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ADELANTO DEL NUEVO LIBRO DE PÍO MOA LOS NACIONALISMOS...

El desastre del 98: Planteamiento

Pío Moa publicará próximamente un nuevo libro, titulado Los nacionalismos catalán y vasco en la historia de España, como adelanto editorial del cual, Libertad Digital ofrece esta semana la decimotercera entrega. El libro aparecerá en Ediciones Encuentro, el mismo sello que publicó su trilogía sobre la segunda república y los orígenes de la guerra civil española.

Pese a las denuncias nacionalistas, era comprensible que la catalanes y vascos no lograsen sentirse esclavos. Cierto, el vascuence y el catalán no eran oficiales en sus regiones, pero, dado el impulso que tomaban por entonces, cambiar tal situación sólo era cuestión de tiempo; en cuanto a los tan invocados fueros, constituían quizá la mejor receta para quebrar la prosperidad regional. Por lo demás, vascos y catalanes disfrutaban de los mismos derechos que los demás españoles, sus hombres y sus nombres aparecían en los organismos políticos y en la cultura general de la nación, influían decisivamente en la política económica de “Madrid”, etc. Y el régimen liberal permitía a los nacionalistas hacer propaganda, asociarse, obrar, a menudo en desafío a la ley, o presentarse a elecciones, desmintiendo con ello las terribles “persecuciones” alegadas (1)*.
 
Y así, volviendo un poco atrás, al llegar 1898 el nacionalismo y el regionalismo catalán, todavía sumidos confusamente en el movimiento catalanista, distaban de presentar un panorama brillante. Lo describe Francesc Cambó, que pronto descollaría en el nacionalismo: “el catalanismo tenía un carácter puramente platónico. Sus adeptos eran los soñadores y los protestatarios, los idealistas y los hombres de mal genio. En Barcelona eran catalanistas los literatos, los artistas, algunos catedráticos y algunos núcleos de juventud (…) Fuera, el catalanista que solía haber en cada pueblo, era generalmente un visionario de mal carácter, pero inofensivo (…). Ni en la masa ni en las corporaciones el catalanismo tenía ninguna influencia. (…) Como los catalanistas no estorbaban a nadie (…), y como entre ellos había personas de calidad, les rodeaba un ambiente de benévola consideración”.
 
En Vascongadas, a Arana le iban aún peor las cosas. Tras  cinco años de intensa misión recogía parcos frutos, y caía a veces en el desánimo. Transcurrían “días y meses y años enteros sin que los vizcaínos rompan la venda que les impide ver su extravío, sin que conozcan la esclavitud de la Patria”. No sólo eso, “muchos bizkaínos, habiendo llegado a comprender la justicia y la bondad de la patria causa (…), encógense, no obstante, de hombros y la miran con indiferencia (…), si ya no demuestran su ignorancia riéndose como idiotas”. “Hemos convencido a muchas inteligencias; hemos persuadido a muy pocos corazones (…) Ya no hay corazones en Euskeria”. En fin, “¡Cuán difícil y penosa es la labor que nos hemos impuesto, de soltar la venda que ciega los ojos de los bizkaínos”.
 
Por eso, al llegar 1898, “el partido nacionalista no es por hoy nada temible por razón del exiguo número de sus afiliados”, y los vascos maketófilos seguían en abrumadora mayoría pese a las imprecaciones que no se hartaba de lanzarles Arana: “¡Malditos sean, malditos por el espíritu de sus antepasados, malditos por sus hijos, los que, percibiendo en sus oídos el grito santo, no lo fijan en su mente ni reciben en su corazón!” Quien no aceptara el “lema patrio (…) en todas sus partes, (…) bastardo es, y digno de ser arrastrado desde la cumbre del Gorbea hasta las peñas del Matxitxako”. Con figura un tanto inapropiada, concluía: “No sabían los vizcaínos del siglo IX que con la sangre que derramaban por la Patria, engendraban hijos que habían de hacerles traición”.
 
Pero había dicho también: “Si a esta nación latina [España] la viésemos despedazada por una conflagración intestina  o una guerra internacional, nosotros lo celebraríamos con fruición y verdadero júbilo”. Y ese júbilo estaba, por fin, a punto de llegar, y precisamente por una guerra internacional.
 
Fue la guerra con Usa, por los restos del antiguo imperio hispano. De éste quedaban a España Cuba, Puerto Rico, Filipinas y varios archipiélagos en Micronesia. Posesiones considerables, pero dispersas, a enorme distancia de la metrópoli, sobre todo las del Pacífico, y de  muy difícil defensa. Su retención obedeció a la conformidad de las poblaciones coloniales y a la desconfianza británica ante el expansionismo useño, más que a la escasa potencia española. Desde muy pronto ambicionó Usa dominar la región del Caribe, elaborando al respecto la doctrina del “Destino manifiesto”, cuyo contenido expresa suficientemente el título.
 
Conviene extenderse algo sobre aquel conflicto, porque ilustra la situación y mentalidad en España. En 1868 estalló en Cuba una rebelión, terminada a los diez años con la paz de Zanjón, cuyas cláusulas no cumplió el gobierno español. En Filipinas la rebeldía no comenzó hasta 1892, bajo impulso de la Katipunan, o “Asociación”, violenta desde 1896 y apoyada por Washington desde Hong Kong (2)*.
 
