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ENIGMAS DE LA HISTORIA

¿Existió Drácula?

Como muchos sospecharon desde el primer momento, el personaje de Drácula, un noble rumano que extraía la sangre de sus víctimas y se mantenía en vida en virtud de un terrible pacto con el Maligno, tenía un punto de contacto con la realidad.

En el año 1897 se publicó una novela titulada Drácula cuyo autor era un anglo-irlandés llamado Abraham —Bram— Stoker. La obra, referida a las tenebrosas peripecias de un noble rumano que practicaba el vampirismo, obtuvo un extraordinario éxito a pesar de no ser la primera vez que semejante tema era abordado literariamente. La autenticidad con que Stoker había trazado a los personajes y, sobre todo, el verismo que revestían los escenarios provocó que no pocos se formularan una pregunta: ¿había existido el conde Drácula?

Como muchos sospecharon desde el primer momento, el personaje de Drácula, un noble rumano que extraía la sangre de sus víctimas y se mantenía en vida en virtud de un terrible pacto con el Maligno, tenía un punto de contacto con la realidad. A decir verdad, su verdadera historia no era menos prodigiosa que la del protagonista de la novela de Stoker. El Drácula histórico se llamaba Vlad Draculea y había nacido en 1431 en Schlässburg. Era el segundo vástago de Vlad Dracul, gobernador de Valaquia, un cargo no especialmente envidiable a causa de la presión despiadada que los turcos ejercían sobre los territorios de Europa oriental. Al año siguiente del nacimiento de Vlad, por citar un ejemplo bien significativo, los turcos invadieron Transilvania.

Por añadidura, no era el islam la única amenaza que pesaba sobre Valaquia. A la sazón, Hungría albergaba el propósito de crear un imperio en el centro de Europa que se extendiera hasta los Balcanes. Dentro de sus planes de expansión se hallaba el dominio de Valaquia y así en 1448, Vlad Dracul fue asesinado por agentes húngaros. Su hijo, Vlad Draculea, tuvo que poner tierra por medio para evitar sufrir el mismo destino que su padre. Quizá otro personaje hubiera intentado mantenerse vivo en medio del revuelto panorama de la época y mantenerse a distancia de la lucha por el poder. Sin embargo, Draculea era un personaje ambicioso y no dudó en aliarse con los mismos turcos para recuperar los dominios de su padre. En 1452, cuando las tropas otomanas se hallaban en un período de verdadero auge, Draculea regresó a Valaquia con la intención de controlarla. Sin duda, semejante alianza era discutible pero no mal escogida porque al año siguiente los soldados turcos conquistaban Constantinopla poniendo fin al imperio bizantino.

Dotados ahora de un entusiasmo imparable, en 1455 ocuparon todo el sur de Serbia y en 1456 iniciaron el asedio de Belgrado. En apariencia, nada podía contener el empuje islámico y, de no ser por la feroz resistencia de la ciudad, los turcos se hubieran podido precipitar sobre el centro de Europa con relativa facilidad. El revés sufrido por las fuerzas turcas fue aprovechado por Draculea para asegurarse el dominio de Valaquia sin que, por añadidura, Hungría pudiera oponerse a sus propósitos. En un alarde de fuerza se permitió incluso exigir el pago de derechos de paso hacia las ciudades alemanas. No cabe duda de que no sólo se había asentado en el poder sino que, al menos de momento, resultaba inviable oponerse a sus planes. Draculea, por añadidura, no estaba dispuesto a limitarse a las antiguas posesiones paternas. En 1457 invadió Transilvania —la tierra ligada a él en los relatos de vampiros— empleando una política de terror sistemático. No sólo es que en sus avances sus tropas no respetaban a mujeres o niños sino que además no tardó en hacerse trágicamente famoso por el empleo masivo del empalamiento, circunstancia de la que derivó su sobrenombre de “Tepes”, es decir, “empalador”.

Los relatos de diversas fuentes que lo presentan —al parecer correctamente— desayunando frente a hileras de enemigos que agonizaban empalados no son, sin embargo, la descripción de un enfermo de sadismo sino la fría constancia de que el personaje había llegado a la conclusión —como Lenin, como Stalin, como Mao...— de que sus propósitos sólo podrían triunfar mediante la aplicación sistemática del terror. Al respecto, no deja de resultar revelador que su palabra preferida en aquella época fuera “utilidad”. Draculea era consciente de que no podía permitirse quintas columnas con los turcos a un lado y Hungría deseando volver a dominar Valaquia al otro. Por eso fue tajante en sus acciones. Por ejemplo, cuando los gitanos se mostraron reticentes a servir en el ejército, Draculea ordenó asar a tres de ellos y obligó a los demás a que se los comieran. Tras algunos episodios de ese tipo, los gitanos sirvieron en las filas de “Tepes” sin la menor queja.

