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El aire de los tiempos

Zeitgeist es la palabra alemana para designar lo que nosotros llamamos aire o espíritu de los tiempos. Tal como se lo suele concebir, pertenece a lo peor de la filosofía romántica. Y digo esto porque en el pensamiento de Hegel, que fue quien acuñó el concepto, cumple un papel diferente.

Ahora bien: el que un concepto sea reaccionario no significa que no describa una realidad. Siempre hay un conjunto de ideas o, más exactamente, de ideologemas que definen una época. Pero tan cierto como eso es que todo progreso se da por oposición a esa suma ideológica. Eso es lo que hace que lo reaccionario por excelencia en nuestros días sea lo progre, que es lo que es, con matices, casi todo el mundo. Lo que equivale a decir que conforma lo que nos hemos acostumbrado a llamar centro político.

El PSOE, dice la prensa, es un partido de centro-izquierda; y el PP lo es de centro-derecha. Lo más inquietante y lo peor de los dos partidos se encuentra precisamente en la zona común, y allí es donde se inicia la perversión de la democracia.

Por ejemplo, en el centro se encuentra la política relativa a la energía nuclear. El PSOE es, más por hábito que por reflexión, antinuclear. Como casi todas las izquierdas que en el mundo son, ha olvidado que con radiaciones se trata el cáncer o que con centrales nucleares se produce una parte sustancial de la energía que se consume en el planeta. Ellos se han quedado en Hiroshima: nuclear es igual a bomba, y eso está mal, a menos que se le ocurra a Ahmadineyad. No voy a pedir a los socialistas que, además de eso, piensen en el problema de la dependencia del petróleo como una cuestión de soberanía, y mucho menos como una parte sustancial de la expansión islámica. Sería demasiado pedir, sobre todo, teniendo en cuenta que, cuando se parte de la alianza de civilizaciones, ese problema no existe.

Mariano Rajoy.Pero resulta que el PP no es capaz de presentarse a unas elecciones diciendo que se propone construir tres o cuatro centrales nuevas en territorio español: prefiere seguir viviendo en la hipocresía de comprarle energía nuclear a Francia a dañar su imagen con una política positiva. No puede hacerlo porque se lo impide el Zeitgeist, es decir, lo que el común de las gentes da por bueno en lo ideológico: nuclear no, con logotipo y todo.

Claro que ese Zeitgeist no es una consecuencia de la historia, como en los remotos tiempos de Hegel, sino un producto de la ingeniería social de las izquierdas largamente gobernantes, que han mezclado en la misma olla podrida el cadáver de Lorca, Chernobil, el abuelo de Mr. Bean y la visita de Eisenhower para lograr que en la cabeza de la gente predomine la noción Nuclear No, malo, caca, eso no se toca. (Hasta que los franceses se cansaron de tener contenedores nucleares para los desechos ibéricos; y entonces aparecieron como setas los alcaldes que reclamaban para sí el privilegio de alojar cementerios si con su construcción venían subvenciones, lo que no significa que hayan cambiado de idea, sino que les importan un carallo los riesgos supuestos de la instalación si hay una pasta de por medio).

Otro ejemplo ejemplar: el empadronamiento de los inmigrantes. Cualquier intento de discutir seriamente el problema de la inmigración –porque es un problema, sin duda– está condenado de antemano, y quien lo pretenda es tachado de xenófobo, racista y cosas peores. Pertenece al Zeitgeist, a lo que no admite discusión general, a lo que nos metieron y nos meten en la cabeza. Y ni hablar de someter a referéndum una ley de extranjería o de residencia, generosa y no retroactiva pero tajantemente reguladora. A quienes mejor les viene el Zeitgeist a estas alturas es, seguramente, a Mohamed VI y a los estafadores de las pateras. Siempre, en todos los gobiernos desde 1982, se dieron soluciones apañadas de prisa y corriendo, y siempre por única vez, aunque se han repetido hasta el cansancio.

Más ejemplos: la reforma del Código Penal, con endurecimiento de las penas y la inclusión, más que razonable, de la cadena perpetua, existente en países de nuestro entorno, más desarrollados y civilizados que el nuestro, todo hay que decirlo, y en los malvados Estados Unidos. Hay crímenes que invalidan definitivamente a sus autores para vivir en sociedad, sin reinserción posible. No abogamos por la pena de muerte, porque cabe la posibilidad de que un individuo o una individua sean encontrados inocentes después de la condena (casi todas las películas americanas contra la pena de muerte se centran en historias de ese estilo). Ha ocurrido en España recientemente porque las técnicas de identificación de ADN, posteriores a las sentencias, hicieron polvo las pruebas circunstanciales que habían llevado a conclusiones erróneas, pero en esos casos daba lo mismo que la pena fuera de treinta años o perpetua: el inocente sale en libertad, el Estado repara en lo posible y santas pascuas; en cambio, nadie se levanta de la silla eléctrica. Pero el Zeitgeist nacional reacciona mal ante la pretensión siquiera de hablar del tema, y María Antonia Iglesias se permite decirle a Juan José Cortés (y, de paso, a la madre de Sandra Palo) que acabe con su circo. ¡Nada menos!

Por último y como aviso, porque lo que sucede en Francia (hasta la revolución de 1789, con la debida lentitud) acaba por suceder en España: el tema del burka es intocable. En especial para esas señoras que no quieren ser madres ni meretrices (palabra obsoleta donde las haya: a la ministra le faltó decir "cortesanas"). Las señoras tienen derecho, dice el Zeitgeist –insisto, lo que la ingeniería social metió en la cabeza de la gente–, a andar por el mundo con la cara tapada o, como se dice para hacerlo menos repugnante, el rostro cubierto.

Creo que podemos coincidir en que eso no es un derecho, sino una imposición brutal. Pero también que no se puede permitir que el rostro se cubra. La información de prensa es hasta graciosa a este respecto: no se podrá entrar con burka en las ventanillas de la administración, en los bancos, en las escuelas, en los transportes públicos y en los hospitales. Administración y bancos no cuentan: esas mujeres no tienen nombre ni mucho menos cuentas corrientes. Pero los que nos pasamos meses, tras el 11-M, mirando con recelo a todo aquel que entrara en un vagón de tren, o de metro, o en un autobús, con una mochila no vamos a admitir de buen grado que suba alguien –no sabemos si hombre o mujer si no le vemos ni la cara– completamente tapado y con ropas muy, muy holgadas: ¿qué llevará debajo? ¿Un cinturón explosivo? ¿Un Kalashnikov? De escuelas y hospitales, ni hablar: ¿quién es la persona que da el examen? ¿Y quién la que va a que la visite el ginecólogo en presencia de un intimidante marido?

Francia –o, para ser justos, Bonaparte, que lo sabía casi todo– inventó la identidad, proveyó a todo el mundo de un apellido y un domicilio. Consecuentemente, después de Waterloo, la línea continuó y fue el primer país que incorporó la fotografía a los documentos personales. Pero el espíritu de los tiempos, que es, en suma, la corrección política, dice que hay que respetar los derechos de la minoría musulmana en un país constitucionalmente no confesional y de prolongado predominio cultural católico. Y esos derechos representan puro atraso, hacen retroceder las cosas hasta antes de Bonaparte. No obstante, hay que buscar mil subterfugios y centenares de palabras que digan pero no digan lo obvio: el ciudadano es una persona con nombre, domicilio, firma y cara. Y si no, no es.

Necesitamos que los partidos se alejen del centro, del Zeitgeist, y se pronuncien en sus programas sobre todas estas cosas.


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