A principios de 1895 volvió a estallar la guerra en Cuba, dirigida por José Martí y con fuerte apoyo useño, y adquirió enseguida una acentuada crueldad. Los rebeldes volaban trenes y destruían las plantaciones y el ganado, arrasando la economía y matando a los propietarios. El general Weiler, encargado de su represión desde julio de 1896, procuró aislarlos concentrando a la población rural en zonas fácilmente vigilables o en ciudades. El método, antecedente de otros como el practicado por Usa en Vietnam setenta y pico años después, permitió acorralar a los rebeldes, a costa de extender el hambre entre el campesinado. En “el coloso del norte”, la dureza de Weiler provocó indignación, espoleada por la prensa amarilla, si bien los métodos useños contra los pieles rojas, sólo unos pocos años antes, habían sido ciertamente más brutales.
 
Aquella guerra puede considerarse la primera de la serie de luchas coloniales que las potencias europeas iban a perder casi siempre, sobre todo a partir de la II Guerra mundial, terminada sólo 47 años después que la del 98. En general, la estrategia militar española fue poco inteligente. En un ambiente burocrático, poco previsor y un tanto irresponsable, el gobierno envió  hasta 200.000 soldados, que caían a millares víctimas del clima y sus plagas. Las bajas finales pueden dar idea del carácter de la lucha: de un total de 55.000 muertos en tres años, sólo unos 2.000 lo fueron en combate o por heridas, siendo los restantes causados por enfermedades tropicales u otras, en especial la temible fiebre amarilla, cuya transmisión por mosquitos fue descubierta por el médico español Carlos Finlay, aunque su descubrimiento no se aprovechara entonces.
 
Por lo demás, Cuba, prácticamente sin industria, dependiente en muy alto grado del cultivo de la caña de azúcar y secundariamente del tabaco, estaba integrada en la esfera económica de Usa, con la cual sostenía el grueso de su comercio, a pesar de los altos aranceles españoles, que irritaban a Washington. En estas condiciones, y con un gobierno inglés predispuesto a la sazón al entendimiento entre los países anglohablantes, pocas posibilidades tenía España de conservar la isla.
 
Bastantes políticos y militares españoles, como el general Polavieja, lo veían, y propugnaban una autonomía creciente que permitiera ir abandonando sin traumas las colonias, evitando pugnas muy costosas y a la larga imposibles de ganar. Pero Cánovas, el mayor estadista español del siglo XIX, cuya talla era también reconocida en Europa, hombre casi siempre moderado y hábil en el compromiso y la transacción, se empecinó en una política de todo o nada. Desde luego, los grupos económicos catalanes, en general, le apoyaban, por temor a perder un importante mercado, y también se habían opuesto a abolir la esclavitud. En la propia Usa existían grupos de presión prohispanos, como la Junta Patriótica Española, con ramificaciones en importantes ciudades, dirigida por José Navarro Arzac, un guipuzcoano que había hecho una carrera asombrosa, convirtiéndose en uno de los grandes millonarios useños: naviero, dueño de una cadena de hoteles, socio de Edison, fundador de la compañía de seguros “La Equitativa”, etc.
 
Cánovas murió asesinado en 1897 por un anarquista italiano tras cuya mano siempre se ha sospechado al independentismo cubano y la masonería (3)*. Entonces correspondió a Sagasta, también masón, afrontar el choque con el gigante americano, gobernado desde ese mismo año por el presidente McKinley. Sagasta ofreció la autonomía, abandonó el sistema de Weiler —aplicado con notable éxito durante un año— y destituyó a su autor, poniendo en su lugar al general Blanco, que ya había fracasado en Filipinas. Los rebeldes rechazaron la autonomía, y la situación militar empeoró con rapidez.
 
El gobierno useño había intentado reiteradamente comprar Cuba y Puerto Rico, como si se tratara de mercancías, lo que a su parecer constituía una salida “honrosa” para España. Fracasado ese recurso sólo le quedaba la guerra, para la cual se preparaba activamente, faltándole sólo el pretexto. Lo encontró en la voladura del crucero Maine, de visita en La Habana en febrero de 1898. La explosión provino del interior de la nave, pero Washington la atribuyó, falsa e interesadamente, a los españoles, y rehusó una investigación imparcial. Algunos españoles sospecharon su autoría por los mismos yanquis. Todo indica que se trató de un accidente, pero resultó muy oportuno para la decisión de Washington de imponerse por las armas.
 
Luego, mediante un ultimátum cuyo cumplimiento supondría una completa humillación para España, McKinley forzó el conflicto bélico, que Madrid aceptó, a finales de abril. En realidad, Usa había comenzado ya la guerra antes de declararla, apresando cuantos barcos pudo en el Caribe. En España cundió una oleada de indignación por la conducta useña.
 