Los métodos represivos de Draculea no se dirigieron empero únicamente a extirpar cualquier disidencia política sino que también pretendieron preservar la seguridad pública y las buenas costumbres. Que la práctica de la delincuencia pasó a ser excepcional es algo que no discutirían ni sus peores enemigos y algunas anécdotas permiten comprender cómo lo consiguió. Se cuenta, por ejemplo, que un comerciante florentino denunció ante Draculea el robo de ciento sesenta ducados. “Tepes” le aseguró que el dinero aparecería y, efectivamente, al día siguiente se lo entregó al mercader. El florentino procedió a contarlo y descubrió entonces que en la bolsa que se le había dado había un ducado de más. Inmediatamente procedió a devolverlo a Draculea que le dijo: “Ve en paz, comerciante, y quédate con el ducado de más. Si no me lo hubieras devuelto, habría ordenado que te empalaran por ladrón”. Por lo que se refiere a la moralidad, baste recordar que Draculea condenaba a muerte a las adúlteras, a las viudas consideradas impúdicas y a las solteras que no conservaban la virginidad. Tan sólo en 1462, “Tepes” ejecutó a más de veinticinco mil personas entre las que se encontraban algunas cortesanas que le habían tentado con sus encantos y a las que ordenó descuartizar.

La combinación de terror con el espíritu patriótico e incluso con cierto aprecio hacia los resultados de su política dotaron a Draculea de una capacidad de acción realmente excepcional. A inicios de la década de los sesenta del siglo XV, Vlad “Tepes” podía permitirse desarrollar una lucha de guerrillas contra los turcos que los mantuvo en jaque de una manera prácticamente desconocida hasta entonces. Como ha sucedido en no pocas ocasiones a lo largo de la Historia, el éxito constituyó la antesala del desastre. El rey de Hungría comenzó a temer a aquel vasallo formal que cada vez era más fuerte y poderoso. En 1462, Vlad fue secuestrado por agentes húngaros y encarcelado. Pasó los años siguientes en distintas prisiones de Buda y Visegrad donde mataba el tiempo empalando ratones y pájaros a los que, quizá, identificaba con los enemigos de los que deseaba vengarse. De aquella situación le sacaron sus enemigos por antonomasia, los turcos. En 1475, se habían convertido una vez más en una amenaza angustiosa y el rey de Hungría tuvo que reconocer aunque fuera a regañadientes que Vlad era el único que había demostrado la habilidad suficiente para frenarlos en el campo de batalla. Lo puso en libertad restaurándole en sus antiguas posesiones y debe reconocerse que su regreso al poder obligó a los turcos a adoptar medidas expeditivas frente a alguien a quien sabían extraordinariamente competente.

Rehuyendo enfrentarse militarmente con “Tepes”, los turcos enviaron entre 1476 y 1477 a un comando al mando de Basarab Laiota cuya única e importante misión era la de acabar con la vida de Vlad Draculea. Tardaron meses pero consiguieron cumplir la misión que se les había encomendado. Las circunstancias reales de la muerte de “Tepes” no están establecidas con precisión y las fuentes apuntan tanto a la muerte en combate como a un asesinato a traición perpetrado por la espalda. Su cadáver fue depositado en Snagov, un convento cercano a Bucarest, y con él también quedaron sepultadas las esperanzas de vencer a los turcos. De hecho, a partir de entonces consolidaron su influencia en todos los territorios surcados por el Danubio creando una problemática cuyas amargas consecuencias arrastra el continente europeo hasta el día de hoy.

Por lo que se refiere a Draculea, los cronistas e historiadores se dividirían en los siglos siguientes. Algunos ciertamente lo considerarían un terrible ejemplo del gobierno por el terror, pero la mayoría abogarían por la tesis de verlo como un héroe de la resistencia rumana contra los no menos terribles turcos. Bram Stoker optaría por prolongar su existencia mediante el recurso literario de convertirlo en vampiro, un tipo de ser demoníaco cuyas pavorosas hazañas contaban con numerosos testimonios en los Balcanes. Naturalmente, esa circunstancia nos lleva a preguntarnos si existen los vampiros, pero eso, como diría Kipling, ya es otra historia.


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