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ECONOMÍA

Día de huelga

29 de marzo. Día de huelga y de lucha de clases. No por anacrónico al margen de la actualidad. Los sindicatos de clase, tan hartos están de que el gobierno quiera "acabar con todo, con los derechos laborales y sociales", que optan por llevarse por delante derechos –de los de verdad, los derechos negativos– de quienes osan cruzarse en su camino.

La reforma laboral aprobada por el Partido Popular el pasado febrero ha sido el detonante del clamor de los sindicatos contra políticos y empresarios. Los términos han ido cambiando algo con el paso de los años. De proletariado se ha pasado a otro más suave, pero igualmente engañoso: trabajador. Como si un autónomo, un empresario, un capitalista o cualquier otra figura productiva no fueran también trabajadores.

Las formas, algo han ido cambiando, aunque más bien poco. El trasfondo es el mismo. Todo este lenguaje, cuya violencia aquellos que lo profieren no hacen demasiado esfuerzo por ocultar, nos retrotrae a Marx y su flamante apuesta contra el capitalismo. Con todo, reconoció del capitalismo que era un paso necesario en el camino hacia el estado ideal, el comunismo, al cual se llegaría por la vía de la lucha de clases. Con ello llegaría el fin de la historia. El paraíso en la Tierra. Así pues, la suya fue una teoría explicativa de la crisis del capitalismo. Sus miles de páginas así lo atestiguan. Son varias las teorías de Marx que se entrelazan para explicar un mismo final, el del capitalismo.

Böhm Bawerk mantuvo una acerada polémica con él a cuento de la teoría de las plusvalías marxista, lo que quedó plasmado, por ejemplo, en el primer volumen de Capital e interés, dedicado a la teoría de la explotación (también en otro escrito posterior: "La conclusión del sistema marxiano"). El empresario, según Marx, se apodera de las plusvalías del trabajador. Dicho de otro modo, las ganancias del empresario proceden del esfuerzo, se diría que físico, del trabajador. Rapiña y se apropia de su trabajo al tiempo que le mantiene con un salario de subsistencia. Este discurso no es nada lejano a lo que escuchamos en la actualidad. No nos es ajeno, y menos estos días, en que empresarios o banqueros están en el punto de mira (y de ira) de los sindicatos.

La respuesta del discípulo de Menger no se hizo esperar. La remuneración de un asalariado está en función de su rentabilidad marginal esperada. Y es esperada en tanto que todo proceso productivo requiere de un período de maduración. El capitalista adelanta las remuneraciones a los integrantes de la empresa con la esperanza de que la rentabilidad del proyecto responda a sus expectativas iniciales. Aplica, pues, un tipo de descuento, que no es otra cosa que su coste de oportunidad o, dicho de manera más sencilla, la tasa de beneficio que espera obtener.

Asimismo, el asalariado se mueve en un mercado. El empresario pagará como máximo la parte que se corresponda con el rendimiento marginal esperado, pero si hay gran abundancia de trabajadores con equivalente especialización, éstos competirán entre sí y los salarios seguramente tenderán a la baja. Al revés, si se han especializado en una actividad con futuro, en la que haya pocos profesionales con formación equivalente y una importante demanda de éstos, la empresa pujará con fuerza por tal recurso escaso e impulsará las remuneraciones al alza, teniendo como tope el rendimiento marginal que espera obtener con su contratación.

Otro problema en la teoría de Marx y que Böhm Bawerk destapó tiene que ver con la aplicación de una teoría objetiva del valor, que provenía de clásicos como Ricardo, de tal forma que la remuneración de un asalariado deba estar en consonancia con la cantidad de trabajo aportada. Este objetivismo lleva al absurdo de que, con tal de echar horas de trabajo físico a una tarea, la remuneración debería ser máxima. Pero todos hemos escuchado este tipo de quejas en los bares: "Estos jugadores del Atlético son unos mercenarios que no sienten los colores y cobran millonadas mientras no dan un palo al agua". Cuánto trabaja en horas un futbolista. Sinceramente, creo que no mucho. Hoy día, creo que dedican más tiempo a la peluquería o a ponerse tatuajes. Cuál es el rendimiento real del jugador citado: ya vemos que la misma afición piensa que más bien magro.

Pero, año tras año, las esperanzas llevan a que el rendimiento económico esperado por el empresario (quién lo es en el Atlético...) sea alto, y por eso remunera mucho al jugador. Los mismos aficionados lo reconocen: "En el fondo, somos nosotros los que propiciamos esto; deberíamos dejar de ver partidos". Pero el fútbol es adictivo. El club está dispuesto a pagar mucho porque son muchos los aficionados del Atleti que pagan entradas, o mucho lo que pagan las televisiones por hacerse con los derechos de emisión de los partidos, o mucha la publicidad generada... Vemos que es la demanda lo que tira de la oferta en la formación de los precios del factor trabajo, y no el si se trabaja poco o mucho: los jugadores de segunda división seguramente dediquen las mismas horas que los de primera.

