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ECONOMÍA

Devaluación o ajuste interno: no es lo mismo

Decía Krugman recientemente en un artículo en el New York Times que España es prisionera del euro y que a nuestro país no le queda más remedio que realizar una fuerte "devaluación interna", esto es, bajar precios y salarios para volverse más competitivo y poder corregir su galopante déficit exterior.

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Para el estadounidense, resulta evidente que habríamos estado mejor fuera del euro, pues en tal caso nos habría bastado con una depreciación de nuestro tipo de cambio para solventar todos nuestros desequilibrios; pero como estamos dentro, y como no nos podemos permitir salir, sólo nos queda la deflación.

Por desgracia, la opinión de Krugman es hoy compartida por la inmensa mayoría de economistas, quienes ven en la manipulación del precio del dinero un camino fácil hacia la resolución de todos los problemas económicos. Incorrectamente, se equipara la depreciación del tipo de cambio con la deflación interna de precios: lo mismo da que bajemos todos nuestros precios y costes un 5% y el tipo de cambio se mantenga constante, o que el tipo de cambio se deprecie un 5% y los demás precios internos se mantengan estables. La única diferencia, sostienen, es que el ajuste de los tipos de cambio es mucho más rápido que el de los precios internos, por lo que resulta preferible. Grosso modo, ése ha sido el argumento popularizado desde 1953 por Milton Friedman, pope de las devaluaciones y, esquizofrénicamente, de muchos liberales en lo económico.

Bien, el problema de esta simplista teoría es que la deflación interna de precios no es equivalente a la depreciación del tipo de cambio, por un detalle muy simple: la depreciación reduce proporcionalmente todos los precios internos de la economía y encarece proporcionalmente todos los precios exteriores. En cambio, la deflación interna reduce selectivamente sólo algunos precios; otros se mantendrán, y puede que haya alguno que se encarezca. En otras palabras, la depreciación afecta a nuestro nivel absoluto de precios y la deflación corrige las distorsiones en los precios relativos. Y, créanme, la diferencia no es pequeña.

Imaginen que, por un lado, tenemos una empresa que produce pisos carísimos utilizando como materia prima unas canteras españolas y que, por otro, nos encontramos con una compañía que produce ropa baratísima para los españoles comprando el algodón en el extranjero. Nuestra economía necesitaría vender algunos pisos fuera para poder pagar el algodón, ya que en caso contrario acumularíamos un déficit exterior (deuda que en algún momento habría que pagar mediante exportaciones). En esta situación existen dos alternativas: o la compañía ineficiente que produce pisos carísimos los rebaja, para que a los compradores extranjeros les interese adquirirlos (si es incapaz de construir pisos suficientemente baratos, debería trasladar los factores o fabricar otro tipo de bienes), o depreciamos nuestro tipo de cambio para que a la empresa eficiente le salga más caro comprar fuera y a la promotora ineficiente le resulte más sencillo enajenar los pisos sin dignarse a bajar su precio.

Con este esquema reduccionista es teóricamente posible minorar el déficit exterior por ambas vías. Pero aun en tal caso los dos caminos no son igual de efectivos. Cuando es la economía la que reajusta su estructura productiva y sus precios relativos, la empresa textil eficiente sigue especializada en aquello que mejor sabe hacer y la empresa ineficiente se ve impelida a mejorar la calidad de lo que vende o a vender más barato (para lo cual le será necesario reducir costes, incluyendo los de los trabajadores que emplee): es decir, hay algunos precios que se mantienen (los del textil, que son aquellos que generan un mayor valor) y hay otros que caen (los de los inmuebles y los salarios y las rentas de sus trabajadores y capitalistas, por ser quienes generan un menor valor añadido).

Por el contrario, cuando el ajuste tiene lugar mediante una depreciación del tipo de cambio, la compañía ineficiente prospera a costa de la eficiente: la empresa textil debe comprar menos algodón fuera (lo que supone producir menos vestidos... y más caros) para que la inmobiliaria no tenga que reajustarse y reducir sus precios. Tras el encarecimiento del textil, los consumidores nacionales se verán obligados a comprar más pisos y menos vestidos (cuando preferían los segundos a los primeros), y los consumidores extranjeros deberán quedarse con gran parte del algodón que su compañía algodonera ya no puede colocar en el mercado nacional (allí donde era más valioso).

