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ENIGMAS DE LA HISTORIA

¿Existió Norman Bates?

Corría el año 1960 cuando tuvo lugar el estreno de “Psicosis”, la obra de un director británico afincado en Estados Unidos donde se narraba la sobrecogedora peripecia de Norman Bates, un enfermo mental vinculado patológicamente a su madre y entregado a la práctica del asesinato múltiple. Aunque la película estaba dotada de un grado ciertamente notable de originalidad, no todo en ella era fruto de la imaginación. Norman Bates había existido.

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No son pocos los que recuerdan el contenido a la vez sugestivo y enfermizo de la película “Psicosis” dirigida por el genial Alfred Hitchcock. En ella un joven y magistral Anthony Perkins daba vida a Norman Bates, un enfermo mental que, en apariencia, se limitaba a ser un edípico muchacho controlado por una posesiva madre. En la práctica, sin embargo, Norman era un asesino que, adoptando involuntariamente la personalidad de su difunta progenitora, causaba la muerte de aquellas mujeres a las que su madre nunca le hubiera permitido acercarse.

El retrato, poderoso y atrayente, que Hitchcock había trazado se basaba en hechos reales. Norman Bates había ejercido su actividad delictiva hasta muy pocos años antes de la filmación de la película sólo que su nombre real había sido Edward Gein. La familia de Edward Gein parecía constituida con modelos paternos de aquellos que los manuales de psicología consideran más nocivos para un hijo. El padre era violento, alcohólico y se entregaba con frecuencia a maltratar de palabra y obra a su esposa e hijo. Por lo que se refiere a la madre, no estaba mucho más equilibrada mentalmente que su marido. Como tantas esposas insatisfechas en su matrimonio que vuelcan su afecto en los hijos, la señora Gein era absorbente, hiperprotectora, dominante y derramaba todas aquellas insanas características de su ser en su hijo Edward.

Si éste fue alguna vez normal es difícil de saber. Sus recuerdos décadas después estaban plagados de escenas de discusiones y de palizas y de un episodio que le produjo una extraña e indeleble impresión. Éste no fue otro que el de la contemplación de un cerdo sacrificado cuya sangre goteaba parsimoniosamente sobre un cubo situado en el suelo de la cocina de casa. En aquella atmósfera de violencia paterna y de cuidados maternos excesivos creció un muchacho que no se atrevía a salir al exterior, en parte, porque le estaba vedado y, en parte, porque lo temía profundamente. Si todo aquel horror se daba en el seno de su hogar, ¿qué podía esperarle en un cosmos adverso y externo? Cuando murió su madre, Ed Gein tenía treinta y nueve años y ya era absolutamente incapaz de comprender el universo que lo rodeaba. Lo único que realmente llamaba su atención eran las mujeres pero sólo aquellas que guardaban algún parecido físico con su desaparecida y añorada madre.

Precisamente por eso, en cuanto sabía que alguna de ellas había fallecido, Ed acudía al cementerio y procedía a desenterrar clandestinamente el cadáver. Valiéndose del secreto que proporciona la noche, el muchacho arrastraba el cuerpo hasta su casa y allí procedía a desollarlo. Con la piel arrancada a la difunta, el joven se confeccionaba caretas —a veces, incluso trajes— con las que se cubría fingiendo ser una mujer que no era otra que su propia madre o quizá —como en la película— adoptando la identidad de ésta.

Semejante actividad muestra hasta qué punto Ed era un total desequilibrado pero, hasta cierto punto, su actividad con ser patológica e ilegal no resultaba dañina. En apariencia, no se hubiera permitido causar el menor perjuicio a un ser humano vivo. Así continuó la situación hasta que el índice de fallecimientos de la localidad resultó demasiado reducido para las necesidades de travestismo necrófilo que padecía Ed. Fue en ese momento cuando, arrastrado por su forma peculiar de trastorno mental, el joven decidió proceder al asesinato. La desaparición de dos mujeres con escaso margen de diferencia alertó a la policía local en el sentido de que no se trataba de delitos aislados sino de que, muy probablemente, tenían que vérselas con un asesino múltiple.

Guiado más por su intuición que por indicios racionales, uno de los ayudantes del sheriff local decidió adentrarse en la casa de Ed —un edificio que recordaba considerablemente al que habita Norman Bates en la película “Psicosis”— y disipar las sospechas sobre su posible implicación en los crímenes. Una noche de 1954, el agente del orden público encontró en el sótano de la vivienda de Gein los restos de las dos desaparecidas. Sin embargo, el espanto no se limitaba a aquellos cadáveres. El desequilibrado mozo conservaba miembros de mujeres desenterradas en botes así como caretas de piel humana que solía ponerse para interpretar el papel de su posesiva madre. Examinado por los forenses competentes, Edward Gein fue objeto de un diagnóstico de psicosis y se recomendó su internamiento en un centro destinado al cuidado de enfermos mentales. No saldría de aquella institución en lo que le quedaba de vida. En 1984 falleció y, como singular tributo a la mujer que había marcado totalmente su vida, fue enterrado al lado de su madre. Allí ¿reposa? hasta el día de hoy.
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