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CRÓNICAS COSMOPOLITAS

En calcetines

Este “Diario de Irak” de Mario Vargas Llosa me irrita, pero no me sorprende porque es sintomático de la curiosa evolución del escritor hacia el conformismo. No hace tanto nos entusiasmaba a menudo con sus valientes artículos liberales, que tanto odio despertaron.

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Resulta muy triste constatar cómo Mario Vargas Llosa se parece cada vez más a Juan Goytisolo. Desde luego, hay diferencias notables entre ambos; Mario es un escritor con mucho más talento, en cambio, Juan prosigue impertérrito su delirio pro árabe desde hace por lo menos 20 años, hay que reconocerle una perseverancia que Mario no tiene. El caso es que leyendo su “Diario de Irak”, lanzado a bombo y platillo, y al mismo tiempo, en El País y Le Monde y probablemente en cincuenta periódicos más que no están a mi alcance, yo recordaba y notaba similitudes con los reportajes de Goytisolo en Sarajevo, Argelia, y otros, y siento que me invade una tristeza infinita. Pese a que cuando esto escribo todavía no han concluido las entregas (estoy en el capítulo 5), de lo leído ya se pueden sacar algunos comentarios.

Este “diario” me irrita, pero no me sorprende porque es sintomático de la curiosa evolución de Vargas Llosa hacia el conformismo. No hace tanto nos entusiasmaba a menudo con sus valientes artículos liberales, que tanto odio despertaron. ¿No ha sabido resistir a dicho odio, o ha considerado contraproducente para sus ambiciones y carrera mantenerse en esa intransigente postura liberal, lo cual le habría conducido a “matizarla” cada vez más? Desde luego, profesionalmente para sus libros y artículos depende de Prisa-Santillana, lo cual nunca es totalmente inocente, pero hace pocos años eso no le impidió negarse a firmar la estafa del “acoso a El País. No me sorprendí, digo, porque ya el 16 de marzo, y en El País, escribía: “...y por eso coincido con quienes en las actuales circunstancias rechazan la intervención militar”. En Irak, se entiende.

Lo curioso del caso es que en ese artículo, “La guerra secreta de Tony Blair”, pretendía defender al primer ministro británico presentándole maquiavélicas y secretas intenciones que nada tenían que ver con la realidad. No tenía en cuenta la profunda solidaridad demócrata anglosajona que, desde la Segunda Guerra Mundial contra el nazismo, se ha manifestado en repetidas ocasiones contra el totalitarismo comunista y, recientemente, en Bosnia, Kosovo, Afganistán y, ahora, Irak, y que nada tiene que ver con sometimiento. Tampoco es una autopista, ni una luna de miel, pero es.

La verdad es que en dicho artículo, que anuncia su “Diario de Irak”, las ideas políticas de Vargas Llosa se parecen muchísimo más a las de Chirac, que insulta: “Napoleón de pacotilla”, que a las de Blair, que dice admirar. Está contra la intervención militar, como Chirac. Reconoce, como Chirac, que Sadam es (era) un tirano, pero intervenir sería catastrófico. Vuelve, como Chirac, sobre el paripé de las armas de destrucción masiva desaparecidas. Loa, como Chirac, el magnífico papel de los inspectores de la ONU, etc. O sea, que es chiracquiano, salvo en un punto (aparte de que, me imagino, Mario no tenía intereses petroleros en Irak, mientras que Francia, sí), y ese punto es la ONU. Su papel, ineficacia y falta de representatividad democrática es criticado por Mario, mientras que Chirac sigue exigiendo un papel central para esa estafa institucional mundial. No porque se lo crea, sino porque piensa poder aprovechar sus fallos, como acaba de ocurrir.

Buena muestra de las vueltas que da la vida y de la curiosa evolución de las opiniones, leía yo sobre estos temas en Le Figaro del 2 de agosto un artículo de Alexandre Adler, que constituye una de las escasísimas defensas de Tony Blair en Francia. Adler es considerado como un especialista del casi difunto mundo comunista, no crítico radical, fue más bien partidario de un “aggiornamiento” o “lifting” de ese mundo, cosa que ilusionó a muchos cretinos, pero que hoy sólo sigue ilusionando a ABC. Periodista tan influyente como contradictorio, a quien le gusta servir de eminencia gris a Chirac (en un viaje a China, por ejemplo), pero al mismo tiempo dirige Courrier International, semanario del grupo Le Monde, y escribe sus “opiniones” en Le Figaro.

