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El origen acuático del hombre

Uno de los momentos culminantes de la evolución humana es el instante en que nuestros antecesores, unos homínidos de aspecto simiesco que poblaron el continente africano hace aproximadamente 4 millones de años, se bajaron de las ramas de los árboles y abandonaron el bosque para instalarse en un hábitat radicalmente distinto, la sabana. Para la mayor parte de la comunidad científica, este cambio de ambiente fue la chispa que detonó el inicio de la humanidad: los recién llegados despegaron las extremidades anteriores del suelo y empezaron a caminar erguidos de forma habitual. De algún modo, la liberación de las manos condujo a un desarrollo cerebral sin precedentes en la evolución de la vida, que dio origen al hombre moderno.

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Este dogma central de la evolución humana empieza a ser cuestionado por algunos prestigiosos paleoantropólogos. En el último número de la revista de divulgación científica New Scientist, Phillip Tobias, profesor de la Universidad de Witwatersrand, en Johannesburgo, plantea una nueva hipótesis sobre la aparición de la humanidad que ya ha levantado ampollas entre sus colegas. Tobias ha dejado caer la herética idea de que el hombre no nació en la sabana, sino en el agua.

Para ser honestos, la hipótesis del origen acuático del hombre no es propiedad intelectual de este prestigioso científico sudafricano. Hace cuatro décadas, Alister Hardy, un biólogo oceanográfico y miembro de la Royal Society, hizo público, a riesgo de caer en el descrédito, su concepto de la evolución humana: “Mi tesis es que una rama de primates primitivos fue forzada, debido a la competencia que reinaba en la vida arbórea, a alimentarse en la orilla del mar”. En resumidas cuentas, Hardy venía a decir que nuestros antecesores eran semiacuáticos y que esta insólita condición justifica las grandes diferencias anatómicas que se aprecian entre el hombre y los demás primates.

El desarrollo en un ambiente acuático explicaría, por ejemplo, nuestra excepcional habilidad nadadora, así como el hecho de que los recién nacidos puedan nadar y flotar en el agua, dice Hardy. Por otro lado, el medio acuático podría haber presionado a nuestros antecesores hacia la adquisición de una marcha bípeda, ya que les ofrecía la posibilidad de sacar los brazos fuera del agua. Sin duda alguna, esto liberó sus manos, que pudieron ser utilizadas para usar las primeras herramientas, quizás unos cantos rodados para romper la concha de los moluscos, como hacen en la actualidad las nutrias marinas de California.

Hardy puso más evidencias sobre la mesa: los humanos somos los únicos primates que han borrado casi por completo el pelo de su cuerpo. Esta ausencia pilosa se repite en algunos mamíferos acuáticos, como los delfines y los hipopótamos. A cambio, muchas de estas criaturas poseen una capa de grasa bajo la piel, otra característica que nos diferencia del resto de los primates. De hecho, la profusión de glándulas sudoríparas que pueblan nuestro tejido dérmico servirían para compensar esta grasienta capa aislante y regular la temperatura corporal tras salir del agua.

La hipótesis del hombre acuático fue tachada de absurda e incongruente por la mayoría de los antropólogos, por lo que Hardy prefirió arrinconarla en el cajón de su despacho hasta que surgieran nuevas evidencias a su favor. No obstante, sus revelaciones no cayeron en saco roto. Elaine Morgan, una dramaturga del sur de Wales, quedó prendada de la posibilidad de que el hombre naciera en alguna playa africana. Durante años, dedicó gran parte de su tiempo a recabar datos y publicar libros en defensa de la hipótesis de Hardy. En sus pesquisas autodidactas, Morgan comparó la anatomía, la bioquímica y la fisiología del hombre actual y otros animales. La constancia dio sus frutos.

Descubrió, por ejemplo, que el ser humano posee un número de adipocitos -las células almacenadoras de grasa- 10 veces superior del que cabría esperar en un animal de su talla, lo que nos convierte en los primates más grasientos. De hecho, el bebé humano ya nace con una buena capa lipídica, única dentro de los primates. Además, esta capa subcutánea no está compuesta por grasa gris, sino blanca que, aunque no resulta útil como aislamiento térmico, sí lo es para la práctica del buceo.

