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¡QUE VIENEN LOS ILUSTRADOS!

El odio y la Historia

José Álvarez Junco es un historiador bien conocido, en particular por su biografía de Alejandro Lerroux y su ensayo Mater Dolorosa. Uno de sus últimos trabajos ha pasado casi inadvertido. Es un texto corto, el prólogo al libro de Mario Carretero, también catedrático universitario, Documentos de identidad.

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En su estudio, Carretero investiga los manuales escolares de Historia y, más en general, la enseñanza de la misma en varios países. El objetivo es demostrar las falacias de esta enseñanza y poner en evidencia las múltiples mixtificaciones en que se basa. Es una pena que Carretero no eche una ojeada a la enseñanza de la Historia en las protonaciones o, en vocabulario oficial español, las nacionalidades, antiguas regiones en trance de culminar la tarea de nacionalización. Le habrían dado bastante más juego que el apunte que dedica a la historia nacional… Pero volveremos sobre esta elección, nada casual.
 
Álvarez Junco, por su parte, se centra en el prólogo en la oposición entre la historia escolar, es decir la historia nacional tal como (supuestamente) se enseña en las escuelas, y la científica. Para él, son incompatibles. ¿Por qué? Porque la escolar tiene por objetivo la creación de mitos y leyendas encaminados a reforzar la pertenencia a una colectividad de los estudiantes, niños y adolescentes, mientras que la científica aspira a descubrir la verdad de los hechos, siempre mudable y por tanto enemiga obligada de las mentiras que sobre la nación se vierten en las aulas.
 
Álvarez Junco parte de una afirmación dogmática: la intrínseca falsedad de cualquier identidad (en este caso nacional), y deduce de ahí que cualquier relato, en este caso los históricos, destinado a perpetuarlas es mentira. El historiador, por un imperativo ético intrínseco a su oficio, se convierte así en una suerte de deconstructor de falacias.
 
¿Qué cabe hacer para reconciliar la historia escolar –o nacional– y la científica? Nada, según Álvarez Junco. O bien se deja de enseñar la historia, o bien se le cambia el nombre (por el bien expresivo de "Mitos y Leyendas Patrias" [sic]), o bien se imparte una universal que explique los progresos de la Humanidad en la superación de "la miseria, la opresión, la violencia y la injusticia".
 
Curiosamente, el propio Álvarez Junco hace dos reflexiones de apariencia contradictoria con su razonamiento y la conclusión a que da lugar. La primera es que la historia universal de marras tendría tanto de "cuento de hadas" como la nacional. Así pues, si no va encaminada a ofrecer a los estudiantes los instrumentos que les permitan descubrir la realidad, ¿cuál será el motivo de esta propuesta? Pues bien, no es otro que la inquina del autor por la historia escolar o nacional. Ésta, además de falsa, es peligrosa. Puestos a elegir entre la escolar y la científica, "no necesito decir a cuál borraría yo de un plumazo", escribe Álvarez Junco. (Menos mal que es sólo de un plumazo).
 
La otra reflexión versa sobre la utilidad de la historia escolar, que desempeña, según Álvarez Junco, un papel insustituible en la formación y la socialización de los jóvenes, dado que alimenta, algo así como el fútbol, el sentimiento de pertenencia a una nación.
 
Si hubiera partido de ahí, tal vez las conclusiones habrían sido distintas. El marco nacional no tiene por qué llevar a la manipulación sistemática de los hechos. Tocqueville habló del caso de Estados Unidos, donde se puede contar toda la historia sin necesidad de remontarse a unas leyendas fundadoras; aunque en eso se basa, justamente, el postulado de la excepción o el excepcionalismo norteamericano: como la nación es de por sí una ideología o un credo, nada hay que aparte al patriotismo norteamericano de ese amor a la Humanidad por el que Álvarez Junco se muestra tan preocupado.
 
Julián Marías.Pero incluso cuando no es así, las naciones no deben ser reducidas a un conjunto de mitos y falsificaciones. Renan, al que Álvarez Junco recurre para justificar su escaso aprecio por la historia nacional o escolar, estaría de acuerdo en que las naciones (las de verdad) son construcciones cuya comprensión debería ser un acicate para el historiador. Labor suya podría ser, más que destrozarlas, hacerlas inteligibles, como habría dicho Julián Marías.
 
Sobre todo, porque hasta hoy, que se sepa, no ha habido otro marco institucional que mejor se avenga a la libertad, la democracia y la prosperidad que la nación. ¿Existirá otro? Es posible, pero recae en quienes detestan la idea de la nación la tarea de demostrarlo. Sin embargo, se dedican a arrasar lo que ha costado tanto esfuerzo poner en pie,
 
La tarea es más urgente aún cuando las posibles sustituciones de la identidad nacional están dando pie a una ofensiva sistemática contra la libertad. Los experimentos llevados a cabo en España, o en lo que queda de ella, no dejan lugar a dudas. La destrucción del marco nacional lleva a la instauración de regímenes liberticidas, como ocurre en Cataluña, en el País Vasco y pronto en Galicia. El odio hacia el particularismo nacional, hecho en nombre de la Humanidad, conduce a la promoción del hecho diferencial, que no es, en el fondo, más que la anulación de la posibilidad de la diferencia. La discrepancia que propiciaba el marco nacional queda arrasada en las nacionalidades nacionalistas, y las políticas de la identidad florecen allí donde antes se cultivaba, gracias a la nación política, lo que es común a todos y, por eso mismo, lo que una vez hizo posible la pluralidad. Como en otros ámbitos sociales, el fin de la identidad lleva al fin de la diferencia.
 
Como no hay referencias a los nacionalismos antiespañoles (Carretero habla de un simple proceso de descentralización), se deduce que la propuesta de censurar la historia nacional o escolar no les atañe a ellos. El texto, por tanto, viene a justificar toda una política, la de la alianza de los autodenominados "herederos de la Ilustración" con quienes fueron los adversarios más conspicuos de la Ilustración, los nacionalistas.
 
En el origen de este desvarío hay una profunda aversión hacia la identidad nacional, en particular hacia España. Ahora bien, ¿por qué un ilustrado como Álvarez Junco, al que su país ha dado todo aquello que podía esperar, siente tanto odio por éste? Sería muy largo de explicar, pero conocemos el objetivo: librarse de España, y uno de los métodos: no enseñar Historia de España. Tales son los ideólogos y el programa del nuevo régimen.
 
 
Pinche aquí para ver el CONTEMPORÁNEOS dedicado a JOSÉ MARÍA MARCO.

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