano-súbdito la posibilidad de elegir entre el voto favorable al régimen o el voto favorable al régimen. Ésa era la disyuntiva.
 
Venezuela no supone una excepción a esta experiencia, y lo que se conoce como referendo revocatorio no se diferencia de esos plebiscitos demagógicos y amañados en que el único resultado posible es apoyar al dictador y legitimarlo ante un pueblo enmudecido y sometido. Peor es la legitimación que recibe su gobernante en la arena internacional de manos de aquellos que están dispuestos a tratarlo como a un igual, ya sea en el seno de las Naciones Unidas o en los tratados bilaterales.
 
El caso de Venezuela ejemplifica con nitidez hasta qué punto ese tipo de votaciones son una muestra de falta de libertad. No se trata simplemente de que los medios no tengan libertad de expresión, de que se falseen los resultados o de que los derechos de los ciudadanos sean quebrantados. Los miembros y simpatizantes de la oposición son atemorizados, perseguidos, encarcelados o asesinados. Están cayendo, literalmente, estudiantes que se oponen a los desmanes de Chávez, y se está persiguiendo a los tres millones y medio de venezolanos que suscribieron la petición de celebración de un referendo revocatorio del mandato de Chávez (consulta que finalmente se llevó a cabo en agosto de 2004).
 
Hugo Chávez.Para mejor acosar a los tres millones de personas que pidieron que se celebrase la citada consulta, el régimen chavista se ha dotado de un programa informático, el Maisanta, basado en las denominadas "listas Tascón", recopiladas por el diputado chavista Luis Tascón. Los perseguidos son a menudo despedidos de sus empleos (especialmente si trabajan en el sector público), se les ponen innumerables trabas a la hora de solicitar el pasaporte, se les niegan créditos en la banca pública... Se trata de formas y mecanismos encubiertos o difusos, o muy estentóreos, de ejercer un control real sobre los desafectos al chavismo.
 
¿Y qué hace la sociedad internacional cuando se produce este tipo de cosas? Nada. Si acaso algunos se quejan –poquito–, otros callan, y los más visionarios aplauden. Por desgracia, entre los entusiastas se cuentan el Gobierno español y no pocos intelectuales de nuestro país.
 
A pesar de prácticas como las chavistas, todavía hay quien quiere exportar este modelo. Olvidan, en su crítica al imperio yanqui, que algunos estados de la Unión americana disponen de un mecanismo (recall) que permite separar del poder a un gobernador, a mitad de mandato, si así lo deciden los ciudadanos mediante un referendo. Así, fue un recall lo que permitió a Schwarzenegger hacerse con la gobernaduría de California.
 
Ciertamente, el recall ha ido desapareciendo de las leyes estadounidenses, ante el riesgo de que, en lugar de fiscalizar la labor de los representantes, sirva para abrir el paso a la demagogia populista, pese a las muchas garantías y precauciones del sistema norteamericano, garantías y precauciones que no se dan en Venezuela.
 
El próximo 2 de diciembre se votará en Venezuela la reforma constitucional que eternizará a Chávez en la Presidencia y le otorgará poderes imperiales, no sometidos a control alguno. Asimismo, se pretende reducir la jornada laboral a seis horas –a los socialistas les encanta crear pobreza, para luego repartirla entre todos– y establecer nuevas formas de propiedad, como la popular y la pública. Es decir, que se busca usurpar a muchos el fruto de su trabajo en beneficio de unos pocos que dicen hablar en nombre de todos. Esos pocos tienen nombres y apellidos: Hugo Chávez, sus sicarios y sus gorilas.
 
 
 
MIQUEL ROSSELLÓ ARROM, autor del blog Politeia y miembro del Instituto Juan de Mariana.
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