Morgan también apunta que las transformaciones fisiológicas que permitieron la posterior adquisición del lenguaje evolucionaron en un ambiente acuático. El hombre es el único mamífero terrestre capaz de controlar voluntariamente su respiración, una habilidad extendida entre los mamíferos acuáticos. Asimismo, ningún otro animal terrestre alberga en su garganta una laringe descendente, que es perfecta para articular las palabras. También lo es para aspirar de forma rápida una gran cantidad de aire por la boca. Pero los hallazgos de Morgan nada tenían que hacer con las evidencias fósiles a favor de la hipótesis de la sabana que aportaron los paleoantropólogos durante las décadas de los setenta y ochenta. Los huesos fosilizados de nuestros ancestros aparecieron en las secas y calurosas praderas del Sur de África y del Valle del Rift, lo que hacía pensar que nuestros ancestros eran unos monos asesinos que cazaban en la sabana africana. El papel del agua en nuestra evolución quedaba así relegado a un orden inferior, un elemento para calmar la sed.

Pero en la década de los noventa, los cimientos de la hipótesis de la sabana empezaron a empaparse. La primera vía de agua apareció tras el análisis de pólenes hallados junto a los restos fósiles de unos homínidos de hace 2,7 millones de años, que fueron descubiertos en una pradera de Sterkfontein, a 50 kilómetros al noroeste de Johannesburgo. Tobias y su equipo descubrieron que los granos de polen sugerían que la zona era más boscosa de lo que previamente se había establecido. La observación quedó constatada tras la aparición de unas lianas fósiles, que determinaban la presencia de árboles.

Algo similar ha ocurrido en otros yacimientos, como el etíope donde apareció la famosa Lucy (Australopithecus afarensis): donde se creía que había extensas sabanas ahora los paleontólogos, basándose en las nuevas evidencia, las han llenado de árboles. Tobias imagina a los primeros humanos ligados al mar. Hace dos millones de años, nuestros ancestros establecieron su morada en las zonas costeras del este africano y esto, según este antropólogo, permitió la colonización de todo el planeta. Cuando los homínidos decidieron abandonar el continente africano, el nivel del mar era mucho más bajo que en la actualidad. Las tierras que ahora aparecen sumergidas podrían no haberlo estado en el pasado, lo que permitió al Homo Erectus viajar desde África hasta Siberia, bordeando las costas del este asiático, según Tobias. Ahora bien, nuestros antepasados no sólo se limitaron a pasear por las playas. Así es, su adaptación al hábitat costero le empujo a meterse en el agua.

Una prueba de las dotes nadadoras del Homo Erectus procede de los huesos fósiles de elefantes e industria lítica de hace 900.000 años hallados en la isla de Flores, en el Océano Índico. Los científicos se preguntan cómo pudieron llegar hasta allí, si la isla más cercana a Flores es Bali: entre ambas no hay menos de 19 kilómetros de agua. Los zoólogos saben que los elefantes son unos buenos nadadores -su récord está en 48 kilómetros de una sentada- y que pueden utilizar su trompa a modo de esnórquel. Tobias apuesta por que nuestros precursores hicieron lo mismo, aunque también pudieron completar el trayecto sujetos a troncos.

La segunda pista de la condición nadadora de la especie humana procede del sur de España. La aparición de industria lítica en el yacimiento granadino de Orce, con una antigüedad de entre 1 y 1,5 millones de años, dispara la imaginación de Tobias: cabe la posibilidad de que unos humanos similares al Homo Erectus alcanzasen a nado el continente europeo a través del estrecho de Gibraltar. Esta capacidad atlética podríamos haberla heredado de nuestros más remotos antepasados, que se pierden en el árbol evolutivo de los primates.

Por ejemplo, para Marc Verhaegen, del Centro de Estudios Antropológicos de Putte, en Bélgica, existen evidencias fósiles procedentes de Arabia que sustentan la existencia de un antepasado común de los denominados grandes simios, como el gorila y el orangután, que vivió en los márgenes boscosos próximos a masas de agua, hace 17 millones de años.

Verhaegen cree que este animal era capaz de caminar erguido en el agua y, a la vez, subirse a los árboles con gran destreza. “Nuestra ancestral afinidad por el agua puede verse incluso en la anatomía de nuestras manos”, dice este antropólogo belga en la revista New Scientist. “La marcha bípeda -añade- liberó las manos del primate ancestral para manipular objetos y trepar. Esto habría hecho posible que las manos evolucionaran hacia apéndices fabricantes de herramientas sumamente complejas”.

