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LIBRO DE LA SEMANA

Final extraordinario para una trilogía memorable

Cuando hace apenas un par de años Pío Moa publicaba un libro dedicado a los orígenes de la guerra civil seguramente millones de españoles pensaban que poco o nada se podía añadir al estudio de lo que fueron los tiempos inmediatamente anteriores al estallido de la guerra civil española. Si ésa era su opinión se equivocaban. En un estudio claro, contundente y, sobre todo, muy bien documentado, Moa exponía cómo el final de la segunda república y los prolegómenos de la guerra civil no se produjeron a partir de la conspiración militar que desembocaría en el alzamiento del 18 de julio sino con el golpe —fallido— que el PSOE y los nacionalistas catalanes lanzaron sobre el gobierno legítimo de la república en octubre de 1934.

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Lejos de haber sido un recurso espontáneo frente a la fascistización del gobierno, lo que se produjo fue una conjura que pretendía acabar con el gobierno de centro-derecha para sustituirlo por la dictadura del proletariado socialista y la independencia catalana. En una segunda obra, Moa logró debelar algunos de los mitos republicanos más queridos valiéndose de las propias fuentes de la época pero es precisamente en esta tercera entrega donde pulveriza las tesis de lo políticamente correcto acerca del final de la república. La derrota de 1933 no fue nunca aceptada por las izquierdas hasta el punto de que un “moderado” Azaña quiso emplear el ejército para evitarla. A partir de entonces, socialistas y nacionalistas pensaron en la mejor manera de liquidar el gobierno legítimo aunque su plan fracasó en octubre de 1934.

Lo que se produjo a continuación fue un proceso de pánico por ambos lados del espectro político que abrió el camino a la guerra. Por parte de las izquierdas, se insistió en sembrar infundios sobre la represión en Asturias —que tuvo sus excesos pero no de la manera en que los narró la propaganda interesada— mientras que las derechas en el poder intentaban mantener a flote el barco de la república entre el acoso de los grupúsculos de carácter fascista como la Falange a un lado y las izquierdas y los nacionalistas al otro. Contra lo que se afirma tantas veces, los distintos gobiernos de derechas no destejieron la República sino que avanzaron en áreas como la reforma agraria o la enseñanza muy por delante de lo conseguido en el bienio republicano-socialista. Se trató de un período fecundo en el que la república pudo salvarse, en el que los avances no fueron escasos y en el que las derechas, a pesar de contar con casi todos los resortes del poder, no los aprovecharon para aplastar a sus adversarios. Sin embargo, la polarización del país se fue convirtiendo poco a poco en un hecho.

Agitada por las propaganda a sabiendas falaz de las izquierdas, media España ansiaba vengarse de otra media que temía una revolución social con todos sus horrores. Cuando en febrero de 1936 se produjo la victoria del Frente popular se convirtieron en realidad los peores augurios. El gobierno y, muy especialmente, las organizaciones de izquierdas se lanzaron a aplicar fuera del marco de la legalidad una serie de medidas que consideraban de justicia como la ocupación de tierras o la liberación de todos los presos encarcelados por su participación en la revolución de 1934. Por su parte, las derechas fueron aceptando crecientemente la necesidad de un golpe de estado que acabara con un proceso llamado a degenerar en una revolución que trajera la dictadura. Cuando se produjo en julio de 1936, el Frente popular había avanzado ya buena parte del camino para destruir la segunda república y sustituirla por otro régimen. A partir de ese momento, el proceso de colapso de la democracia republicana fue irreversible.

A finales de 1936, la ayuda de la URSS —que se llevó alevosamente las reservas de oro del Banco de España y envió las Brigadas internacionales y cuantioso material de guerra— había concedido un papel predominante al PCE en el bando republicano. A partir de mayo de 1937, era la fuerza dominante y podía permitirse organizar procesos tan vergonzosos como el del exterminio del POUM. Poca duda puede haber de que una victoria militar republicana habría llevado consigo la implantación de una dictadura comunista similar a las que dominaron Europa oriental tras la segunda guerra mundial.

Por su claridad, abundancia de datos y audacia expositiva, este libro de Moa —especialmente la parte referida al período anterior a julio de 1936— resulta un ejemplo de labor de historiadores y constituye una obra de referencia obligatoria para cualquiera que desee ahondar en el gran drama español del siglo XX. Además su deseo de contribuir a la verdad histórica por encima de consideraciones partidistas le ha llevado a aniquilar de manera fulminante muchos de los mitos —que no datos— puestos en circulación por autores como Tusell, Santos Juliá o Julián Casanova, autor este último de un bochornoso y reciente panfleto dedicado al papel de la iglesia católica durante la guerra civil española. La obra de Moa podrá desagradar a no pocos pero las razones no se hallarán en que oculte la verdad histórica sino en que la expone con una luz que resulta no pocas veces cegadora.

Pío Moa, El derrumbe de la segunda república y la guerra civil, Madrid, Ediciones Encuentro, 599 páginas.
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