Aunque parezca apartarnos algo del tema, viene al caso extenderse algo sobre la situación creada, porque refleja bastantes realidades de la España en la que actuaban los nacionalismos. En principio, la contienda era enormemente desigual: un país de 74 millones de habitantes, en plena pujanza y ya la primera potencia industrial del mundo, contra uno de 18 millones, que sólo empezaba a reponerse de un siglo desastroso. Además, el teatro de operaciones se encontraba al lado mismo de la gran potencia y a miles de kilómetros de la pequeña. En estas condiciones una guerra larga sería ganada forzosamente por Usa. Así lo veían muchos en España, pese a lo cual la prensa y numerosos políticos y militares crearon un ambiente popular de victoria sobre los “tocineros de Chicago”.
 
Se ha acusado reiteradamente de demagogos sin escrúpulos a quienes fomentaron esperanzas de triunfo, y es la impresión que ha prevalecido. Sin embargo no se trataba de una idea descabellada si la guerra se resolvía con cierta rapidez, según han observado analistas cuidadosos, como Agustín R. Rodríguez. En cuanto a fuerzas de tierra, las españolas en Cuba (unos 200.000 soldados), si bien muy desgastadas y con la mitad de sus efectivos permanentemente enfermos, mantenían no obstante la disciplina y estaban bien entrenadas, no teniendo un enemigo serio en las tropas improvisadas en Usa, aunque llegaron a presentarse allí un millón de voluntarios y fueran movilizados de modo efectivo unos 270.000. Además, los fusiles Mauser de los españoles superaban netamente a los Springfield de sus enemigos, como éstos habían de comprobar dolorosamente. Debía contarse, no obstante, con el apoyo de los insurrectos cubanos a los invasores, de gran valor para éstos.
 
El punto débil de la isla consistía en su dependencia de la importación de alimentos y muchos otros productos, por lo que un bloqueo naval podía rendirla en poco tiempo por hambre y miseria. Ello determinaba que la contienda se resolviese en el mar.
 
Según un mito, persistente hasta hoy con gran fuerza, la escuadra useña superaba netamente a su contraria, y por tanto la lucha estaba predeterminada a favor de la primera. Pero ello no es del todo cierto. La armada useña era superior a la hispana en acorazados, pero inferior en cruceros acorazados, superior en cruceros protegidos, pero inferior en unidades torpederas; superior en blindaje y cañones pesados, pero inferior en velocidad, y comparable en artillería media. Los principales barcos españoles eran buenos y modernos, aunque otros fueran anticuados y muchos mal mantenidos. Los enemigos padecían fallos análogos, sus mandos distaban de ser brillantes, y las numerosas deserciones en vísperas de la acción animaron en Madrid la impresión de unas tripulaciones poco aguerridas. En suma, la diferencia de poder, aunque a favor de Usa, distaba mucho de ser lo abismal que luego se pretendió, y diversos expertos ingleses, franceses o alemanes dudaban de su victoria.
 

(1)* Aunque dilucidar la historia anterior no es, como he señalado, objeto de este libro, vale la pena observar que, si en tales y tan palpables condiciones los nacionalistas se sentían “esclavizados” y sometidos a insufribles “persecuciones”, su aliento fabulador podía volar sin traba alguna cuando hablaban de un pasado mucho menos “palpable”, no digamos cuando retrocedían a la Edad Media, o más allá, hasta el Imperio romano y mucho antes.
 
(2)*José Rizal, inspirador del nacionalismo filipino, aun  considerándose él mismo español, fue hombre de destacadas dotes intelectuales, médico,  poeta y literato. Como muchos filipinos, quería autonomía e igualdad de  derechos para los tagalos. Condenó el movimiento en cuanto optó por la violencia, y se ofreció como médico a las tropas españolas en Cuba, pero, por una ciega y brutal reacción del gobernador militar, general Polavieja, fue condenado a muerte y ejecutado. Su novela Noli me tangere y sus emotivos  versos finales, Mi último adiós, traducidos a muchos idiomas, inspiraron movimientos anticoloniales en China y sureste asiático. En esa novela y en otra, Los filibusteros, Rizal pinta un cuadro muy negro de la opresión colonial y el poder de los frailes, si bien sorprende que, con tantos males, Filipinas hubiera sido muy pacífica durante casi cuatro siglos, exceptuando las rebeliones “moras” de Mindanao. Hay cierto paralelismo entre Rizal y José Martí, héroe de la independencia cubana, mucho más antiespañol, pero también poeta y de espíritu romántico, sensible y de notable talla intelectual. Martí también murió joven, en combate y en los primeros meses de la guerra que él decidió lanzar, en 1895. Asimismo, ambos se habían hecho masones, aunque Rizal murió reconciliado con la Iglesia.
 
(3)* El asesino, Angiolillo, había tenido trato con el independentismo cubano a través del portorriqueño Emeterio Betances, y había sido encubierto, en Madrid, por el republicano Nakens, que más tarde encubriría también a Mateo Morral cuando éste perpetró la carnicería de la calle Mayor, en 1906, con unos 30 muertos y cien heridos y mutilados. Aunque entre ellos había fuertes desavenencias políticas, Nakens, Betances y Morral, probablemente también Angiolillo, coincidían en su pertenencia masónica.
 

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