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DRAGONES Y MAZMORRAS

El fin del lenguaje

El martes pasado la temporada cultural madrileña asistió a uno de esos acontecimientos que marcan una década. Me refiero a la conferencia que pronunció George Steiner en el Círculo de Bellas Artes de Madrid y que reunió a lo más cremoso de la sociedad lectora. Ahí había editores como Mario Muchnick, escritores como Francisco Ayala, Luis Goytisolo, Antonio Martínez Sarrión, periodistas como Miguel García Posadas, María Luisa Blanco y traductores como Miguel Sáénz. El lleno era clamoroso y hay que confesar que el Círculo se ha marcado un tanto.

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Es natural, porque Steiner es el pensador contemporáneo que más ha contribuido a clarificar posturas y lo ha hecho en diferentes terrenos: el político, el filosófico y el lingüístico, siendo en éste último una de las personalidades más relevantes y, para todos los que nos dedicamos a la lengua, uno de los más sólidos puntos de referencia. Concretamente la teoría y la práctica de la traducción le deben mucho, por no decir todo. Su libro Después de Babel supuso un hito en ese tipo de reflexión que abarca, además, todos los aspectos de la creación literaria y de la comunicación. Indispensable. Próximamente la Editorial Siruela publicará un nuevo ensayo de Steiner, titulado Nostalgia del Absoluto.

No hay conferenciante, profesor, articulista que se precie, que no haya citado (e incluso leído) a Steiner a lo largo de su carrera. Aunque no todo son elogios; el pensador anglo-germano-francés despierta grandes suspicacias. Como saben, hay mucho antisemita encalomado en nuestras filas y algunos le consideran un agorero pesimista y etnocentrista, que todo lo explica a la luz del Holocausto y del pensamiento judío. No les extrañará si les aclaro que sus detractores suelen ser izquierdistas y partidarios de Fidel Castro y de la causa palestina (vaya usted a saber por qué, siempre van en el mismo paquete). Algunos estaban ahí y en mi entorno pude oír comentarios del tipo de "¡Y dale con los judíos!" o ante un comentario que hizo sobre el horror de los jméres rojos en Camboya: "¿Y Argentina, qué?". Pues bien, Steiner habló y esto fue, grosso modo lo que dijo:

La humanidad ha asistido a últimamente a muchas revoluciones, siendo la más importante de todas ellas la del fin del lenguaje, originada por un temor y una duda que se sembró en determinado momento de la historia contemporánea, concretamente a partir de la primera guerra mundial. Con esta duda, empieza la gran revolución de nuestro tiempo. El lenguaje, ante determinadas agresiones, enmudece, enferma. La conmoción que supone la primera guerra mundial sacude las conciencias, y algunos se rebelan contra la cultura clásica del logos. Así pueden interpretarse las revoluciones dadaísta y surrealista. Todo lo que se ha hecho después en arte contemporáneo viene de ahí. No son sino variantes del primer movimiento. Fue Duchamp quien dio la voz de alarma cuando exclamó: "¡El arte ha terminado!". Porque él entendió la crisis, por eso su propuesta formal era una burla, un desafío, una broma, una manera de decir que el lenguaje había terminado. Sin embargo, sus sucesores han convertido esa revolución en norma, se lo han tomado en serio y ahora sus productos están en todos los museos, sin más.

Por otra parte, esta revolución tiene raíces muy hondas en la crisis del judaísmo. De hecho, si se analiza las grandes figuras que intentaron revolucionar el lenguaje, Kraus, Wittgenstein, Freud, Jakobson, Chomsky, Derrida, vemos que hay una coincidencia: ¡todos son judíos!. Todos pues aunque Derrida fuera católico, en su familia directa hubo nueve rabinos. El judaísmo es un monólogo de cinco mil años con Dios, un comentario perpetuo. La revolución consistió en cuestionar su autoridad. "¿De qué sirven nuestros comentarios -se pregunta el judío después del Holocausto- si no nos han salvado del horror?" Después han venido muchos otros horrores. (Aquí lo de Camboya y el comentario al que me referí antes). Agambem, el pensador italiano que ha venido a sustituir a Derrida dice que ya no es posible ninguna representación lingüística. Dios es el que nombra y es el nombre. Ya no tenemos nombre para el nombre. La muerte de Dios significa que el lenguaje ya no puede dar nombres.

Estamos ahora en un periodo de transición en el que juega un papel muy importante el lenguaje de la informática. El correo electrónico y otras formas de comunicación son ahora más importantes que la palabra hablada. Muchos niños que apenas saben leer ni escribir son capaces de resolver en su ordenador teoremas de gran dificultad. Hay que volverse hacia la ciencia, hacia las matemáticas. Hay una crisis de las humanidades. Con pocas excepciones -Primo Levi, Paul Celan- la literatura no ha sabido captar el horror del momento, la gran ruptura que supusieron los horrores de la segunda guerra mundial. Ahora es un gran momento para otras formas de expresión como la arquitectura, -el Guggenheim de Bilbao es una obra de arte comparable al Partenón- o la música, con Boulez, por ejemplo.

Los humanistas tienen que hacer los deberes. Hay que entender a Newton, Darwin, hay que encontrar gente que convierta la ciencia en metáfora. De hecho, hay más creatividad en los autores de ciencia ficción que en la mayor parte de los novelistas actuales. Por ejemplo, el aterrizaje en la luna no ha originado un solo poema. Hay pues, grandes expectativas. ¿Pero cómo puede esto sustituir al lenguaje en el sentido clásico? ¿Cómo se puede volver a determinadas formas de la realidad, de la verdad? Pregunta difícil, de difícil respuesta. Sin embargo hay grandes expectativas. Recientemente, se ha producido un fenómeno extraño, que ha sorprendido a todos. Millones de niños del mundo entero han leído con pasión los libros de Harry Potter y los niños ¡han pedido a sus padres que apagaran la televisión para leer tranquilamente! Quizás sea esta una señal para ser optimistas. ¡Ojalá hubiera una recesión económica para redescubrir el silencio, para pensar! Pero sobre todo no hay que perder la capacidad de asombro. Hay que entender a los científicos; ellos nos entienden a nosotros mucho mejor que nosotros a ellos.

Hasta aquí, Steiner. Si no fue todo lo que dijo, les garantizo que fue lo más sustancial pues tomé notas como una alumna aplicada ya que mi admiración y mi deuda hacia él son grandes. Sin embargo les confieso que me quedé algo decepcionada, sobre todo en lo que respecta a su esperanza casi ciega en la ciencia. ¿No son los científicos responsables de muchos de aquellos horrores que tocaron de muerte al lenguaje? Como no hubo coloquio, que todo el tiempo lo gastó Claudio Guillén en preguntar obviedades sistematizadas, pues no pude preguntárselo.

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