Dicho de otra manera, la depreciación destruye la división internacional del trabajo –cada mercado se repliega y se rompen los lazos comerciales con otros países– y empobrece a los individuos que generan un mayor valor añadido a cambio de que el resto no se empobrezca tanto (mediocridad). Por el contrario, la deflación interna empobrece únicamente a aquellos que han dejado de generar valor y todavía no se han reorganizado, y premia a quienes sí lo han hecho (excelencia).

Envilecer la moneda puede ser en algunos casos un camino más rápido para corregir los desajustes –pero no siempre: Estados Unidos redujo en 2009 su déficit exterior tanto como España pese a que el dólar se depreció un 15% frente al euro–, aunque también será más distorsionador y en ocasiones incluso contraproducente; pensemos que no sólo importamos bienes de consumo de las empresas extranjeras más eficientes, sino materias primas y bienes de capital que permiten que nuestras propias empresas sean eficientes y competitivas en el exterior. La deflación interna podrá ser un proceso más lento –en especial cuando los bancos centrales refinancien a perpetuidad a los productores ineficientes y cuando los Gobiernos y los lobbies sindicales bloqueen cualquier reajuste–, pero mucho más preciso y siempre bien orientado.

Ante una gangrena, podemos practicar cirugía para retirar los tejidos específicamente dañados o cortar el brazo entero... que Dios elegirá a los suyos. De hecho, si de eliminar el déficit externo se trata, otro paliativo aun más veloz que la depreciación sería cerrar las fronteras, prohibiendo exportaciones e importaciones; agresivo para la economía, sí –el 99% de las empresas quebraría–, pero eficacísimo para el estrecho objetivo buscado.

Así pues, puede que el euro esté siendo una medicina muy dolorosa, pero la causa no hay que buscarla en que nos estemos crucificando en la cruz de la moneda única, sino en que los Gobiernos están restringiendo tanto como pueden cualquier reajuste interno de precios, salarios y cantidades. De no estar sometidos al euro, haría tiempo que habríamos devaluado tratando de vender a ingleses y alemanes pisos que no habrían bajado ni un duro de los 50 ó 100 millones de pesetas, pero con una peseta más barata que el pengo húngaro. Puede que con ello hubiésemos machacado inmisericordemente a toda la industria interior que depende de la importación de petróleo, o que hubiésemos empobrecido a los exportadores extranjeros que nos vendían la mejor mercancía al menor precio; pero, al cabo, habríamos acabado con nuestro déficit exterior sin sangre, sin sudor y sin lágrimas. O más bien, sin sangre, sudor ni lágrimas para los promotores ineficientes, que deberían haberse reajustado y que no lo hicieron gracias a una despiadada sangría del resto de la economía nacional y extranjera. Comprenderá el lector por qué, entonces, si todos los países emprendieran la senda de las devaluaciones competitivas –tratando de defender su industria frente a la depreciación empobrecedora de las divisas extranjeras–, terminaríamos todos tuertos y con el ajuste sin hacer. Al final es simple: o permitimos que los países se especialicen de acuerdo con sus ventajas competitivas (manteniendo tipos de cambio fijos) o permitimos que los banqueros centrales y los Gobiernos manipulen las ventajas competitivas de cada país corroyendo el valor de las divisas (tipos de cambio flexibles).

Así pues, no nos cebemos tanto con la disciplina que impone el euro; apuntemos a los auténticos culpables de nuestro estancamiento: los políticos que impiden que transitemos por el camino que debiéramos al mantener y aprobar absurdas regulaciones que bloquean cualquier reajuste. La depreciación puede ser en algunos casos un atajo antipolíticos, pero un atajo que premia el rufián buscador de rentas y castiga al ingenioso servidor del consumidor. Nunca hacer las cosas bien será equiparable a hacerlas de manera chapucera; y la depreciación y demás salidas de políticos cerriles son unas chapuzas que nos salen muy caras.

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