Su artículo en defensa de Tony Blair me resulta mucho más convincente que el de Mario, considera una infamia la campaña contra Blair, antes, y sobre todo, después del suicidio de David Kelly. A propósito del siniestro vodevil de los inspectores de la ONU, precisa: “el muy pro iraquí jefe de los inspectores, el sueco Hans Blix”. Cosa que jamás se había dicho en la prensa francesa, salvo en boletines “confidenciales” por Internet. Mis amigos de Libertad Digital saben que yo no tengo ordenador ni Internet, pero no me falta quien sí lo tienen y me pasan informaciones que piensan pueden interesarme. Pero bueno, todo esto no cuenta.

Mario cuenta en su “Diario” que su hija Morgana habló con un soldado “chicano” de las tropas USA, que le dijo que estaba harto de esta maldita guerra y quería volver a casa junto a su mujer y su hijo. En todas las guerras hay soldados que pasan por periodos de miedo y entonces sólo anhelan largarse y volver a casa. Pero yo, por televisión y en directo, vi a otro soldado, un suboficial, declarar firmemente exactamente lo contrario: la intervención había sido necesaria y útil, y él estaba orgulloso de cumplir con su deber en estas circunstancias. No saqué teorías generales de esta entrevista, pero desde luego tampoco voy a sacarlas de la conversación del otro soldado con Morgana.

En realidad, Mario fue a Irak para confirmar sus opiniones contrarias a la intervención y, claro, las encuentra, pero no me convence. Además, no demuestra la objetividad que pretende: por ejemplo, los robos y el saqueo en Bagdad son falsos. Admitamos que la amplitud del caos les pilló por sorpresa, y puede que tardaran unas horas para reaccionar decididamente, pero está visto que reaccionaron. O como cuando parece compartir la indignación de militantes del Baas, funcionarios de la tiranía, quienes pretenden ahora convencernos de que “odiaban a Sadam y a su régimen”, y que se les obligó. ¿A ser militantes del partido único y funcionarios de la tiranía? Un poco de seriedad no vendría del todo mal. Muchos nazis decían lo mismo en 1945. E incluso si no estaban fanáticamente convencidos de la gran tarea histórica del tirano, al menos se aprovechaban, encantados, de las innumerables ventajas que esa categoría de ciudadanos-verdugos tenía sobre el resto de la población.

Vargas Llosa dedica un capítulo entero a la tremenda represión, matanzas y torturas en tiempos de la tiranía iraquí, pero, como tanto, sin hacer la menor relación con la intervención militar. El régimen iraquí era monstruoso. Punto. La intervención ha creado caos. Punto. Pues no, la intervención militar ha destruido la tiranía y, si quedan inmensos problemas, y no es necesario ir a Irak para percatarse de ello, lo que no queda es la tiranía.

Uno de esos problemas es el fanatismo religioso, y la vecindad de Irán es, en este sentido, peligrosa. Mario dedica su capítulo segundo a los “creyentes”, precisamente, y es el que más me ha irritado. Tiene una extraña afirmación: “Aunque, como todos los agnósticos, reconozco en mi una secreta envidia por los creyentes, cuando estos lo son de una manera absoluta y terminal, como el imán iraquí que tengo enfrente, y no puedo reprimir un escalofrío”. Lo del escalofrío se entiende perfectamente, pero eso de la secreta envidia por el fanatismo religioso, ¡ni hablar! ¡Si son nuestros principales enemigos! ¿Cómo es posible que para salir en la foto en calcetines con el imán chií Al Hakim, Mario haya podido dejarse humillar, descalzar, insultar de tal forma? No lo entiendo, y además, ¿para qué resultado? Hubiera bastado con que se hiciera traducir algunos de los discursos, sermones, proclamas, o como se llamen, de ese energúmeno, ya que dice siempre las mismas monstruosidades y las mismas mentiras.

A fin de cuentas, no me extraña que El País y Le Monde le den tanta importancia a este “diario de Irak”. No es bueno.

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