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MANIOBRAS LIBERTICIDAS

El espantajo del liberalismo

Carlos López Díaz

Con honrosas excepciones, son raros los políticos, al menos en España, que se atreven a definirse explícitamente como liberales; en cambio, abundan quienes utilizan este término y otros derivados (neoliberalismo, ultraliberalismo) como un espantajo. Esto se observa sobre todo en la izquierda, pero también en la derecha.

Es evidente que entre amplias masas se asocia el liberalismo con una ideología instrumental que utilizan "los ricos" para defender sus intereses. Podemos pasar por alto la tosquedad conceptual que subyace a esta caricatura. ¿Cuál es el perfil del rico? ¿El de la Duquesa de Alba, el de Amancio Ortega, el Emilio Botín –una aristócrata, un empresario, un banquero–? ¿Es rico un empresario con cuarenta empleados? ¿Incluiremos dentro de este grupo al presidente del Congreso, José Bono, parte de cuyo patrimonio hemos conocido a través de la prensa? No importa. Lo esencial es que, según una extendida creencia, los ricos deben ser ideológicamente conservadores, y en economía partidarios del sistema capitalista.

Si entendemos el término conservador en su sentido más trivial, es evidente que el que más tiene será el que más recelará de cambios que puedan afectar a su situación. Asimismo, en el mundo de los negocios y en las áreas académicas adyacentes es comprensible que el liberalismo tenga cierto predicamento, pues a fin de cuentas los emprendedores son quienes más directamente sufren las trabas burocráticas y el escrutinio fiscal. Sin embargo, lo cierto es que quienes más tienen que ganar con el liberalismo son las personas de rentas bajas, mientras que las clases acomodadas pueden llegar a percibir que el intervencionismo estatal es más apto para el mantenimiento de un statu quo en el cual disfrutan de una posición privilegiada.

El capitalismo es el sistema económico que más ha favorecido la promoción social y el crecimiento económico. Ante todo ha beneficiado a los pobres, que tienen muchas más posibilidades de dejar de serlo –al menos en términos absolutos– en un sistema de libre competencia, donde proliferan las oportunidades de empleo y de negocio, que en sociedades cerradas e inmovilistas, donde unos pocos acaparan la riqueza por su proximidad al poder político o su pertenencia a unas elites herméticas. Por ello es frecuente, pese a los difundidos estereotipos, que las personas acomodadas defiendan hoy ideas de izquierdas, poco favorables a la libertad económica: son las que menos la necesitan, o al menos no imperiosamente. No sólo eso, sino que fácilmente pueden ver amenazada su posición, en determinados casos, por la competencia de advenedizos (personas de talento que han sabido aprovechar las reglas del mercado). Si a ello añadimos ciertos tics paternalistas, en los que a menudo incurren quienes se consideran socialmente privilegiados, tics que suelen ir de la mano de cierto complejo de culpa, tendremos una aproximación psicológica muy característica al elitismo de izquierdas.

Existe un paralelismo muy significativo entre lo anterior y la percepción de las diferencias de riqueza a escala internacional. Muchos occidentales se muestran preocupados por "el día en que todos los chinos tengan coche y aire acondicionado". Aunque esta inquietud se revista con retórica ecologista ("El planeta no aguantará"), es evidente que lo que subyace aquí es un miedo puramente egoísta y estrecho de miras a perder nivel de vida. Los occidentales somos "los ricos", mientras que los chinos o los indios son quienes realmente más se están beneficiando, en términos cuantitativos absolutos, de la globalización. A medio plazo, todos podemos ganar con el crecimiento de las llamadas potencias emergentes, del mismo modo que la incorporación de Japón al modelo liberal, después de la segunda guerra mundial, nos proporcionó indudables ventajas en forma de productos de calidad, inversiones y nuevos mercados. Pero quienes ya disfrutan de las ventajas de ese modelo siempre pueden caer en la torpe tentación de considerarlo clausurado y negar la entrada a los demás.

Sentado así que el liberalismo interesa más a los pobres que a los ricos, puesto que los verdaderamente ricos se pueden permitir el lujo, hasta cierto punto, de prescindir de él, el problema reside en que los primeros no siempre se enteran. La izquierda ha conseguido, con sus políticas de derechos sociales, que la población de renta más modesta se venda por el plato de lentejas de unas pensiones míseras, una educación cada vez más degradada y un sistema sanitario al que es mejor no acudir si contraes una enfermedad grave, salvo que te apellides Borbón y puedas eludir las listas de espera. Y la derecha, demasiado frecuentemente, acaba comprando esa mercancía en descomposición por temor a perder votos.

Al final, por no renunciar a las migajas que le concede graciosamente el poder, el pobre olvidan que hay medios para dejar de serlo; medios que pasan por trabajar duro y abandonar las actitudes sumisas y genuflexas a cambio de subsidios que sólo permiten ir tirando.

Este estado de cosas sólo puede empezar a cambiar si se libra la batalla de las ideas. Como señaló Ludwig von Mises, el problema de nuestro tiempo es la extendida ignorancia acerca del papel crucial que las ideas liberales han tenido en el desarrollo registrado en los últimos dos siglos, combatiendo los prejuicios anticapitalistas que impedían e impiden liberar las fuerzas productivas de la humanidad. A consecuencia de dicha ignorancia, muchos creen que es posible prescindir de la libertad económica sin que ello afecte al nivel de vida, lo cual es imposible. Sin libertad no hay crecimiento, y sin crecimiento sólo puede haber mejoras para unos a costa del empobrecimiento de otros; o, para ser más exactos, un empobrecimiento generalizado, salvo el de una minoría que administra la redistribución (modelo cubano).

Las ideas, pues, son cruciales, porque la única manera de que amplias masas de gente dejen de conformarse con la dependencia de lo público y aspiren realmente a mejorar su condición pasa por explicarles cómo lograrlo, y por informarles de que las historias exitosas han sucedido antes, aquí y en otros lugares. Hay que inculcarles la confianza en sus propias posibilidades, exhortarles a que dejen de esperar que el gobierno les conceda esto o lo otro y aprendan a conseguirlo por sus propios méritos y esfuerzos. Y es que, para ser libre, primero hay que perder el miedo a la libertad.


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