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LA GLOBALIZACIóN E INTERNET

El síndrome del Doctor No

La oposición al denominado proceso “de globalización” se basa en la defensa de los más desfavorecidos. Paradójicamente, la privación de acceso al comercio internacional aumenta las diferencias entre pobres y ricos. Hace ahora un año que se celebró en Bangkok la X asamblea de la UNCTAD (Conferencia de las Naciones Unidas para el Comercio y el Desarrollo), cuya declaración final es conocida como “El Espíritu de Bangkok”.

José Hermida
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En esencia, dicha declaración se sostiene en la creencia en que se puede crear un sistema económico mejor y más justo que corrija los desequilibrios económicos entre países desarrollados y en vías de desarrollo, alivie la pobreza, mitigue las desigualdades genéricas y se comprometa con la protección del medio ambiente, entre otros propósitos.

Hay que reconocer que se trata de una declaración política, no exenta de cierta retórica, pero su aprobación por aclamación por parte de los representantes de los 180 países presentes en la reunión, indica a las claras que el Espíritu de Bangkok propone unos conceptos incontestables ante los que nadie podría manifestarse en desacuerdo sin declararse insolidario, insensible o torpe.

Pues no. Cientos de personas viajaron desde todos los lugares del mundo (pero sobre todo desde los países desarrollados) hasta la capital de Tailandia, para manifestarse en contra de los propósitos de la reunión, que se celebraba en un país mortificado por el sobreendeudamiento (el Gobierno ha tenido que utilizar 13.300 millones de dólares de los 17.200 acordados por el FMI para compensar parcialmente su deuda). Las protestas presentan dos elementos identificadores interesantes:

Tuvieron lugar antes de la declaración final. Igual que lo sucedido en Seattle, los manifestantes pertenecían mayoritariamente a países desarrollados, capaces de financiarse el viaje y la estancia en el país asiático. El argumento central de los manifestantes era “en contra de la globalización”.

Las anteriores circunstancias inducen a pensar que los agitadores, fuesen cuales fuesen las conclusiones de la Asamblea, estaban dispuestos a boicotearla. Los medios de comunicación, haciendo gala de una imprudente ingenuidad, enfatizaron lo que sucedía en la calle, mientras se pasaba por alto lo que tenía lugar en la reunión.

Se pasó por alto que la agenda incluía temas que anteriormente habían sido excluidos o minimizados en la agenda internacional (pobreza, asimetrías, efectos adversos de la globalización y otros) y además se trabajaba en la necesidad de establecer normas y prácticas capaces de promover la estabilidad y un más libre intercambio económico.

El mensaje de las personas que protestaban era bien claro: “no negociaremos, porque no deseamos la globalización, la cual sólo beneficia a los ricos en detrimento de los pobres”.

Las protestas, en un principio, pueden ser tomadas como racionales, pero eligen el sendero de la confrontación, rechazan la negociación y, lo que es más importante, insisten en plantear la prioridad de la distribución de la riqueza antes que de la creación de la riqueza misma. Es como si la trágica experiencia política y económica de la Unión Soviética no hubiese servido de nada. Tal vez dentro de unos siglos la riqueza pueda crearse por generación espontánea, pero desde luego, esto no es lo que ha venido sucediendo a lo largo de los últimos 5.000 años. La riqueza se crea única y exclusivamente con el desarrollo del comercio; si se obstaculizan las vías de comunicación comercial, los procesos de empobrecimiento se aceleran.

Los movimientos contestatarios concernientes al comercio mundial deberían tener en cuenta que las ideologías no conculcan las evidencias: los países ricos necesitan que los países pobres lo sean menos, o no lo sean en absoluto, pues de ello depende la expansión de la capacidad compradora de los mercados. Se trata de un egoísmo de extraños propósitos y resultados: educación primaria universal, erradicación del hambre y de la discriminación por género, reducción de la mortalidad infantil y maternal y creación de entornos que permitan el libre desarrollo de las personas en función de su esfuerzo individual y de su participación colectiva.

Pero el éxito es un objetivo mal visto por la contestación irreflexiva. La ira y el masoquismo social (denominado “conciencia social” en la jerga al uso), son considerados prioritarios, algo que no sucede en China, un país capaz de pivotar con inteligencia entre el nacionalismo y la mundialización, ha tenido la habilidad de mantener el control sobre los sectores primarios (por ejemplo, la centralización de la gestión de la producción de cereales) pero al mismo tiempo, comprometiéndose en reestructuraciones importantes de los mercados financieros (por ejemplo, permitiendo desde mayo de 1999 que las empresas emitan acciones y obtener financiación en Shanghai y Shenzhen). El desarrollo de China en los escenarios de Internet es digno de ser tenido en cuenta: el director de una pequeña fábrica de esteras puede recorrer varios kilómetros en bicicleta hasta un Centro de Comercio (Trade Point) que disponga de un ordenador con conexión a Internet y la oferta de los productos de la fábrica en la que trabaja son difundidos al mundo en cuestión de segundos; de vuelta, se lleva consigo las solicitudes de pedidos (generalmente de Europa y América) y las pone en marcha. Se vea como sea vea, consiste en una actitud revolucionaria en sentido estricto. Pero se refiere a una revolución bien distinta de las habituales: ésta genera riqueza.

A principios del siglo XIX, Ned Ludd, un líder obrero británico, empujó a la destrucción de las máquinas y centros fabriles en los condados industriales británicos por considerar que las máquinas dejarían sin empleo a los obreros. Algo similar sucedió en Silesia en 1940 y en Cataluña entre 1835 y 1855. La destrucción de las máquinas, en efecto, dejó sin trabajo a los obreros. Este movimiento, conocido como ludismo, se repite ahora en el siglo XXI: hay que destruir los ordenadores y las conexiones a Internet, así como los foros de intercambio comercial electrónico y toda forma de negociación que implique posibilidad de desarrollo, porque no se puede tolerar que los países ricos sigan explotando al resto del planeta. El neoludismo se presenta en los albores de este milenio como el nuevo paradigma del masoquismo social.
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