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ENIGMAS DE LA HISTORIA

¿Existió el “Zorro”?

Inspirador de personajes de ficción como el Llanero solitario, Batman o Bruce Wayne, el Zorro constituye una de las grandes creaciones de la novela popular — y posteriormente del cine— de nuestro tiempo. Tras su última recuperación para la pantalla en una película protagonizada por Antonio Banderas y Anthony Hopkins, el enmascarado personaje volvió a saltar a la actualidad con renovados bríos. Tan conocido como nunca, surge, sin embargo, una pregunta. ¿Existió alguna vez el Zorro?

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Corría el año 1919 cuando un autor norteamericano llamado Johnston McCulley lograba que se publicara el primer episodio de una novela por entregas titulada The Curse of Capistrano. Aunque habían existido algunas dudas previas sobre la aceptación que el público dispensaría a la obra, lo cierto es que pronto quedó de manifiesto que lograría un éxito notable. Ambientada en Los Ángeles, California, durante el siglo XIX, a lo largo de sesenta y cinco episodios, McCulley fue desgranando las aventuras de Zorro, un personaje de la alta sociedad que fingía ser un pisaverde de día para convertirse en un enmascarado justiciero por la noche. Tan buenos fueron los resultados que al año siguiente el popular actor Douglas Fairbanks se convirtió en protagonista de una película titulada The Mark of Zorro, que constituía una adaptación libre de la obra de McCulley y donde se popularizó que el personaje trazara con su espada una Z mayúscula como signo inconfundible de sus hazañas.

El aventurero había comenzado a cabalgar y no dejaría ya de hacerlo en las décadas siguientes. En 1937, la productora Republic lo utilizó para protagonizar su primera serie en color y tres años después Tyrone Power volvió a llevarlo a la pantalla grande en la que sería durante años la mejor adaptación cinematográfica de sus aventuras. En 1957, la compañía Disney convirtió al Zorro —ahora encarnado por Guy Williams— en el protagonista de una serie televisiva, un intento que se repetiría durante los años ochenta del siglo XX cuando se rodaron nada menos que ochenta y ocho episodios de las aventuras del enmascarado.

Interpretado en el cine por nuevos actores como Alain Delon o Frank Langella, se convirtió incluso en tema de una comedia musical que fue estrenada en Londres en 1995, casi como un preludio de la resurrección del personaje a cargo del español Antonio Banderas. A lo largo de todos estos años, no han sido pocos los intentos por dilucidar si el Zorro era un personaje totalmente ficticio o si, por el contrario, hundía sus raíces en un ser real. Aunque se han apuntado entre otros precedentes históricos el de un bandido californiano denominado como él, lo cierto es que el origen más verosímil del Zorro se halla en un poco conocido personaje del s. XVII llamado William Lamport.

Nacido en Wexford, Irlanda, en 1615, Lamport pertenecía a una estirpe nobiliaria que ni supo ni deseó adaptarse al control que los ingleses ejercían sobre la isla. Su actitud venía motivada no sólo por razones nacionales sino, muy especialmente, religiosas ya que los católicos irlandeses miraban con disgusto a la iglesia anglicana. Educado por los jesuitas, Lamport no dudó en sumarse a los esfuerzos independentistas irlandeses contra el invasor. En 1641, participó así en la revuelta que sería sofocada por los ingleses en la famosa matanza del Ulster. Muy posiblemente, Lamport habría sido ejecutado de caer en manos enemigas y es por ello comprensible que optara por exiliarse. Buscó entonces refugio en la potencia católica más importante de la época, la España de Felipe IV. En Madrid, no tardó en encontrar una forma de vida ya que, presumiblemente, sus apoyos eclesiásticos y sus conocimientos de la política nórdica le granjearon el favor del conde-duque de Olivares, por aquel entonces valido del monarca español.

Seguramente, Lamport hubiera podido encontrar una posición tranquila en España de no haber mediado su irreprimible pasión por las mujeres. Al parecer sedujo a una mujer de la aristocracia española y el conde-duque de Olivares decidió que la mejor manera de evitar conflictos, que podían haber ido de un matrimonio forzado a la muerte en duelo, era alejarlo de España. Quizá debió considerar el valido que en cualquiera de los territorios europeos pertenecientes a España, Lamport seguiría corriendo peligro ya que, al fin y a la postre, determinó que fuera enviado a México. Allí, el irlandés debía desempeñar unas funciones de espionaje en favor del conde-duque que ya entroncan directamente con el personaje del Zorro, al que inspiraría.

De manera oficial, no era sino un caballero procedente de la Península que se codeaba con la alta sociedad de manera frívola y carente de compromiso. La verdad, sin embargo, era que tras esta fachada se ocultaba un agente que no sólo mantenía a la Corona informada de las actuaciones de los funcionarios —de nuevo, un paralelo con el Zorro— sino que además se ocupaba de pulsar el estado de opinión de los pueblos indígenas. Esta última circunstancia revestía una especial importancia en la medida en que el conde-duque no sólo temía los movimientos secesionistas en España —en 1640 había comenzado la rebelión de Cataluña y en 1641 la secesión de Andalucía— sino su repercusión en América. Durante un breve tiempo, el Zorro-Lamport se desenvolvió bien pero la caída del conde-duque en 1643 marcó el inicio de su final. Acusado de costumbres deshonestas —de nuevo, su sempiterna afición a las mujeres— la Inquisición ordenó su arresto y ulterior proceso.

Aún más estricta en materia de costumbres que la Inquisición peninsular, el Zorro fue condenado a morir en la hoguera. Angustiado por la perspectiva de la terrible muerte consumido por las llamas, Lamport aprovechó las cuerdas con las que estaba atado para estrangularse proporcionándose un tránsito más rápido al más allá. Su figura, ya transformada por el talento de un escritor norteamericano, tardaría casi tres siglos en volver a cabalgar por California.
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