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MúSICA CLáSICA

Discos del siglo

Acaba de morir -de muerte natural, eso sí- el siglo XX, al que los melómanos podemos llamar, con total justicia, “el Siglo de los discos”. Por eso, dedicamos hoy esta página a repasar algunos “discos del siglo”, algunos logros de ese invento tan del siglo XX que se constituye, por sí mismo, en herencia musical para la historia de la cultura moderna.

Carlos de Matesanz
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A finales del XIX se consiguió la posibilidad de plasmar fonográficamente el sonido. Y el sonido más bello, que es la música, ha pervivido en ese invento, no sólo como un legado, sino también como un arma de doble filo que ha modificado fundamentalmente el mundo de la música; especialmente la ligera, inconcebible tal y como hoy la conocemos sin el disco... pero también, aunque en menor medida, el de la clásica.

A lo largo de la centuria recién extinta, todos los rincones del planeta (o casi) han tenido acceso a interpretaciones musicales gloriosas que, de no ser por el disco, hubieran podido disfrutar tan sólo unos pocos. Obras maestras del repertorio y grandes estrellas de la interpretación han hecho más felices al mundo (un mundo afligido durante todo el siglo por grandes guerras) en grabaciones que traemos a esta página, en una selección subjetiva y necesariamente incompleta, pues, afortunadamente, son muchas. Sin embargo, los monumentos colosales de la fonografía tampoco son tantos, y entre ellos destaca con luz propia el “Tristán e Isolda” de Wagner, dirigido por Wilhelm Furtwängler (EMI 5 56254 2), como un documento de inigualable intensidad, con un reparto ideal encabezado por la gran soprano Kirsten Flagstad, Isolda única.

Y, a propósito de sopranos, no debemos olvidar un capítulo fundamental en la historia de los intérpretes modernos: la gran Maria Callas, que en su grabación de “Tosca” de Puccini, dirigida fabulosamente por Victor de Sabata (también EMI, 5 56304 2), nos lega el exacto retrato de lo que ha de ser una auténtica artista en el resbaladizo terreno del drama italiano.

Sin embargo, no todas las grabaciones han de ser añosas y monoaurales, como las ya citadas. A finales de los 80, y grabada en vivo, aparecía, dirigida por gran Carlo Mª Giulini, la más conmovedora grabación de la Novena Sinfonía de Bruckner, obra inconmensurable... más aún en esta interpretación con la Filarmónica de Viena (Deutsche Grammophon 427 345-2). En el mismo lugar, con la misma orquesta y para el mismo sello, había grabado Karl Böhm, casi dos décadas antes, en 1971, el más intenso y grandioso Requiem de Mozart que se conserva en discos (Deutsche Grammophon 413 553-2).



Y ¿qué me dicen de los grandes pianistas que en el siglo han sido y han grabado? Sviatoslav Richter y sus abismales interpretaciones de Schubert y Haydn (en Decca), Alicia de Larrocha y sus Albéniz y Granados inigualables (también Decca), Glenn Gould y su Bach único (en Sony), Emil Gilels con su Beethoven poderoso o Arturo Benedetti Michelangeli y su Debussy sublime (ambos de Deutsche Grammophon) o ese caballero como la copa de un pino que fue el chileno Claudio Arrau y que, a pesar de su avanzada edad, nos legó una semi-integral de la música para piano de Schumann en siete discos, llena de momentos irrepetibles (Philips 432 308-2).




El disco ha sido fundamental en el desarrollo y difusión de una nueva corriente musicológica en la última mitad del siglo: la interpretación de la música antigua con instrumentos originales y con criterios “filológicamente correctos”, que nos ha restituido un sonido que, por lo antiguo, nos resulta totalmente nuevo. Pionero discográfico de esa corriente fue el austriaco Nikolaus Harnoncourt, director que sorprendió al mundo con unas grabaciones de las óperas de Monteverdi que revolucionaron el panorama musical durante mucho tiempo. De hecho, pasados los años, la ópera “L’incoronazione de Poppea”, grabada después varias veces, sigue sin ser igualada en la interpretación que Harnoncourt nos dejó al frente del Concentus Musicus Wien, con Elisabeth Söderström, Helen Donath y Cathy Berberian (Teldec 2292-42547-2).




Y, para terminar, permítanme ustedes, estimados lectores del nuevo milenio, rememorar una joya discográfica que siempre ha sido reconocida como tal y que es británica por los cuatro costados: el álbum que reúne el Concierto para violoncello y los Cuadros marinos de Elgar, con tres grandes nombres de la música inglesa: la violoncellista Jacqueline Du Pré, la mezzosoprano Janet Baker y el gran director John Barbirolli (EMI 5 56219 2). Rara vez se han reunido músicos de tal altura en un estudio de grabación y en pocos discos se puede encontrar tanta música en estado puro como en éste.



Éstos y tantos otros momentos maravillosos que nos ha deparado ese “invento del siglo” que es el disco, son, sin duda, eximentes insoslayables que la pérfida técnica que ha corrompido el mundo y que lo lleva hacia su perdición, podrá presentar el día del Juicio. Porque, gracias a ellos, los hombres hemos podido ser un poco más felices. Y lo mejor es que, con ellos, podemos seguir siéndolo. Ojalá el nuevo siglo nos depare más discos así.
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