Verhaegen opina que llevamos la vocación de nadadores en nuestros genes. Y estos han ido pasando de generación en generación durante millones de años, hasta llegar a los neandertales. El examen del cráneo de algunos cráneos fósiles apunta que estos humanos tenían un engrosamiento óseo a nivel de los canales auditivos. En los hombres modernos, este tipo de osificación aparece sólo en buceadores de edad avanzada. ¿Significa esto que el Homo Neanderthalensis pasaba una parte importante de su tiempo zambulléndose en el agua? Es posible. Michael Crawford, un bioquímico del Instituto de Química Cerebral y Nutrición Humana de la Universidad de Londres, estima que sin el elemento líquido hoy no seríamos más inteligentes que un chimpancé.

El ambiente acuático favoreció el desarrollo del cerebro humano. Hace 3 millones de años, nuestra masa pensante no superaba a la de un bonobo. El volumen cerebral de un Homo Habilis, que vivió hace entre 2,5 y 1 millón de años, era de 580 a 670 centímetros cúbicos y el del Homo Erectus, que apareció hace 1,8 millones de años y se extinguió hace 300.000 años, era de 750 a 1.250 centímetros cúbicos. Y en apenas 200.000 años, la especie humana ha ganado entre 200 y 300 centímetros cúbicos.

En términos bioquímicos, el cerebro humano jamás habría evolucionado de esta manera, si nuestros ancestros hubieran permanecido en la sabana, según Crawford. Los habitantes de la sabana se caracterizan por tener un cuerpo grande en comparación con su cerebro: un rinoceronte de una tonelada tiene una masa encefálica de 350 gramos, lo que supone menos del 0,1 por 100 de su masa corporal. Crawford propone que la clave del asunto está en dos ácidos grasos: el docosahexanoico (DHA), que resulta indispensable para la síntesis de las membranas de las neuronas y de las células fotorrecpetoras, y el ácido araquidónico (AA), que es un componente vital de las paredes de los vasos sanguíneos, sin el que sería imposible construir un cerebro con las dimensiones del humano. Junto a otros investigadores Crawford ha determinado la composición química de los cerebros de 42 especies animales y se han encontrado con que todas contienen la misma proporción de AA y DHA. Es más, en la naturaleza no existe ningún compuesto que pueda sustituir a esta pareja de ácidos grasos.

Este hallazgo hace pensar que el tamaño del cerebro está limitado por las disponibilidades de AA y DHA. ¿Es esto realmente cierto? Quizás. Estos compuestos ingresan en el aparato digestivo con cuentagotas y, además, se forman de manera muy lenta en el organismo. El DHA es especialmente escaso en la dieta de los grandes mamíferos que habitan la sabana. Aunque el precursor del AA se halla en las semillas de las plantas con flores, el único lugar en el que el ácido docosahexanoico es abundante en la cadena alimentaria son los océanos, lagos y ríos. No es una casualidad que la primera criatura provista de un sistema nervioso apareciera en el medio acuático, hace 600 millones de años. En palabras de Crawford, los nutrientes marinos podrían haber acelerado el crecimiento del cerebro humano. Así, el mar habría aprovisionado a nuestros antepasados de las cantidades necesarias de AA y DHA para su desarrollo. De hecho, las personas que sufren una dieta pobre en estas sustancias padecen desórdenes mentales y problemas vasculares. La hipótesis de este investigador no parece descabellada: los primeros asentamientos de hombres modernos han aparecido en las proximidades del mar Rojo y las regiones costeras de África austral. Y hay suficientes evidencias para asegurar que el hombre ha comido pescado de forma regular desde hace 100.000 años.

Tobias ha puesto el dedo en la llaga de la paleoantropología moderna, que se contentaba con afirmar que la cuna de la humanidad había que buscarla en las praderas de África. No cabe duda de que los científicos tendrán ahora que viajar a la costa para determinar si las huellas de nuestra evolución están en la arena de la playa o si, por el contrario, se trata de un espejismo, una alucinación de Tobias y los que piensan como él.

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