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LAS GUERRAS DE TODA LA VIDA

¿Esperamos algo de la derecha?

Zapatero, como bien dice Albiac, es un presidente post mortem. Su deceso político tuvo lugar el día en que anunció que se retiraba de la candidatura de 2012. No se sabe quién le sucederá en esa difícil empresa, pero, al parecer, de atender a los sondeos de opinión, el solo hecho de que haya reconocido su caducidad ha servido para que los votantes se lo piensen dos veces antes de dar su apoyo a Rajoy.

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La diferencia en puntos entre los dos grandes partidos se redujo de pronto a la mitad. O sea, que es una cuestión de dirigentes. Los socialistas, como ya es hábito, han empezado a hablar de "democracia interna". Pero no lo han hecho hasta que el líder no se ha pronunciado. Hasta ese momento no había nada de democracia y había que esperar a que él decidiera si se quedaba o se iba. Lo cual les inhabilita moralmente para criticar el origen digital del puesto de Rajoy. Al que venga no lo pondrá Zapatero, como hizo Aznar con don Mariano, pero sólo tendrá el cargo porque el presidente lo permite al marcharse. Hay que elegir entre faisán, hípica o nacionalismo catalán: ¡qué horror!

Pues bien, ya es hora de que Mariano el de Génova y Génova en conjunto comprendan que es cuestión de líderes, aunque sean tan borrosos como los que tenemos a mano, y que sólo si este hombre, este candidato, sale de la modorra podrán ganar como preveían, con una mayoría cómoda, si no absoluta, como esperaban sin haberse ganado la posibilidad.

La política de silencio de acabó, o se acabó el triunfo electoral esperado.

Y sin ese triunfo, con un triunfo a medias, se abrirá un periodo incierto, en el que el PP en el poder tendrá que apañárselas y pactar con Mas, con el PNV o con cualquier otro partido indeseable de esas características. Hoy escribe Sergio Valdés desde Mieres unas palabras a propósito de la indolencia europea ante el islam que son redondamente aplicables al caso:

Hemos de pasar a la acción, y a una acción contundente, decidida y sin complejos, porque, señores, o lo hacemos ya o estamos muertos...

La pregunta es si la derecha española actual está en condiciones de pasar a la acción después de ocho años de oposición en siesta, esperando que el gobierno se desgaste por sí mismo, cosa que éste ha hecho activamente. Pero ese desgaste no se debió a ninguna de las instancias que, desde el punto de vista del pensamiento, nos parecen importantes. No se debió a la ley del aborto, ni a la ley de eutanasia, ni a la ley del tabaco, ni a la ley de la señora Sinde, ni a los ERE podridos –la mayoría dice: ellos tienen Gürtel y a Camps en candidato–, sino única y exclusivamente a la derrota económica hacia el abismo en la que estamos empeñados. Ni más ni menos.

Por eso nadie ha dicho en el PP: si ganamos, vamos a cambiar eso del aborto a los dieciséis, o vamos a ablandar la ley del tabaco, como se ha hecho en Alemania. A propósito: hace unos días vi a Mariano en la tele y decía, ante una pregunta sobre el tabaco: "Creo que nosotros nos abstuvimos en la votación". "Creo", no estaba seguro. Y recuerdo a mis lectores que la ley blanda fue obra de Ana Pastor, aunque no llegó a aprobarse en los días de Aznar.

En una de sus cartas dominicales, le decía Pedro J. a Mariano: "Fuiste un ministro 10 y, aunque ahora no eres tan buen candidato, estoy seguro de que serás un buen presidente". Pues yo no. Mariano no fue un ministro 10 en Interior, como no fue Juan Cotino –ahora en los cielos del gobierno valenciano– un director general de la policía 10: manejaron peor que mal el gran suceso de la época, que quedó en el limbo del pasado, el de las niñas de Alcácer. Desde luego, revolviendo los presuntos huesos del presunto asesino Anglés, al que nadie volvió a ver, no ganaron precisamente popularidad. Porque ser ministro de Interior no es un puesto desde el cual ocuparse de ETA y nada más que de ETA.

Rajoy tiene que demostrar algo, si quiere votos. Tiene que ser una alternativa real, proponer cosas concretas, distintas de las que proponen los socialistas, y con la seguridad de que van a ser bien recibidas. Aunque Franco haya ganado la guerra, por razones más militares que políticas, y más internacionales que nacionales, España es hoy un país de izquierdas, y esas izquierdas cuentan con una maquinaria de propaganda, ya centenaria en Europa, impecable, que hace aceptable todo, desde Carrillo hasta Pepiño. Y, entre otros motivos, las izquierdas tienen sobre las derechas la ventaja de la utopía, que siempre funciona sobre las masas. "Vamos a alcanzar el socialismo", "Vamos a hacer comunas en Aragón", "Vamos a dar vuelta la historia", son grandes pivotes sobre los cuales hacer girar cosas tan infames como la muerte digna, que, en cualquier caso, es muerte, cada vez más controlada por el Estado.

¿Qué le opone la derecha a esos alardes ideológicos –no es pensamiento, es ideología, acumulación de basuritas y consignas, que se sostiene sobre utopías– en el terreno de la política práctica? Nada, absolutamente nada. La derecha española carece de un cuerpo doctrinal. Cuando lo tuvo, antes de la guerra, no pasó del patriotismo y la condición católica, que están ahí, pero no son suficientes. Ahora, ni eso. Las autonomías han acabado con el patriotismo, por mucho que se esfuerce Denaes, y lo digo con toda mi simpatía. El avance del islam, promovido con subvenciones y manifestaciones anticristianas desde el gobierno, ha superado cualquier expectativa, y tal vez ahora se esté cumpliendo aquel soberbio y prematuro anuncio de Azaña, acerca de que España había dejado de ser católica, ya en 1931.

