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ENIGMAS DE LA HISTORIA

¿Existió la papisa Juana?

Durante siglos circuló la historia de que una mujer llamada Juana había ocupado la silla papal y que, para evitar la repetición de semejante eventualidad, cada nuevo pontífice se veía sometido a un tacto testicular antes de proceder a su coronación. Se trataba de un trámite indispensable para evitar la repetición de aquel desafuero. Incluso en los años setenta, una película protagonizada por Liv Ullmann y Franco Nero resucitó cinematográficamente el pintoresco relato. Sin embargo, ¿qué hubo de verdad en él? ¿Existió realmente la papisa Juana?

Durante el siglo XIII el cronista dominico Juan de Mailly recogió — y difundió extraordinariamente— la historia de una mujer llamada Juana que había calzado las sandalias del pescador Pedro. De acuerdo con el relato, Juana era de origen oriental y, para evitar ser violada, se había disfrazado de hombre. Oculta tras tan peregrino atavío, Juana había conseguido llegar a Roma donde se abrió camino pronto dada su extraordinaria erudición. La época —según algunos autores hacia 1100, según otros en el 855 después de la muerte de León IV— se caracterizaba por una crisis creciente de la diócesis de Roma. En esa época, la elección papal seguía dependiendo de las votaciones de todos los fieles de la ciudad y, precisamente por ello, venían determinadas por las corruptelas de las grandes familias romanas. No resultaba inhabitual que los reinados papales resultaran efímeros y que incluso los papas fueran depuestos para proceder a la entronización de un miembro de una familia rival. Sin embargo, tampoco era excepcional que el pueblo se hartara de las intrigas de la aristocracia romana y procediera a elegir a un tercero.

Precisamente, Juana habría sido elegida en uno de esos momentos de debilidad de las familias más relevantes de la Ciudad Eterna. El motivo habría sido su bien conocida fama de santidad y erudición. Al parecer, la elección de Juana —por supuesto, con el nombre de Juan— fue seguida por un período inicial de reinado caracterizado por la placidez. Si, finalmente, el resultado fue distinto se debió a la incapacidad de Juana para mantenerse en la continencia. Aventurera a fin de cuentas y dudosamente piadosa, la papisa se convirtió en amante de un oficial. Así, al cabo de poco más de un año de su elección, descubrió con espanto que se encontraba encinta. Los largos hábitos, las vestiduras holgadas y, muy especialmente, lo poco imaginable que resultaba pensar en un Papa embarazado sirvieron para que Juana ocultara su estado durante la gestación.

Quizá incluso hubiera podido dar a luz en secreto y después ocultar a la criatura pero no tuvo esa fortuna. Cuando se hallaba presidiendo una procesión le sobrevinieron los dolores de parto. Intentó sobreponerse pero, sin poder evitarlo, dio a luz. La reacción de la muchedumbre fue, primero, de sorpresa y luego, de cólera. Para algunos se trataba de una manifestación diabólica; para otros, de una profanación repugnante. Antes de que se pudiera impedir, la turba se lanzó encolerizada sobre Juana y la despedazó. De esa manera terminó con la impostora. Hasta aquí llega el relato sobre la papisa Juana. Sin embargo, resulta obligado preguntarse por la base de verdad que haya podido tener.

De entrada debe señalarse que durante la Edad Media, y precisamente por influjo de Juan de Mailly, fue creído como un episodio verídico. Sin embargo, actualmente parece obvio que la historia de la papisa no pasó de ser una leyenda. ¿Dónde se originó? La respuesta de la crítica histórica apunta a la iglesia ortodoxa y, muy posiblemente, a la bizantina. Las primeras fuentes sobre la papisa Juana parecen haber sido redactadas en griego y recogen multitud de datos que hacen referencia a un contexto situado en Europa oriental. Incluso existen bastantes posibilidades de que el relato surgiera en alguno de los monasterios ortodoxos.

El relato inicial —posiblemente no más que una novela— intentaba vilipendiar al odiado cristianismo latino. Éste no sólo preconizaba una institución tan contraria a la ortodoxia como el papado sino que además había permitido que ésta fuera encabezada por una mujer, un dato que la ortodoxia —mucho más misógina que el catolicismo— encontraba especialmente repugnante. El relato pudo pasar a occidente en la época de las cruzadas precisamente cuando se produjo un contacto muy estrecho —y no pocas veces violento— entre la cristiandad occidental y la oriental. Su difusión se debió a los dominicos precisamente en una época en que la orden estaba siendo cuestionada por su entrega a la filosofía. Muy posiblemente, en su extensión pesaron tanto el deseo de criticar los excesos del papado como la ignorancia histórica. De hecho, de Mailly no logró fijar bien la cronología del episodio como tampoco hicieron otros después de él.

Sin embargo, la historia iba a mantenerse con el paso del tiempo. Para los opositores a las familias romanas, los partidarios de las tesis conciliaristas y los defensores de una reforma eclesial resultaba especialmente útil aquel relato que mostraba la necesidad de limitar las corruptelas que afectaban a la corte papal. Paradójicamente, el protestantismo no haría uso de la historia, en parte, porque no la consideraba fundamentada y, en parte, porque sus ataques contra el catolicismo no procedían tanto del análisis histórico cuanto de la utilización de la Biblia.

Al final, la leyenda de la papisa Juana volvió a ser reutilizada por laicos y anticlericales durante los siglos XVIII y XIX e incluso por los defensores de sistemas totalitarios en el s. XX. Ahora se añadía el detalle escandaloso —pero falso— de que todos los pontífices eran objeto de un tacto testicular antes de proceder a su coronación. La leyenda pretendía así —como en la Edad Media— imponerse a la Historia pero sus días de credibilidad estaban contados.

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