En el caso del fútbol, como la cantidad de jugadores de primer nivel es limitada y el servicio que dan al público muy deseado (hay una gran demanda de partidos), habrá poca competencia de jugadores de calidad y mucho margen para que el empresario pague salarios crecientes. Son los jugadores los que, por así decir, tienen la sartén por el mango.

El anterior es tan sólo un ejemplo entre miles. Pero es un ejemplo en el que las plusvalías tomadas por el capitalista o empresario no se vislumbran por ningún lado y en el que la remuneración no atiende a factores objetivos, sino a unos tan subjetivos como el amor a unos colores. ¿Falcao puede considerarse explotado por Cerezo, si cobra mucho más que él (y supongo que trabajará menos horas)? Cualquier teoría debería ser general.

A muchos les gustaría que la remuneración del trabajo fuera algo objetivo y la economía, algo prácticamente planificable. Tanto trabajas, tanto vales. Es por ello que el mercado se ve con extremo recelo. El mercado es el consumidor (y el productor). Cuando se habla de "soberanía del consumidor", por más que la expresión sea más o menos feliz (hay discusiones algo bizantinas al respecto), se hace hincapié en un primer elemento que caracteriza a aquél: su capacidad de decidir a quién comprar, qué adquirir y qué deja de adquirir y por cuánto. El productor está subordinado a él.

De repente, el consumidor deja de sernos fiel. Encuentra un proveedor que atiende mejor sus deseos, necesidades, caprichos... y cambia. De un día para otro dejamos de tener mercado. Esto ya lo explicó Mises con sabia ilustración en La acción humana.

Evidentmente, los factores productivos se ven afectados en este proceso. Si los mismos (trabajadores, locales comerciales, computadores) tienen salida en un mercado vivo, con suficiente demanda, el resultado de la infidelidad de los clientes habrá afectado gravemente al empresario, que deberá liquidar la empresa o reinventarse. Pero los factores tendrán fácil reubicación en nuevos fines empresariales y no habrán perdido valor. De no tener fácil reubicación, probablemente estemos ante una crisis en el sector en que opera esa empresa o en el conjunto de la economía. En estos casos, sobre todo en el segundo, el consumidor deja de comprar de manera generalizada, aunque siempre se deshace de unos bienes más que de otros (vivienda o coches se demandan menos), y también incurre en sustituciones (Mercadona por El Corte Inglés, por ejemplo).

En resumen, el consumidor es infiel y caprichoso, y no siempre tiene la misma capacidad de compra (como se ve ahora, en esta crisis), lo que pone al sector productivo en situación de alarma. Casi todas las visiones y teorías sobre la realidad tienen sus posos o porciones de verdad.

Es cierto que la infidelidad crea incertidumbre, pero al mismo tiempo abre la puerta a un universo de posibilidades inimaginable. Hablamos de la "destrucción creativa" de Schumpeter. Efectivamente, el consumidor infiel lo es porque pasa a aceptar una propuesta de valor alternativa que le satisface mejor. Sólo gracias a ello surge una sana competencia por hacerse con su favor, y miles de empresarios e investigadores se afanan en crear una gama creciente y variada de bienes y servicios a precios decrecientes. Sólo así podrán encandilar al consumidor.

El segundo elemento, el de la capacidad de compra del consumidor, nos lleva inevitablemente, dado el sistema financiero de los países occidentales, a los ciclos económicos. No en vano parte de la volatilidad de las compras de los consumidores se debe al efecto que tienen en los hábitos de compra y endeudamiento los ciclos en su fase alcista. Pero en la fase de auge poco importan a los sindicatos o al gobierno la situación y los costes laborales. Todo es jauja, pleno empleo de factores, mucha producción y consumo... El problema viene cuando da la vuelta la tortilla y el consumidor deja de consumir tanto (por falta de ingresos estables, devolución de deuda, etc.) y cambia hábitos por versiones low cost de los mismos. El gobierno hace la reforma laboral para favorecer la creación de empleo y los otros pían contra empresas y banqueros (y gobierno).

Las mentes con aversión a los cambios, a la libertad, a su propia creatividad, en no pocos casos acaban abrazando teorías que, por erradas que sean, crean una falsa seguridad al dibujar un mundo estático, predecible, ideal. Un mundo sin sorpresas, por más que muchas de las sorpresas desagradables en la economía procedan de la intervención pública, ésa que iba a ser capaz de mantener todo el engranaje productivo estático y sin sobresaltos. Paradójico, ¿no?

La realidad es más fuerte que la ideología, y cuando se pierde en el campo de la argumentación racional se suele acudir al mamporro y la demagogia para intentar prevalecer.

 

© Instituto Juan de Mariana

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