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ENIGMAS DE LA HISTORIA

¿Existió Guillermo Tell?

Famosa en todo el mundo por sus bancos, sus relojes y sus chocolates, Suiza constituye una manifestación extraordinariamente original de organización administrativa. Al igual que ha sucedido con su sistema político, los intentos de copiarla han resultado infructuosos hasta la fecha. Las razones de tan excepcionales peculiaridades se hallan directamente relacionadas con la manera en que Suiza se convirtió en una nación independiente. En ese acto habría tenido un papel excepcional un ballestero extraordinario conocido como Guillermo Tell pero ¿existió realmente este personaje?

La independencia de Suiza está relacionada en la imaginación popular con la figura de Guillermo Tell. Según la tradición, durante la época de dominio germánico, Tell se negó a inclinarse ante el sombrero de Gessler, el gobernador austriaco de su cantón, Uri. En venganza, Gessler —que tenía noticia de la certeza de Tell con la ballesta— le ordenó que disparara sobre una manzana colocada en la cabeza de su hijo menor. Tell acertó en el peligroso blanco pero al declarar que de haber fallado habría matado a Gessler, el gobernador ordenó su prisión. Mientras era llevado a la cárcel, Tell logró escapar matando después a Gessler en una emboscada. Este acontecimiento fue la chispa que encendió la hoguera de la rebelión. Aunque Guillermo Tell sigue siendo un héroe nacional, lo cierto es que se han formulado algunas dudas sobre su historicidad alegando que existen paralelos legendarios con leyendas como la nórdica de Toki o incluso con algunos cuentos sufíes. Debe señalarse que la primera versión escrita de la historia de Tell —la que sirvió de base para el drama de Schiller y la ópera de Rossini— es del siglo XV y, por lo tanto, relativamente cercana a los hechos narrados. Sin embargo, su base real es dudosa. A decir verdad, la independencia suiza se debió más a un impulso colectivo que a la acción de un independentista.

Las primeras noticias sobre Suiza se hallan contenidas en el libro I de la Guerra de las Galias. Encajonados en valles que les impedían mantenerse, en el siglo I a. de C., sus primeros habitantes, a los que los romanos denominaban helvecios, concibieron la idea de pasar a las Galias, la actual Francia, y asentarse en sus territorios. El plan se convirtió en un error fatal. Julio César aprovechó la situación para ofrecer la ayuda de Roma a los amenazados galos. En realidad, de esa manera había encontrado un pretexto perfecto para ocupar Helvecia y en los años siguientes la totalidad de las Galias. La futura Suiza se romanizó notablemente pero con la caída del imperio romano pasó a estar a merced de distintos pueblos germánicos como los alamanes, los burgundios y los francos. Con estos últimos precisamente se convirtió en parte del imperio de Carlomagno.

Al producirse en el siglo IX el colapso del mencionado imperio, la mayor parte del territorio de Suiza pasó a manos del ducado germano de Suabia, mientras que la zona suroccidental fue anexionada por Borgoña. En 1033, Conrado II, el emperador del Sacro Imperio Romano-germánico se hizo con el control de la parte dominada por Borgoña. De esta manera, políticamente, Suiza pasaba a formar parte del Imperio pero, en la práctica, constituía un complicado conglomerado de entidades semiautónomas dependientes de nobles laicos y eclesiásticos y con normativas locales muy peculiares. En 1276 el emperador alemán Rodolfo I, perteneciente a la dinastía de los Habsburgo, intentó imponer las leyes feudales en Suiza. Acostumbrados a sus diferentes normas, los suizos reaccionaron muy negativamente. En 1291, los denominados Cantones Forestales —Uri, Schwyz y Unterwalden— crearon la Liga Perpetua cuyo carácter era fundamentalmente defensivo frente a las acciones de un poder imperial que fuera más allá de lo considerado tolerable.

En 1315, los ejércitos imperiales fueron derrotados por los suizos en la batalla de Morganten, lo que tuvo como resultado que Zurich, Glaris, Berna y Zug se sumaran a la Liga. Durante el siglo XV, Friburgo y Solothurn pasaron también a integrarse en este organismo. En 1474 los Habsburgo parecían resignados ante la imposibilidad de convertir Suiza en herencia familiar pero no habían renunciado aún a mantener su dominio sobre ella. De hecho, en 1499, el emperador Maximiliano I, llevó a cabo un últimos intento de aplastar los derechos históricos de los suizos integrándolos de una manera absoluta en el imperio. El resultado directo de esta acción fue la denominada guerra de Suabia. Fieros guerreros y amantes de la libertad, los suizos supieron mantenerse unidos y oponer un frente común a las fuerzas imperiales que resultaron vencidas.

El 22 de septiembre de 1499, Maximiliano I reconoció, en virtud del Tratado de Basilea, la independencia de Suiza. Aunque hasta 1513 Appenzell, Schaffhausen y Basilea no ingresaron en la Confederación y algunos territorios como Lausana lo harían incluso en fecha ulterior, la independencia de Suiza resultaría ya irreversible. En adelante, los suizos intentarían mantenerla recurriendo a conductas especialmente inteligentes como la neutralidad en cualquier guerra —una decisión adoptada en 1515 a pesar de que sus mercenarios eran especialmente afamados y aún siguen existiendo como guardia papal— el mantenimiento de fuertes gobiernos locales o la ausencia de una lengua común. En ninguno de estos episodios desempeñó papel alguno ningún Guillermo Tell pero el héroe de la ballesta y la manzana se convirtió primero en un símbolo literario de la lucha y después de la integración de nuevas tierras en la Confederación helvética. Como en tantas ocasiones, la leyenda acabó siendo más poderosa que la realidad.

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