Aznar, con todo lo que se le supone de influencia en el PP, juega en otra liga. La creación de Amigos de Israel podría haber generado en el PP un discurso distinto del de la izquierda respecto de Oriente Medio, pero ahí seguimos, callados. Lo que hace pensar que la política exterior española, con sus repugnantes dependencias de Marruecos y otros socios indeseables, continuará. En última instancia fue Ana Palacio, antes de que Aznar creciera política e históricamente, quien afirmó que Europa no es "un club cristiano", en apoyo del ingreso de Turquía en la UE: pocas cosas he oído yo en mi vida más típicas de la izquierda reaccionaria. Pero era la política de una ministra de derechas.

El PP, en su largo camino hacia el centro, ha sido incapaz de impedir su mimetización con los programas socialdemócratas. Sospecho que Mariano el de Génova carece de ideas propias en ese sentido, desconoce tanto a Cánovas como a Sagasta y Romanones. No consigue entender que el centro es liberal, y que el paso que hay que dar es la fusión de conservadurismo y liberalismo. Basta con acercarse a Sagasta, no hace falta una alianza con Largo Caballero.

De esta derecha no espero gran cosa en el gobierno, espero poco distinto de lo que hay. Buena parte de los reclamos que en el Congreso se han hecho a Zapatero en estos siete años y monedas que llevamos con él han sido por su escaso socialismo, por su poca atención o su falta de generosidad a la hora de congelar medidas absurdas en la atención a los parados o a ese cheque bebé que no corresponde a una política de promoción de la familia (que hace falta, pero no así), sino a un desborde de dinero con destino a quienes sí tienen hijos, que no son mayoritariamente los españoles, sino los inmigrantes.

Pero aun esa confusión, esa indefinición, hay que venderla si se quiere ver al PSOE fuera del poder, al menos por un tiempo. Hay que venderla con discurso, aunque sea un discurso endeble, y no con silencio y espera y trapacerías. En los pocos momentos en que Rajoy abre la boca, va y suelta cosas como: "¿Costa? ¿Quién es Costa?", de un cinismo digno de Rubalcaba. Entonces pienso que está mejor callado. O limitándose a leer lo que le escriben. Habida cuenta de que lo que se escribe en los talleres ideológicos de los partidos nunca es más que lo que cada organización da, pero al menos evita metidas de pata de las gordas.

No hay un programa claro –ni político, ni fiscal, ni de reindustrialización: la creación de empleo es un mantra inútil si no se habla de industria, en España, donde se llama "industria" al turismo–. No hay un discurso sólido. Por no haber, no hay siquiera populismo, y por eso, porque sabe desarrollar lo popular, Esperanza Aguirre es un grano en el culo de sus compañeros de filas. Pero ella sí que va a ganar con mayoría absoluta –dice el presidente que ganaría Gómez si le dieran más tiempo en Telemadrid: da risa–, y con mi voto. Hay una práctica de realizaciones en todos los campos, incluido el fiscal en el tramo autonómico: Artur Mas empieza a proponer reformas parciales en el impuesto de sucesiones en Cataluña, años después de la completa reforma madrileña.

"Vamos a reducir a su mínima expresión el impuesto de sociedades" es una frase tan sencilla como rica en consecuencias a la hora de promover la pequeña y mediana empresa. Más sencilla que "Abracadabra, empleo, créate", de más dudosos resultados. "Vamos a reducir el tiempo burocrático de la creación de sociedades de mes y medio a cinco días, el plazo de los países desarrollados", es igualmente eficaz. "Vamos a permitir la construcción de mezquitas en suelo español cuando se nos permita edificar iglesias en los países árabes", como dijeron y decidieron los sensatos noruegos; o más simple aún: "Cuando se deje de matar cristianos en los países árabes". No son cosas tremendas, pero nadie las dice. Y servirían para que la derecha española empezara a tener un perfil.

¿Pero por qué voy a esperar nada de eso, si no puedo esperar que los eurodiputados del PP opten por viajar en turista a Bruselas, una distancia casi doméstica, y den ejemplo a los socialistas y demás ralea? Una conducta impecable en asuntos de dinero también contribuiría a generar ese perfil: podríamos decir que la derecha española aspira realmente a la moralización de la vida pública. Pero, de ser así, Bárcenas hubiese durado siete segundos en Génova, y las listas no estarían llenas de imputados, tal vez en ninguno de los dos partidos, porque el PSOE no resistiría la comparación. El silencio de Mariano el de Génova se ha extendido también a este asunto, parece cosa que no va con él. Y si tendría que hablar respecto de un programa mínimo, más tendría que hablar de esto.

Para eso, tiene que convencerse –no sé qué dirá Arriola al respecto– de que no basta con que el rival sea malo: hay que demostrar que uno es bueno. Porque de pronto el rival desaparece, como es el caso, y uno desaparece con él, como también está empezando a ser el caso. Un programa mínimo es fácil de elaborar y de proponer, si se tiene claro qué es lo que se quiere hacer. La impresión es que no se lo tiene claro. Y es que en España no ha habido ni hay teóricos de la nueva derecha. O como llamemos al invento. Porque debo dejar constancia de que he empleado los términos izquierda y derecha para que nos entendamos, pero son términos caducos, que tuvieron vida entre 1789 y 1989, exactamente dos siglos, y ya no significan nada, son sólo nombres.

 

www.izquierdareaccionaria.com

vazquezrial@gmail.com

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